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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

el caso hamlet 11Habey Hechavarría Prado – www.TeatroenMiami.com

Allardyce Nicoll afirmó que Hamlet y Arlequín son los personajes más conocidos de la literatura moderna. Quizá, olvidando a Don Juan Tenorio y a Fausto, grandes mitos dramáticos de la Era Cristiana, el historiador teatral británico aludía a que en la tragedia y la comedia están los pilares del teatro occidental. No obstante, el convulso príncipe de Dinamarca, eternizado por la pluma milagrosa de William Shakespeare, contiene esas dos coyunturas dramáticas y participa de ambas naturalezas. Lo anterior bastaría para coronar a Hamlet como paradigma entre dramatis personae, convergencia de las preocupaciones y ocupaciones teatrales de los últimos 500 años. Más aún, la figura shakespereana continúa provocando desde la fruición y la perplejidad características de nuestro tiempo, según demostró con eficacia, hace pocos meses en el Koubek Theater, el grupo miamense El Ingenio Teatro, uno de los protagonistas del mejor arte escénico de la ciudad.

A partir de la obra El caso Hamlet, escrita por la dramaturga y teatróloga cubana Raquel Carrió, la directora Liliam Vega elaboró una representación que acepta con valentía tres desafíos: la belleza literaria del texto dramático, el discurso laberíntico de su desarrollo argumental y el tejido de relaciones e intenciones que proclama o sugiere. El resultado del diálogo entre la obra y el espectáculo articuló un discurso minucioso en el cual cada palabra fue imprescindible. Consciente del reto, la directora montó escenas dinámicas, bien ensartadas, y apoyadas, menos en recursos espectaculares que en el histrionismo variopinto de Susana Pérez, Gilberto Reyes, Jorge Luis Álvarez, Carlos Garín y Anna Sobero. Aunque los dos primeros intérpretes obtuvieron los mejores resultados técnicos al evocar sus caracteres, el elenco, en general, se esforzó por transmitir los universos pasionales y las relaciones que hacen inolvidables a Gertrudis, Claudio, Hamlet, Polonio, Laertes y Ofelia.

El montaje discurrió entre la oposición al gusto retiniano que identifica, hasta ahora, la “teatralidad de Miami” y la “traducción” escénica de un texto afincado en las novedades temáticas sobre un argumento conocido. Por ello, el principal desafío fue comprender un teatro de la palabra que adoptó la sutileza del drama poético y no la relativa sencillez de la poesía dramática o la tragicomedia. A diferencia de una obra que privilegia el lirismo, la poesía de los sucesos y los pensamientos como acción no se entiende con todos los recursos escénicos ni admite con facilidad las digresiones de la imagen audiovisual. Por ello, las proyecciones cinematográficas del montaje, pese a su seducción, mostraron menos vigor que la soledad de una silla, la conmoción de un rayo de luz o el imponente espacio vacío. Gracias a la fuerza del discurso verbal, la ironía cómica desfiló sobre el fondo trágico produciendo tensiones actanciales, psicológicas, referenciales e ideológicas que excedieron nuestros hábitos mediáticos de percepción y la fascinación tecnológica del teatro actual.

La obra rememora la estética del Teatro Documento por el manejo de las fuentes en las que presumiblemente bebió la escritura de Carrió para recomponer, sin transformaciones importantes, la fábula original. De tal modo, destaca el efecto de veracidad al presentar la ficción como un caso de la realidad, y el uso de los antecedentes literarios como documentos históricos. A entender, la vitalidad de los diálogos y los monólogos erige los personajes en figuras reales (al estilo expresionista de Unamuno y Pirandello), sumergidas en un relato legendario sobre conspiraciones palaciegas, complejidades humanas sometidas a instintos e ideales, y las monstruosidades socio-políticas reflejadas en una familia (o dos) que rige los derroteros nefastos del país. Mientras tanto, Hamlet, atado a un destino que rechaza, enredado en un lance amoroso y en una inclinación incestuosa, sufre dudas y otros apetitos inconfesables. A la vez, soporta la fragilidad y la entereza aristocráticas que conforman el heroísmo capaz de rescatar la nación de las manos ilegítimas de un tirano, que es su propio tío, sin borrar la culpa que compete a todos los personajes. Porque el asunto del desastre nacional remite a una innegable y vergonzosa responsabilidad compartida.


Fotos: Alfredo Armas

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