Juan Martins |
www.TeatroMundial.com, Venezuela
En todo caso la crítica teatral debe ser entendida como una visión. O sea, en algún modo, la reflexión de la palabra vista exige un mínimo de disposición a la hora de descodificar un proceso de comunicación en lo que se refiere a la complejidad del teatro. Esto es, desplazar algunos instrumentos básicos que permitan descifrar signos de la pieza dramática vista, ahora obra teatral. Y fíjese que he dicho «vista». Lo que permite inferir sobre un sistema abierto de interpretaciones y, a su vez, limitar las definiciones de esa interpretación que es la crítica. Digo todo, puesto que podemos notar que cierta crítica, la cual pretenda ser tal, debe regirse del lenguaje que desea interpretar: desglosar o describir la noción delimitada de la estructura escénica y su representación que la edifica. De manera que pueda permitir al creador hallar, incluso en sus limitaciones, una nueva posibilidad de ascender en su discurso. No restringir sino registrar, evaluar, no suprimir. Es entonces cuando la crítica responde a su vitalidad conceptual: comunicar. Siempre que lo haga con las la sensibilidad del artista se incorporará al proceso del autor (léase tanto el autor del texto como aquél autor escénico que es el director) y a todos los contenidos de la representación hasta alcanzar en todos sus niveles al actor y la actriz. Siendo el actor/actriz el principal apoderado de la puesta en escena, con ello, es necesario entregarle una visión inteligente y sensible a un trabajo que requiere de espectadores cada vez más exigentes. Es a éste a quien se debe el crítico: al actor, a su público. No al discurso intencionado e insalubre de la «mala crítica», si es que se me permite utilizar este término por ahora en un acto de flagelación pública.