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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría (La Habana, 1969).

Teatrólogo, profesor, padre de familia, humanista. Licenciado en Artes Escénicas, por Instituto Superior de Arte (Cuba). Master en Ciencia, por Nova Southeastern University (USA).

si me la pides te la doyHabey Hechavarría – www.TeatroenMiami.com

Una ocasión divertida y lúcida llegó bajo el insinuante título Si me la pides, te la doy, una comedia escrita a partir de Petición de mano, de Antón Chejov, con el estilo y la firma del dramaturgo cubano Maykel Chávez, y bajo la batuta del destacado director teatral A. B. Quintero, también residente en Cuba. La temporada tuvo lugar durante el pasado mes de marzo en la acogedora sala Goodlet, de la Ciudad de Hialeah, emporio cubano-americano por excelencia, municipio estadounidense donde más español se habla, y, por ende, habitat idóneo para una obra que celebra la cultura guajira con un aire mixto de vernáculo campesino e idilio pastoral, en irónico contraste con el original ruso.  

Curiosa apropiación, si se toma en cuenta que la obra chejoviana anterior, exhibida en Miami-Dade, fue El tío Vania, durante el año 2016, en versión y dirección de Nilo Cruz quien eliminó el ritmo metafísico y la densidad gélida de este clásico moderno para, con pocas variaciones, acometerlo con los cálidos fulgores de la identidad hispana. En el espectáculo de Quintero, a la inversa, esta operación artística consistió en una apropiación desde la reescritura de Chávez, en clave caribeña, de aquella anécdota septentrional y rural que relata con mucha gracia y picardía el desencuentro de dos pretendientes alrededor del inicio de un noviazgo posible (y casi imposible) debido al conflicto absurdo entre la atracción amorosa y la miseria moral.

La mera presentación en nuestro ambiente cultural prestigió las funciones de una pieza cuyo principal mérito estuvo en posicionarse con calidad técnica y plena conciencia dentro de los parámetros del teatro comercial. O mejor, la oferta teatral brindó la sustancia de un producto culto en un ánfora de acceso popular. Valga aclarar que los adjetivos popular y comercial no implican en esta ocasión desprestigio profesional ni mercadería contra la dignidad del arte. Por el contrario, significan que el equipo de trabajo apostó por un entretenimiento que respeta y enaltece a los espectadores bajo esa milenaria tradición occidental que considera al teatro un festejo formidable, y a la fiesta como un rito regeneración.

Por tanto, la propuesta escénica ajusta en la categoría producción mejor que en la de simple puesta en escena, hilada por la interpretación del director artístico sobre un texto, ciertos temas y referentes. Martí Productions Inc., la empresa que auspició la creatividad de los teatristas, tuvo a bien crear los encuentros del espectáculo y su público, algo que el teatro no siempre puede garantizar, y que muchas veces aborta pese a las mejores intenciones. Aún más, reconocemos el mérito en tiempos donde la auto-sostenibilidad económica del arte y el mecenazgo se han convertido en ejes de la creatividad, y en una parte esencial de ella misma. Ante lo cual, los términos peyorativos en torno al mercado tienden a convertirse en elogios de apetecibles quilates, o recuperan la alta categoría que tuvieron siempre, antes de las vanguardias históricas. 

El espectáculo empezó con un dúo de cantantes con guitarras los cuales, vestidos con apariencia campesina, cantaron un manojo de canciones cubanas tradicionales. Extraño recurso que tuvo algo de loa renacentista, en tanto incentivó en los espectadores el apetito hacia el espectáculo mientras, implícitamente, aludió a algunos aspectos de las relaciones humanas que luego reaparecieron en la breve pieza. Cuando esta empezó, el público disfrutó de una comedia de enredos en dos cuadros, muy movida en acción y movimientos físicos, que versionó con libertad y sin timideces el original ruso, situando la historia, de acuerdo al comportamiento cultural de los personajes, en medio del campo cubano y del vernáculo, en este caso guajiro, con sus situaciones hilarantes guiadas por personajes de poca educación, torpes en el hablar y rudos en sus maneras.

Todas las reflexiones previas se apoyan solo en la calidad técnica de un juguete cómico devenido objeto eficaz de diversión teatral. Espectáculo sin grandes metas artísticas, se erige artísticamente por los buenos oficios de los actores y del director. Pues la escenografía y los accesorios no destacan, excepto en la demarcación física del ambiente paródico y del montaje dinámico, bufonesco, preciso. Gracias a un despliegue ingenioso e imaginativo de cadenas de acciones físicas, efectos escénicos, improvisaciones histriónicas y un cuidadoso pulso narrativo, el manejo de las situaciones explotó atinadamente las cualidades del divertimento.

Las actuaciones del experimentado Marcos Casanova, en el personaje de un padre tozudo y a la vez astuto, la gracia de Tania Guzmán, representando a la hija solterona y tosca, y la precisión técnica de Carlos Barco, al encarnar un pretendiente cargado de achaques y de ambiciones, fueron el núcleo deleitoso del espectáculo mediante los hallazgos individuales y la riqueza de la interrelación. Sus incorporaciones, dentro del registro del clown o bomólojos, incluyeron la caricatura, elementos de caracterización psicológica y, por momentos, la identificación emocional. Con su fuerza e inteligencia histriónica, los intérpretes reforzaron la coherencia y el encanto popular de una obra, cuyo profundo calado alcanzó, a ratos, ciertas zonas de complejo acceso, incluso, para la creación artística.

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