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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

hhp-15Habey Hechavarría Prado - www.TeatroenMiami.com

A mis tres hijas, que lo descubren a diario.

A los maestros, vivos y muertos, que me acompañan.

Elogio

El teatro parece un arte visual, algo que se ve y se oye. Otros afirman que el teatro se siente, se palpa con los sentidos y las emociones. Y muchos dicen que es un entretenimiento para disfrutar, e incluso para aprender. Sin mucho esfuerzo reconocemos que estas afirmaciones son veraces e incompletas pues refieren un fenómeno artístico que celebra la vida en su totalidad. Quizá por ello es tan difícil, pero de ahí también su riqueza. Entonces, digámoslo sin temor: el teatro es mayor que todas las demás artes. Es el arte mayor por excelencia porque contiene (o puede incluir) al resto, mientras ninguna de las otras artes puede encerrarlo sin transformarse en él mismo.

Este enigma del teatro como gran fiesta cultural, como celebración, nos ha acompañado desde siempre. Para Occidente, se reveló en el antiguo y orgiástico culto a Dyonisos, dios helénico de la Fertilidad, el vino y el Teatro, pero tras desaparecer con el Imperio Romano, emergió pocos siglos después dentro de la austera liturgia medieval de la Santa Misa. En ambos “nacimientos” conservó la naturaleza artística, religiosa y política. He ahí su grandeza, su fuerza antropológica. No muere, no empieza, no termina.

Misión

La condición básica del hecho teatral radica en la lógica del encuentro. Hay teatro solo después que seres humanos se encuentran e intercambian motivos para vivir. Por más que nos inventemos a diario razones nuevas, el teatro contiene en sí mismo una razón primigenia: la corporalidad. Somos (también) cuerpos que buscan otros cuerpos mientras regulan el suceso mediante procedimientos, leyes y otras acciones y palabras que erigen un sentido. El teatro contiene, aún sin palabras, todos esos sentidos en tanto se estructura en una (o muchas) zona de encuentro alrededor de la degustación menor o mayor de un simulacro escénico de la vida que alienta la vida misma. La representación teatral, a la vez que satisface estéticamente los sentidos, cumple funciones económicas, educativas, sociales, políticas y culturales. Estos servicios del teatro a la sociedad se jerarquizan según cada época. Empero la misión no varía: preservar y renovar la condición humana.

Pero la simulación va más allá. Es sublimación. Es fuerza liberadora. Comprende que el teatro discurre sobre aquello que durante el período barroco se llamó El Gran Teatro del Mundo, y que consiste en una conciencia filosófica de la realidad como acontecimiento finito y desmesurado. Allí, viviendo a través de ciertos personajes, ensayamos lo que después será el ejercicio de la libertad y la responsabilidad, esa dualidad terrible que gobierna nuestros actos y sus consecuencias. Lo que “vivimos”, lo que “hacemos” durante el hecho teatral nos alerta sobre realidades humanas interiores y desconocidas, de una dimensión incalculable.

Tal desmesura solo puede fundamentarse en un principio metafísico que posee dos manifestaciones. Primero, el carácter socializante del teatro lo convierte en la más social de las artes en tanto solo puede suceder si, al menos, dos personas, en los roles respectivos de actor y espectador, coinciden en el mismo espacio-tiempo. Segundo, la grandeza del teatro arrebata la percepción sensorial y desemboca en el ámbito misterioso de la mente humana donde toda “observación” es participación, análisis y crecimiento personal. Incluso, las antiguas palabras griegas “teatro” y “teoría”, con una misma raíz lingüística, sugieren la misión constructiva del teatro, completa y pletórica de humanidad.

Esencia

Aunque ya me referí a la esencia del teatro, sirvan estas palabras para clarificar, acaso para resumir con los términos más sencillos una verdad compleja que resuena a campanadas. Lo específico del teatro se revela durante la representación. Pero no toda representación es teatro. La representación teatral tiene una naturaleza dramática, una organización dramatúrgica de cualquier tipo que será siempre profundamente artesanal y explícitamente sinestésica. De ahí el carácter material o corporal del espectáculo que lleva muchas veces a confundir la teatralidad con la espectacularidad, a pesar de que, teóricamente hablando, la segunda es solo una parte de la primera. Por lo tanto, la esencia del teatro sobrepasa su concreción escénica y se abre a otros predios como son, por ejemplo, la fiesta carnavalesca, los desfiles militares o una narración “muy gráfica” durante una conversación. Es decir, la esencia del teatro reside en la teatralidad, definida a través de actividades esenciales como el ritual, el juego o el sueño, donde participamos de una realidad específica que nos transporta a muchas otras realidades.

Definición

Definir el teatro es como definir el arte, o la vida. Cualquier proposición conceptual dependerá de un punto de vista y de la disciplina científica desde la que se haga. Sin embargo, para la cultura occidental, el teatro ha sido tres cosas a lo largo de veintiséis siglos: un edificio, un género artístico-literario y un acontecimiento.

El espacio donde se encuentran el actor y el espectador adopta innúmeras estructuras y formas, desde un inmueble altamente sofisticado hasta una plazoleta. Sin embargo, una cosa no cambia: se trata de cierta locación multifuncional, diseñada para la exhibición pública y la mirada, aunque lo exhibido sea más que un acto “retiniano”. Además, el término teatro reúne los géneros artísticos propios de la representación, los cuales se basan en un texto que remite a un género literario de características muy peculiares, también llamado teatro. Pero, sin dudas, solo el acontecimiento teatral en vivo (no grabado ni reproducido por ningún medio tecnológico) ostenta por antonomasia el título en cuestión. Por el contrario, esta actividad irrepetible, donde se integra un conjunto de lenguajes escénicos bajo ciertas convenciones estéticas, se define paradójicamente en el pasado porque ya no existe cuando empezamos a explicarlo. Existirá, pero ahora ha desaparecido. Y a la vez no terminó. Más allá del espectáculo, su esencia permanece en el público donde alcanza su definición mejor.

El teatro, en última instancia, es aquella experiencia psicofísica del espectador de la cual damos cuenta cuando termina la función, y continúa hasta que las cortinas vuelven a abrirse.  

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