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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría (La Habana, 1969).

Teatrólogo, profesor, padre de familia, humanista. Licenciado en Artes Escénicas, por Instituto Superior de Arte (Cuba). Master en Ciencia, por Nova Southeastern University (USA).

habey 01 18Habey Hechavarría Prado - www.TeatroenMiami.com 

Con buenas noticias para varias agrupaciones hispanas ha comenzado el año teatral de Miami. El ramillete de nominaciones y premios neoyorquinos (HOLA, ACE, ATI) que el entorno de ArtSpoken, Havanafama, e individualmente la dramaturga Julie De Grandy, han traído en las últimas semanas al sur de Florida, se une a los resultados artísticos de otros colectivos y a los altos índices de popularidad de algunas obras locales. Tales circunstancias inesperadas nos obligan a pensar si nos encontramos ante una coincidencia feliz o una coyuntura enigmática sobre la cual no deberíamos tejer precipitadas conclusiones. Aunque quizá ninguna de las variantes anteriores defina el actual estadio del teatro de Miami donde podríamos ilusionarnos como se hace ante el inicio del espléndido momento de la cosecha.  

La realidad pura y sencilla es que mucho se trabaja y se ha trabajado. Y se hace en circunstancias tan inapropiadas para generar procesos creativos que la única respuesta, lejos de rendirse, está en la gestación de una creatividad redoblada. Por ello a menudo festejamos la cartelera estable y el empuje de algunos grupos estables y de varios proyectos emergentes. Aunque este aspecto apunta solo a la cantidad y no a la calidad, esa cantidad creciente acumula una densidad, unos volúmenes que, como pensaban en el Renacimiento, desatan los efluvios de la inspiración produciendo saltos cualitativos que, en realidad, son evolutivos.

Entonces, ¿está mejorando nuestro teatro o estamos en medio del desierto y la esterilidad donde cualquier resplandor produce el espejismo de confundir la excepción con la regla? Arriesgo una opinión a sabiendas de que en estas andanzas nadie detenta “la verdad”. El teatro hispano de Miami experimenta una ligera tendencia al alza que no hubiera pronosticado ni explicado el más agudo de los vaticinios de la Bolsa. Más aún: tiende a producir modelos, ciertas referencias.

¿Y cuáles serían esos modelos? ¿Acaso las facilidades del teatro patrocinado por grandes corporaciones, gobiernos patriarcales, generosos mecenas…? ¿Influyeron las fórmulas comerciales de la industria del espectáculo? No parece. Lo que sí se observa es una mayor elaboración ideoestética que empieza en el acto de pensar el teatro desde las autóctonas relaciones sociales y las legítimas preocupaciones temáticas que de allí se desprenden. Luego entra la selección de textos inquietantes -actuales o clásicos-, el aumento discreto de la investigación documental y escénica que contamina los procesos de creación, la concientización de ciertas estrategias discursivas hasta alcanzar la exploración de los canales publicitarios accesibles.  Un factor notable es el enriquecimiento con teatralidades externas al ámbito local.

Todo ello se resume en una idea fuerte. Aumenta la comprensión del teatro como trabajo intelectual. Sin todavía perder los lastres de la improvisación, nuestro teatro hispano ya exhibe -otra vez- una tendencia al planteamiento profesional (en parte estimulado por los beneficios de una emigración selectiva) la cual, con suerte, podría terminar por imponerse, al menos, durante un tiempo. En tal escenario, podríamos abrir una reflexión sobre la gestión intelectual, un elemento medular de las artes en la contemporaneidad, y sobre su opuesto, el vacío deleitoso y la pobreza enajenada que también inundan los discursos culturales.

Sin que esto implique negar las demandas del mercado que desafían los retos legítimos del arte escénico, ni que obligue a vanas elucubraciones o exhibicionismos culteranos, una creación aún más intelectual beneficiaría a todo el espectro teatral. Habría que abandonar las lamentaciones y replantearse la oferta-demanda de igual modo que lo hacen los nuevos productos comerciales. Estos se abren paso en los mercados al sembrar necesidades y proponer encantamientos a una ciudadanía que quiere ser seducida e insiste en defender su posición de público pasivo. Al revés, la idea de refundar el público mediante recursos que desautomatizan los hábitos de percepción para generar auditorios activos de la pieza de entretenimiento y de la obra de arte, asoma, a la manera de un marketing incómodo contra la abulia y la mediocridad, en los umbrales de algunos títulos miamenses del pasado año.

Mientras tanto, el presente 2016 merece este discurso sobre el estado del teatro en la ciudad al que, lleno de esperanzas, le da la más cordial bienvenida. Eso sí, no busca auto complacerse sino la ironía de quien está dispuesto a re-pensarse e, incluso, a reírse de sí mismo, invocando la llegada de nuevos y egregios tiempos.

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