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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

teatro de arte 1Habey Hechavarría Prado - www.TeatroenMiami.com 

 La necesidad

Para reconocer el Teatro de Arte es necesario tener una noción clara del arte en el teatro. Actualmente el concepto de arte incluye casi cualquier objeto, gesto, proceso o intervención que privilegie la función artística por encima de las funciones informativa, didáctica, de entretenimiento, decorativa, más un extenso etcétera. No obstante, dicho funcionamiento opera sobre bases tropológicas en la construcción de relaciones complejas que superan la obra de arte tradicional. De esto podemos culpar a Marcel Duchamp con su urinario, a los espectáculos-provocación de Tristan Tzara o a la liebre de Joseph Beuys. Tales visionarios de la plástica, más Erwin Piscator, Bertolt Brecht, Jerzy Grotowsky, Julian Beck y Judith Malina, durante la segunda mitad del siglo XX transformaron directamente la noción de teatro en la medida que cambiaron el concepto del arte. Asimismo, desde el corazón del siglo XIX, había empezado a difuminarse la sombra de la comunicación piramidal, ilusionista y emotiva que aún prevalece en el teatro hispano de Miami.

Su máximo oponente estético, la concepción del teatro como mera diversión cultural, se entroniza en condiciones de piece bien faite u obra reducida por los formatos de las convenciones al uso y sus hábitos de percepción correspondientes. Uno de los factores que traban el desarrollo del arte en ese sentido, a beneficio de una suerte de espectacularidad comercial, radica en la carencia de referentes teatrales contemporáneos y autóctonos. La mayoría de las referencias de nuestro teatro son iconos envejecidos y foráneos que, en el mejor de los casos, nos remiten a los teatros nacionales de Hispanoamérica y sus realidades. Este factor, asociado a un teatro de emigrantes, puede tornarse perjudicial si no se integra a otros referentes norteamericanos o específicamente miamenses. Quizás entonces cada experiencia teatral no pretenda ser un electrón único y excepcional, ni se distribuyan las nomenclaturas de los oficios teatrales con un dudoso criterio de pertinencia. Al contrario, se podría respetar más la dignidad de las profesiones al clarificarse un sentido de pertenencia.

Estimular y visibilizar el teatro de arte que realizan algunas de nuestras agrupaciones, reforzaría el corpus de los referentes activos, elevaría la potencia creadora de la idea artística frente a las urgencias económicas y a las deficiencias técnicas, obstáculos que parecen impenetrables. Al revés, muchas veces esa idea artística se vigoriza mientras enfrenta y soluciona las dificultades, según demuestran honrosísimos ejemplos del teatro occidental de los últimos 150 años. Finalmente, debido al impacto de los referentes, cuya carencia es la verdadera pobreza, aparecen diferentes tendencias bajo el manto de una conciencia de identidad, de una profesionalización paulatina que deberá influir en la conformación de un movimiento o vida teatral autóctona. Me refiero, por supuesto, a aquella expresión teatral que, sin ser mejor ni impecable, preconiza lo artístico convirtiéndose en una especie de brújula que marca los puntos cardinales en cuanto al devenir del arte y la cultura.

El término Teatro de Arte es solo un instrumento dinámico para establecer una demanda, y referirse a algo que hace unas décadas no se reconoció como tal, o que no lo reconoceremos así dentro de poco tiempo. Porque el aporte artístico de hoy tiende a convertirse en el recurso standard de mañana, a la vez que la vanguardia se convierte en academia. También tendremos que considerar dentro de esa categoría una variedad de obras más renovadoras formalmente, obras de rancio vanguardismo y otras obras menos intrincadas estéticamente pero igual de complejas.

Valga decir que la noción de marras no es sinónimo de eficacia. En ciertos momentos la investigación artística puede generar las propuestas menos coherentes y productivas. Con igual legitimidad, los divertimentos teatrales, sin distinción de géneros o estéticas, pueden ofrecer, eventualmente, propuestas audaces y lúcidas. Por tanto, cuando obras de mayor riqueza formal y conceptual interactúan con el resto de las tendencias generan un intercambio profesional que es beneficioso para todas y para el arte en general. Empero, jerarquizar el Teatro de Arte que, pese a sus rigores, en principio, está al alcance de cualquier compañía, refuerza el progreso cultural pero también el sentido común de la faena creadora.

Al distinguir la posición de esta proa e inspiración de toda la movida teatral, se fomenta su cultivo hasta descubrir la tautología del término “Teatro” de “Arte”. La palabra Teatro contiene la acepción Arte Teatral. Y aquel descubrimiento sucedería cuando, por el aumento del número de propuestas enfocadas en esa tendencia, se generalice tanto su producción que ya no valdrá la pena usar una denominación que solo se emplea en los inicios o en fuertes crisis, como demuestran tantos ambientes teatrales. Así se “invisibilizará” el Teatro de Arte, “transubstanciado” en norma de todo acontecimiento escénico profundamente artístico.    


Nociones básicas para un Teatro de Arte

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