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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

carne julio de la nuez 19Habey Hechavarría Prado – www.TeatroenMiami.com

Bajo el título Carne, Miami Factory Theater, apoyado por Akuara Teatro en su recientemente desaparecida sala Avellaneda, emprendió una palpitante reflexión escénica. Los motivos formaron un calidoscopio temático con el dolor por Cuba, el hambre física y existencial, los delirios alrededor de la carne roja, el canibalismo más como inclinación que como desesperación, el totalitarismo en la familia, la emigración y la construcción de una condición trasnacional de agónica actualidad. El soporte argumental fue la extraña situación de una joven recién llegada de la Isla que busca renta en Miami y, sin poder escapar, termina enredada en un entramado familiar donde gobierna una madre tiránica desde el absurdo de sus reglas y su ansiedad por comer carne a cualquier precio. El modo dramático de enlazar los temas y la historia adoptó la estructura de una farsa trágica con elementos surrealistas y del teatro de la crueldad. La dramaturgia escénica reforzó en clave épica, los elementos expresionistas que anidaban en la parodia de un carnaval esperpéntico, simbólico y político. Tal sería una rápida caracterización del espectáculo que dirigió Erom Jimmy a partir del texto elaborado por él y Maykel Chávez, dramaturgo cubano residente en la Isla.

Sin embargo, el vigor de la propuesta, aunque lo parece, no descansa en las múltiples referencias culturales que refrescan una historia que bebe en Ionesco y Mrozek, sin rendirse ante el teatro del absurdo. Tampoco en la osadía del director al componer una sucesión apretada de imágenes y evocaciones sonoro-visuales con un elenco integrado fundamentalmente por actores muy jóvenes (Rosabel Ceballes, Mónica Rodríguez y Jessica Mesa), quienes aportaron interpretaciones quizá demasiado sencillas pero armónicas, fluidas y precisas, frente al elenco de más experiencia (Miriam Bermúdez y Héctor Alejandro González) cuyo oficio sostuvo la progresión dramática. La peculiaridad de la obra ocurrió en el plano del lenguaje al orquestar espontáneamente una rebelión contra el adoctrinamiento sutil de los significados impuestos mediante convenciones, una coyuntura política que Foucault llamó el poder-en-el-lenguaje y no desde el lenguaje.

Pues, en Carne, las palabras ocultan, bajo los artilugios visuales, una revuelta contra la dictadura de las ideologías mientras narran una fábula sobre la revolución sublimada de unos caníbales hambrientos. Así, el director logró transformar el significante en herramienta de liberación política cuando la palabra, al entrar en un juego lacaniano de descomposición y recomposición, rompió la tiranía del significado obligatorio ampliando la percepción de la realidad. Mediante juegos y canciones infantiles, doble sentido, ambigüedades y una forma carnavalesca, la representación mostró la caída de un orden arbitrio, el caos posterior y el advenimiento de un nuevo orden acorde al interés carnívoro de los complotados y al público, cómplice mudo. Carne recuerda cuando las revoluciones conservadoras, tras emancipar sin la dialéctica de lo nuevo contra lo viejo, celebran la ritualidad del poder, pero corren el riesgo de ejecutar liturgias vacías, religiosidades sin la trascendencia que estabiliza el equilibrio. Más allá de referirse a la sociedad cubana actual, las circunstancias del Exilio o a las complejidades del futuro, el espectador recibe la lógica política y lúdica del significante que alcanza la expresividad del silencio y de lo “no dicho”.


FOTOS JULIO DE LA NUEZ


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