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cFTBZ.Em.84Gloria Leal - El Nuevo Herald

Haber vivido la mitad de la vida en La Cuba de Ayer y la otra mitad en la Playa Albina (Miami) es motivo suficiente para ser un escritor onírico, más bien pesadillesco. No sé si a Lorenzo le hubiera gustado esta última palabra de la oración anterior, pero para mí todo lo que Lorenzo decía, hacía, escribía y relataba era más una larga pesadilla continuada que un sueño. Los que todavía conservamos ilusión por la vida, o ingenuidad por los hechos y las personas, creemos que todo lo que se sale de esa realidad soñada, creída y ambientada en la ingenuidad, se sale del cuadrito de la realidad hermosa que nos gusta crear.
Nunca entendí a Lorenzo. Me parecía una multiplicidad de pesadillas inacabadas, tan espiralizadas que a veces me perturbaba su insolencia, o la mía, cuando intentaba desentrañar aquello que me contaba. Porque Lorenzo quería contarme la importancia de su sueño.

Mi insolencia no me permitía jamás penetrar aquella sabiduría culta de un lector insaciable al que nunca podría llegar a conocer.

Singular, único, inimitable, incrédulo, soberbio, terco, torpe, rebuscado, espinoso, hilachoso, arisco, peliagudo, malhumorado, tosco, impertinente, impenitente... Todos esos adjetivos pretenden describir a Lorenzo, el poeta que reducía la poesía a su mayor astenia. O abstinencia. Estoy segura que a Lorenzo le encantaba escuchar todo lo que se dijera de él, de frente y de espaldas. Le fascinaría escuchar qué pesado era; lo antisocial, lo amargado, lo fatalista, lo energúmeno y cargante que se ponía cuando creaba una antiatmósfera a su alrededor que solo los nobles de espíritu podían tolerar.

Debe ser la locura del genio, pensaban algunos.

Debe ser el horror que vivió en el colegio de jesuitas, decían otros.

Debe ser algo que vio en Jagüey Grande cuando era niño, tal vez una noche de brujas rojas y camaleones gigantes.

Debe haber sido una madre dominante, dirían los freudianos.

Debe haber sido que nació con una sensibilidad de papel cebolla que no toleraba el sol ni las algas.

Un día, en su Jagüey Grande decidió ser escritor. ¿Escritor?, le pregunté. ¿Cómo se te ocurrió que eso era algo que se podía ser? ¿Por qué escritor?, le pregunté. Me dijo: “Porque a los escritores la gente los respeta, los consideran importantes, merecen la admiración de muchos”, dijo sin titubeo. Ese fue su empeño y su sueño.

Y escritor fue.

A su manera.

¿Y qué no hacía Lorenzo a su manera?

No le importaba caer mal, hacer el ridículo, ser dado de lado, despreciado y hasta rechazado. En el fondo gozaba ese espectáculo, como niño maldito, como niño malo haciendo travesuras. Se reía de su entorno y se burlaba de los ignorantes y estúpidos, incapaces de formarse en la lectura de los clásicos y los no tan clásicos desconocidos o ignorados por la plebe intelectual.

Lorenzo quiso en un corto pero significativo momento de su vida acercarse a una masa de lectores a través de las páginas de un periódico, El Nuevo Herald. Escribía con regularidad sobre escritores poco populares, poco aceptados, poco leídos. Escogía sus temas y sujetos y los desarrollaba con un estilo austero y una profundidad rara. Sus reseñas eran “otras”, las palabras que juntaba para tratar un tema no eran fáciles de leer y mientras más escuetas y ausentes de adjetivos y adverbios, más feliz se sentía el escritor. Aunque la lectura para el común a veces se hiciera insoportable.

Estoy segura de que detrás de la puerta, escondido, observaba y reía.

Hay escritores que se chupan hasta el hueso de las palabras, más allá del esqueleto, para que no quede rastro del olor, ni del sabor del hueso, de la palabra. Palabras semifosilizadas que arañan por falta de agua y exceso de sol. ‘Overcooked’. Así fueron las palabras de Lorenzo, ‘mi amigo de gratis’, porque él sabía que yo no lo entendía, no lo aprehendía, no alcanzaba a sus profundidades ni llegaba a su esqueleto. Pero por alguna razón desconocida quiso llegar a mí, y me dio acceso a su mundo rebelde, rasposo, onírico, iluminado.

Y se lo agradezco.

Con Lorenzo aprendí que el poeta asceta también es grande en su miserable escasez.•

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