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p00c0l5g 640_360Olga Connor - El Nuevo Herald

Una representación con argumento, música, canto y danza, que lo compendia todo: eso es la “ópera”. Pero la inspiración para la ópera es casi siempre una historia, y la de la última representación de La Florida Grand Opera a fines de abril, Roméo et Juliette, de Charles Francois Gounod, viene de la más pura quintaesencia del teatro, una de las obras tempranas de William Shakespeare, Romeo y Julieta.


El amor, la ironía, el destino, las luchas entre familias, y la muerte, es decir, todos los asuntos que emocionarían a una audiencia de todas las épocas, están presentes en esta obra. Incluso existe la risa unida a la seriedad, ya que las obras se llamaban tragicomedias, porque reflejaban todo lo humano en sí mismas. Existía de antes el argumento, el relato de esta pareja de jóvenes, pero fue este gran escritor quien lo moldeó, con los personajes bien delineados en el contexto de otros personajes añadidos, que a su vez le dieron profundidad al desarrollo de la historia. No se puede buscar originalidad en Shakespeare, pero es la reelaboración dramática que llevó a cabo lo que le convirtió en principal fuente de sus seguidores.


Un crítico ha dicho aptamente que Shakespeare ha sido la “Biblia laica”. Sus obras han sido representadas innumerables veces, re escritas y transformadas en óperas, como Otello y Falstaff, de Giuseppe Verdi, a fines del siglo XIX, y múltiples versiones de muchas otras por varios compositores. Entre ellas, la opereta de Leonard Bernstein, West Side Story. De hecho, después de 1945 se han compuesto más de 200 óperas basadas en las obras dramáticas de Shakespeare.


El bardo inglés tenía un talento extraordinario para la poesía y la mayor parte de este talento lo vertió en sus parlamentos dramáticos. No en balde los actores, ya sean jóvenes o maduros, consideran que decir sus palabras constituye el clímax de toda actuación dramática. Escribió 154 sonetos aparte de los 38 dramas, dos largos poemas narrativos y otros cuantos publicados, qué sabe Dios cuántos se perdieron. Lo interesante es que no inventó casi ninguno de ellos. Romeo y Julieta ya era una historia conocida. Hoy día sucede lo mismo. Cualquier libro o cinta o documental que se publique sobre los Kennedy tendrá lectores, su nombre, y la tragedia que conlleva la historia de esa familia, están marcados por un “ethos” peculiar.


Esta historia de los jóvenes amantes italianos sería ya de interés para los espectadores del teatro, porque la habían contado antes unos autores italianos y había sido traducida al inglés, correría el tema entre el público. Pero sería en el teatro donde mejor se disfrutaría, ya que las poblaciones del mundo han sido mayormente analfabetas hasta el siglo XX.


La fórmula de la obra, de dos amantes con un fraile entrometido, viene originalmente de un supuesto relato verídico de la Historia de Verona, de Girolano de la Corte. Esto sirvió de base a una narrativa de Luigi de Porto, publicada con el título La Giuletta, en Venecia en 1533. Al año siguiente Mateo Bandello publicó en Lucca otra novelita con el mismo argumento, que se traduciría al francés y finalmente al inglés en 1562 con el título: Historia trágica de Romeo y Julieta, conteniendo el ejemplo raro de la verdadera fidelidad, con los sutiles consejos y los manejos de un viejo monje y su desenlace”, libro que indudablemente fue leído por Shakespeare. Luego veríamos el resultado de su transformación. •


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