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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

12003194 10153214015752712 3368094300462950075 nHabey Hechavarría Prado - www.TeatroenMiami.com 

Una curiosa propuesta teatral concluyó sus presentaciones hace varias semanas. Entre la bruma del bochorno y del salitre, su aire de ciudad caribeña sin serlo, el dinamismo multicultural de su gente, Miami tuvo otro despegue hacia la posesión de una cultura autóctona. Una inesperada versión de The Glass Menagerie (1944), obra célebre de Tennessee Williams, se estrenó bajo el título Un mundo de cristal, cuyo texto fraguaron José Cabrera y Alberto Sarraín. Con la lúcida dirección escénica del segundo, esta producción de La Má Teodora, el ADTC de la Universidad de Miami y de Akuara Teatro, en cuya sala ocurrió el evento, evidenció la capacidad que tiene la escena local de revisar el presente de la ciudad desde el pasado mezclando poesía, drama, memoria e historia.

La versión aprovechó las estructuras externa e interna del original, más lo fundamental de los personajes y sus relaciones. Transformó contextos espacio-temporales, idiosincrasias y, por ende, numerosos parlamentos. El proceso de reescritura entregó un texto inquietante que revisa ciertos aspectos del Miami de los 80, especialmente alrededor de una familia cubana que intentaba adaptarse a su nueva “vida americana”. Semejante intervención en la escritura de Williams sería un mero capricho, si a los creadores no les guiara una auténtica idea artística. Y este fue el caso. The Glass Menagerie, un hito de la dramaturgia moderna, fungió de pre-texto para que el texto Zoológico de cristal, según la frecuente traducción al castellano deviniera en Un mundo de cristal.

Para la ocasión Alberto Sarraín concibió la representación de un apartamento, sugerencia de un mundo semitransparente, quizá de plástico y cristal, que seccionó en aproximadamente cinco zonas con cierta estructura de caracol. El espacio visible de una sala-comedor incluyó áreas interiores fuera de la vista del público, recurso coherente con la poética realista que suele hurgar en lo no visible. La colección de animales en figurillas de vidrio que atesora uno de los personajes, evoca los símbolos de vidas repletas de deseos insatisfechos, mientras el centro de atención apunta hacia el universo de relaciones que conforman una realidad hostil, un muro contra el cual explotan vívidas pesadillas, distintas variaciones de un sueño americano mal digerido.

La obra presenta un choque de pretensiones desesperadas en el seno de una familia. El personaje narrador, Tom (Larry Villanueva), hijo de Amanda (Yvonne López Arenal) y hermano de Laura (Vienna Sicard), jovencita aquejada en el andar y en el alma, nos lleva de la mano hacia una serie de acontecimientos que culminan tras la ayuda que el hijo, contra su voluntad, concede a su angustiada madre. Amanda les exige que le ayuden a preparar una cena con la cual intenta atrapar a Jaime (Diago Fernández), actual compañero de trabajo del hijo y conocido de Cuba, a quien la señora espera convertir en esposo de su hija. Pero Amanda y Tom tienen otro conflicto. El joven alberga aspiraciones literarias y una evidente inclinación homoerótica. Acostumbrado a salir todas las noches, emborracharse y darle riendas a su pasión, apenas es tolerado por la madre, católica fervorosa, atormentada por el mísero presente y el oscuro porvenir. La ilusión de la señora con el futuro de Laura se destruye al saber que Jaime está comprometido. El fracaso produce el estallido de toda la frustración que han traído de Cuba, y que engordó a la sombra de un cutre apartamento de La Pequeña Habana. Entre lágrimas de rabia y desesperación, se destroza la que parece la última esperanza para la estabilidad del hogar.

Las crisis personales y familiares conforman una sucesión de giros y desencadenamientos donde las actuaciones se desplegaron correctamente. Lo demostraron las demarcaciones de la acción etapa por etapa, el aprovechamiento de la paulatina intensificación de los conflictos y, por supuesto, la conducción hacia el clímax junto a otros momentos de tensión. Se aprecia cuánto favoreció esto la narración escénica, y cómo la dirección actoral y el trabajo de los intérpretes guiaron la construcción de los personajes desde una contención emocional alejada de fáciles desbordamientos. La eficacia técnica permitió cierta zambullida en las enigmáticas interioridades de los caracteres, profundidades transidas de instinto, contradicciones e ideales inalcanzables, de acuerdo a una característica que acerca la concepción del gran dramaturgo norteamericano al teatro de William Shakespeare.

12003203 10153213811512712 6396060843359199959 nAl respecto, destacan las interpretaciones de López Arenal y de Villanueva en un dueto que tuvo varios momentos muy felices y sostuvo el espectáculo con donaire de principio a fin. Incluso la poca diferencia en las edades de los actores, que reflejó un problema en la selección del reparto, podría leerse a partir de la retrospectiva que impone la compresión de dos tiempos en uno, aunque el montaje apenas aprovechara esa posibilidad o sugerencia. Lo inevitable fue borrar la distinción de niveles entre los actores experimentados y los noveles. No obstante, los jóvenes intérpretes Sicard y Fernández tuvieron la serenidad y resistencia para no apartarse de sus partituras, e, incluso, incorporaron frescura, naturalidad y dinamismo a una parte significativa de la impresión general de veracidad.  

Tennessee Williams concibió mundos insondables que mezclan los límites racionales e irracionales de lo humano. La obra de Cabrera y Sarraín conservó las nociones de instinto y cultura, las convenciones y el salvajismo, en un enfrentamiento que debió desafiar a los actores. Pero la representación de Sarraín añadió fuerza al silencio, a la ausencia de algunas palabras fundamentales que no afloran por estar conectadas con lo que más duele: la vergüenza, la frustración, lo reprimido. Esta fuerza de la palabra teatral no-dicha, que viene de Williams, constituyó el eje de un espectáculo que, sin dejarse atrapar en simples cuadrículas ideológicas, parece referir la frustración definitiva de un proyecto familiar de vida en alusión a un proyecto comunitario: en este caso, el cubanoamericano.

Entonces, las ruinas humeantes del diferendo Washington-La Habana, el desamparo del pueblo cubano de la Isla y la inminente desaparición de “los históricos” (la generación del centenario y el exilio cubano), conforman el contexto que envuelve esta obra como un traje estilo retro hecho a la extraña medida de las actuales circunstancias. El ambiente musical de la época, incluyendo canciones apropiadas del trovador Silvio Rodríguez –representante cultural del gobierno de los hermanos Castro- plantearon implícitamente un enfrentamiento de mundos que se deshacen mientras, parafraseando a Hesse, otro mundo nuevo (se supone) está por nacer. Pero la gente, representada en aquella humilde familia de exiliados cubanos, deambula entre sufrimientos, retorcijones por sensaciones contrapuestas, la vaguedad de una esperanza. La pureza y la inmundicia, lo vulgar y lo trascendente, lo obvio, lo intrincado, la revelación y el secreto, desafiaron al público que debió comprenderlo todo sin entender nada. Como en los tiempos que corren.


Fotos Julio de la Nuez

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