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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría (La Habana, 1969).

Teatrólogo, profesor, padre de familia, humanista. Licenciado en Artes Escénicas, por Instituto Superior de Arte (Cuba). Master en Ciencia, por Nova Southeastern University (USA).

Habey Hechavarría Prado by Ulises RegueiroHabey Hechavarría Prado -www.TeatroenMiami.com

Estimado Jorge Herrera-Monroy:

 Me animo a escribir sobre las opiniones de Ignacio T. Granados Herrera que tuviste a bien presentar. Veo que proceden del blog “El Anarkista”, desde donde el autor parece lanzarse contra la visión que algunos encuestados por la revista Nagari ofrecimos sobre el estado del teatro y la crítica en la ciudad de Miami. Considero innecesario desmontar “La teatralidad de la muerte del teatro de Miami”, su discurso breve, inteligente, mordaz e irreverente, inspirado en cierta teoría estética de ebullición posmoderna. Más bien, considero el escrito digno de agradecimiento en el sentido de que se interesa por el fenómeno y ofrece sinceramente una perspectiva diferente. Pero un detalle sí merece la respuesta del teatrista que ofrezco de inmediato, no a modo de polémica ante un tema que no da para tanto, ni tampoco con ánimo de convencer sino de contener, quizá en el sentido de compartir un contenido, de hacer multilateral el pensamiento.

El artículo tiene cinco párrafos. El último establece más bien precisiones y conclusiones del resto del texto. Sin embargo, en los cuatro primeros trenza un alegato a partir de tres argumentos dispares: un conocido punto de vista iconoclasta hacia la institución Arte, aparentes prejuicios hacia el arte escénico presentado dentro de una aureola despectiva, junto a la inconformidad con las declaraciones de los comentaristas aludidos sobre algunos problemas de nuestro teatro hispano y sus posibles soluciones. Incluso granea algún que otro ataque directo que agrega pasión personal a su ejercicio intelectual en sí mismo bastante apasionado. Quizá el segundo elemento sea el más triste e indefendible porque, de la manera en que fue redactado, no se refiere a la producción teatral de la ciudad sino al Teatro como expresión artística y cultural. Pongo ejemplos. En el primero párrafo alude al teatro como una entidad envejecida y, agrego yo, caduca. En el segundo, lo tilda de “desaguadero” con lo cual señala su inutilidad. En el tercero lo califica de “extemporáneo”, que es lo mismo que anacrónico y atrasado. Y en el cuarto cierra su adjetivación considerándolo una manifestación “sin importancia”, a entender, desechable.

 Resulta excesiva cualquier explicación en torno a la naturaleza socio-cultural del teatro, por ende, evito tratar su dignidad artística, la inmensa vigencia de las tradiciones occidental y oriental, o la presencia del lenguaje teatral en el interior de tantos otros lenguajes artísticos, culturales y sociales contemporáneos. Menos aún quiero referirme al complejo concepto de Teatralidad o al de “Teatro de la Muerte”, principio que oteó Tadeusz Kantor, y que el título recuerda. Sería un desgaste ineficaz ante los “pre-juicios” que suelen sustentarse en la ignorancia, en reacciones emocionales e instintivas, o en ambas. Solo recuerdo que el antiquísimo arte de la escena surgió de la mano del pensamiento mágico (pre-lógico) para luego inundar los cenáculos filosóficos hasta colocarse hoy, a través de ciertos géneros, como eje de movimientos sociales y políticos en ciudades tan diversas como Buenos Aires, Madrid, New York, Paris o Tokio. Los ejemplos específicos serían redundantes.

En definitiva, creo que la “metacrítica” de Granados Herrera será de provecho para aquellos que tengan el tiempo de leerla. Primero por elevar los niveles de discusión. Segundo porque podrán refrendar, cuestionar, e incluso repensar lo dicho. También podrán divertirse con una absoluta disensión, por demás, tan legítima como los ataques ingenuos a la Modernidad, hechos desde una visión que considera a la Postmodernidad un período distinto por posterior, y no como una expresión apoteósica de la propia Modernidad, entonces, su mejor heredera.

Por otro lado, la crítica supuestamente demoledora a la institución Arte nutre el orgullo anarquista -hoy muy en boga-, propio de revolucionarios incendiarios y de toda la estirpe marxista. No obstante, cuando décadas después, en otro nivel de comprensión, regresan las mismas estrategias de comunicación artística, debido a su esencial eficacia, a su belleza humanista, este fenómeno no les interesa a los defensores de “la muerte del arte” y de todas las causas progresistas que veneran los vanguardismos y los “anti-” o “post-algo”. Esos “algos”, “reveladores de la última verdad”, vistos una y otra vez durante la historia de las sociedades y las culturas, presumiblemente, nos seguirán divirtiendo hasta el fin de los tiempos, tras lo cual no empezará ningún post-tiempo sino la erradicación de todo discurso, todo ejercicio intelectual y toda escritura.


 

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