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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

teatro de arte 2Habey Hechavarría Prado – www.TeatroenMiami.com

(Implicaciones del más allá)

Tautológico o no desde el punto de vista teórico, el término Teatro de Arte señala un fenómeno concreto y peculiar que obliga a una breve reflexión sobre la naturaleza del teatro. Pues siendo una manifestación absolutamente efímera, irreproducible e intransferible no debería enredarse por vericuetos que competen más bien a otras artes más imperecederas como el cine o la literatura. El encuentro entre el actor y el espectador, que conforma el hecho teatral, puede documentarse bajo las formas indirectas de un relato. Pero la relatoría o documentación audiovisual es una re-presentación escrita o tecnológica y nada tiene de teatro, en cuanto representación escénica. La intensa relación humana en dicho encuentro nos aboca a una esencia primigenia que incluye y supera cualquier capricho de sofisticación estética. A entender, no hace falta hacer Teatro de Arte para lograr una buena obra de teatro, aunque, solo consumarán la condición ritual del hecho artístico las propuestas específicas que operen en ese “más allá” del evento normal, sometido a las “normas” o convenciones instituidas en cierto momento histórico.

 Valga aclarar el error muy común de referirse a “un teatro convencional” opuesto a las tendencias de mejor posicionamiento artístico. El teatro es convencional o no es, en tanto no existe dramaturgia, actuación o representación sin convenciones. Y estas convenciones mutan constantemente. La ruptura intencional con las convenciones establecidas, en función de buscar otras normas legítimas que organicen la comunicación, distingue las manifestaciones del Teatro de Arte, por diferentes que sean entre sí, de espectáculos interesadas en satisfacer los hábitos de percepción recurrentes, aceptados o tradicionales.

Cuando entendemos que el Teatro de Arte avanza a la cabecera de los movimientos teatrales en la misma medida que los funda y cohesiona, también comprendemos las variadas implicaciones que se desprenden. La primera radica en los desafíos y en los resultados, a veces modestos, en contraste con escenificaciones o textos menos pretenciosos pero más eficaces. En este ángulo aparece un elemento contradictorio. Satisfacer el gusto de los espectadores, además de una opción válida, es un acto de respeto y coherencia con la propia naturaleza del arte teatral que se dirige al hoy y nunca al mañana. Sin embargo, aquella opción de menos ocupación artística ni crece ni hace crecer, no se desarrolla como arte y nada impide que pierdan sentido tales “normas” repetidas hasta la saciedad y hasta el teatro mismo. ¡Pobre de los ambientes teatrales donde esa tendencia predomina!, porque solo la renovación que opera desde el Teatro de Arte puede alejarnos de la mediocridad.

Por otro lado, este tipo de evento escénico demanda de los artistas mucha osadía y auto-superación personal que comienza por lo que se ha llamado “inteligencia de la sensibilidad”, una cualidad de poetas, de todo creador artístico. También necesitarán un volumen de obsesión y abundante voluntad (léase terquedad) para generar estrategias precisas que respondan a una implicación de implicaciones. Las tensiones entre  la tradición y la renovación promueven la incomprensión, el rechazo, las penurias, la soledad e incluso la experiencia del sinsentido de la propia acción, suelen ser habituales compañeros en el viaje hacia nuevos horizontes artísticos. No obstante, la lógica cultural de nuestras sociedades, exige un sacrificio superior: la instauración de “un muerto” fundacional. Hace falta una víctima propiciatoria (según la idea de los estudios antropológicos del rito), que no es un cadáver sino alguien que da testimonio del esfuerzo sin medir las consecuencias en su vida personal. Esta es la mayor de las quimeras puesto que nadie quiere poner ese “muerto”. Ni siquiera el autor de estas líneas.


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