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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

criticoHabey Hechavarría Prado - www.TeatroenMiami.com 

Sobre las delicias de la “metacrítica”

Pocas actitudes producen más gusto que la irreverencia. Y pocas tienden a ser más peligrosas, lo que en muchos casos aumenta el gusto. Tal es el caso de una posible “metacrítica” de arte: la crítica de la crítica o al crítico. Me refiero a un “discurso rebelde” en contra de los veredictos de aquel discurso enjuiciador, una expresión tan liberadora y hasta placentera que va desde los cuestionamientos intelectuales a la parodia, incluso hasta la simple burla. Debajo de los razonamientos “metacríticos” un mecanismo psíquico de “empoderamiento” echa a andar cuando sentamos en el banquillo de los acusados al principal de los acusadores.

Entonces, estaremos de acuerdo que criticar al crítico, además de satisfacer la inteligencia y algunas pasiones, constituye, en primer lugar, una actividad necesaria y hasta saludable. Me refiero al mismo procedimiento de reestructuración del poder real en el cual un sujeto de jerarquía se ve obligado a rendirle cuentas a los sujetos gobernados. En consecuencia, la “metacrítica” abre un proceso indetenible donde quien critica, aún sin adoptar una postura profesional, asume las mismas funciones, responsabilidades y consecuencias que enfrenta el más exigente de los críticos. Es decir, la clave para un buen “discurso metacrítico” no estaría en la venganza del criticado sino en la propia esencia de la crítica.

La crítica y el crítico

La oportunidad es excepcional para volver sobre la definición de la crítica (en su sentido artístico, no filosófico) y las funciones de los críticos. Claramente el presente texto constituye un ejemplo modélico de lo que en mi tierra consideran “comprar soga para el propio pescuezo”. Sin embargo, debo confesar que no pude someterme el gusto de irrumpir en un debate emergente entre los teatreros de Miami, quienes a menudo se preguntan para qué sirve la crítica, si es que sirve para algo. Al respecto, mi primera respuesta es negativa. La crítica no es una forma disimulada de publicidad ni un juicio condenatorio o de alabanza.

Más bien, el ejercicio del criterio artístico es un tipo de análisis técnico y estético, o una valoración analítica. Y la peculiaridad de esta tipología, esencialmente contradictoria, quedó sintéticamente definida por el Apóstol de la Independencia de Cuba, José Martí, cuando osó decir que criticar es amar. Tal paradoja nos recuerda que la sentencia, en sí misma, no es una crítica sino, en el mejor de los casos, su última etapa. Al contrario, la mayor parte del trabajo crítico especializado se ubica dentro del escrutinio de un fenómeno luego declarado como objeto o acontecimiento artístico dentro de ciertos niveles de validación. Así la crítica llega a hacerse responsable de la institucionalización de un fenómeno como arte. Toda la urdimbre creativa (artesanal e intelectual) de la crítica podría reducirse a un análisis minucioso, preciso y siempre apasionado, porque el impulso de los afectos conforma la auténtica crítica de arte.  

Otro asunto de discusión es la constitución de un ente crítico. Al respecto, deberíamos ver al crítico de arte más como un “actante” o sujeto de la acción que como un gestor de juicios críticos. Pues el criterio de un crítico es solo una opinión autorizada, si se quiere, entre muchas, y no una declaración de valor absoluto. A entender, un crítico de arte carece de autoridad en una discusión sobre el problema de la verdad, pero no sobre las distintas percepciones alrededor de una cierta representación de dicha verdad. Por eso la opinión de un crítico es muy cuestionable, y debe serlo por inexpugnable que parezca. Aquí entraría la dimensión sacrificial del crítico en cuyo servicio arriesga una opinión que lo expone y revela su intimidad. Pero tampoco hay que tomárselo “a la tremenda”, dándole una importancia que no le daremos ni al impenetrable Juicio de la Historia, dicho sea en modo irónico.

Criticar la crítica del crítico

Existe un conjunto de aspectos generales que deben caracterizar a un crítico especializado, y, por ejemplo, no a un periodista. Tales cualidades incluyen la sensibilidad artística, una amplitud de comprensión intelectual, la capacidad de análisis, la utilización de un instrumental teórico-metodológico, una cultura general y especializada respecto a la manifestación que valora, y un nivel de actualización lo más alto posible. Solo así un crítico adquiere el verdadero status profesional, en el triple sentido de encaminar una fe, madurar un oficio y adquirir competencia operativa. Visto desde este ángulo, la ética profesional constituye la sustancia que cohesiona aquellas cualidades. Porque de la mano del rigor, la seriedad, la disciplina y la imparcialidad técnica (no emocional ni sensorial), un crítico consigue dos de sus quimeras: la superación analítica del gusto que a otro espectador puede dominarle sin perjuicio, y el compromiso medular con el arte y no con los artistas.

Luego, la crítica del crítico debería centrarse en la competencia profesional del trabajo valorativo y no en la persona que lo realiza. El eje de esa “metacrítica” descansa sobre el sentido u orientación profesional que se descubre en el escrutinio depurado mucho antes que en la conclusión donde se revela una sentencia estética. Además, la crítica de la crítica no debe perder de vista cuál es el sistema axiológico, o de valores, en que se apoyan los juicios. Especialmente un “metacrítico” debe considerar la preeminencia que en el discurso valorativo alcanzan los pares correcto/incorrecto, apropiado/inapropiado, bueno/malo, etc. Dichos binomios, cuando no están apoyados en el análisis, suelen forzar la obediencia a los caprichos del gusto. Pero que tenga mucho cuidado el “metacrítico” de no incurrir en las propias veleidades que censura.

El fondo de la cuestión

La cuestión no es dualista. Nada tiene que ver con la duda sobre “criticar o no criticar”. Muy al contrario, la crítica confirma una operación natural, inmanente y consustancial a los procesos intelectuales. La creación artística no queda exenta. Ni siquiera el teatro, que se esconde bajo la fusión de expresiones artísticas y de mecanismos sociales de comunicación, escapa a este principio. Es decir, la crítica debe entenderse como una actividad inseparable de la creación y no solo como un juicio postrero. Mientras el crítico fundamental no sea el propio artista, los procesos “creativos” a-críticos frenarán el despegue profesional del teatro hispano de Miami. Sabemos que no hay arte contemporáneo sin pensamiento, investigación, juicio, discriminación, selección, análisis. Tampoco habrá un movimiento teatral de altura sin una auténtica crítica al interno y al externo de la representación teatral. 

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