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waldo bioWaldo González López (Las Tunas, Cuba, 1946)

Poeta, ensayista crítico teatral y literario, periodista cultural. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios,  6 libros de ensayo y crítica literaria, varias antologías de poesía y teatro. Desde su arribo a Miami (2011), ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor de 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012. Colaborador de las webs: teatroenmiami.com (Miami) y Encuentro de la Cultura Cubana (España), Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), y los blogs OtroLunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Gaspar. El Lugareño, y el diario digital El Correo de Cuba (ambos en Miami).

Teresa panza regueiro 2Por Waldo González López – www.TeatroenMiami.com

Fotos: Ulises Regueiro, Cristian Martínez y Mayra Hernández Menéndez

En la 5ª. Jornada, jueves 2, el Festival Internacional Casandra que —dedicado a dos destacadas actrices y directoras: la cubana Flora Lauten y la británica Julia Varley— la Compañía El Ingenio Teatro realiza en el Koubek Center de La Pequeña Habana, se presentaron dos ya probados espectáculos en otras geografías y espacios, que reseño a continuación.

 

TERESA PANZA

El 17 de noviembre de 2014, tras visionar este unipersonal en la cuarta edición del Festival de Pequeño Formato, dirigido por Yosvani Medina en su yo escribía en esta columna:

[…] a todos cautivó el esperado monólogo Teresa Panza, del también poeta de Campeche, México, Brígido Redondo que —estrenado en octubre de 2005 por la actriz que desde entonces y durante una década consecutiva lo ha representado: Lourdes (“Lulú”) Ávila […]— ha alcanzado la cifra record de más de 600 funciones, a lo largo de su exitoso periplo por España, Colombia, Ecuador, Cuba, la enorme geografía mexicana y, ahora también, Miami. Por ello, recibiría el 23 de abril de 2009: Día de Cervantes «El Medallón de la Cultura Manchega», en la Casa de la Cultura de La Mancha en España, donde autor y actriz/directora fueron los invitados de honor en dichas celebraciones.

Tal bien presagiara este crítico apenas supo que vendría al Festival miamense, Teresa Panza resultaría la pieza más premiada. De tal suerte, el original monólogo (cuyo tema fue por primera vez llevado a la escena internacional una década atrás por el igualmente ensayista e investigador Redondo) merecería 5 lauros en la Categoría Unipersonal: 2 para su autor (quien el día del estreno en Miami cumpliera 75 años de vida y 50 de su laureado quehacer de creación poética y escénica) por Excelencia de una Carrera y Mejor Texto Original, y 3 para la muy destacada actriz, quien alcanzara los rubros de Mejor Espectáculo, Mejor Actriz y Mejor Director(a).    

A ello, el periodista adjuntaba   

la calidad de la obra y la actriz quien, tocada por el ángel y el carisma requeridos por Federico García Lorca, entra en la piel de la imaginaria pero convincente criatura creada por el dramaturgo azteca, quien dota de extremo humanismo a su fabulosa y creíble Teresa Panza […] en cuyo desempeño, la actriz, dueña de una inusual gracia que regala a manos llenas, […] domina los recursos histriónicos y logra fusionar el complejo arte de la interpretación, con su poderío escénico, integrador de pausas, matices, gestos y una organicidad a toda prueba, de la que hizo una vez más gala en el breve espacio de ArtSpoken, lleno a plenitud con su carisma de genuina actriz.

   Ante la excelencia del monólogo presenciado, igualmente añadía:

De tal suerte, apenas aparece en escena, Lulú-Teresa inicia su magistral performance con la exacta definición del “orate” Alonso Quijano, quien devenido Quijote, ha enrolado a su querido Sancho en su loca aventura, y lo llama “El desvanecido”, revelando su gracia natural, su bonhomía y la adopción de su visceral lenguaje con el que corrobora su sabiduría de pueblo nato y neto, rico en “dichos y refranerías” (que suman 55 en la obra).

En el excelente monólogo, Lulú-Teresa transita desde la gracia y el humor incambiables de mujer de pueblo —abandonada por el también paupérrimo esposo— hasta la honda reflexión que enrola a todas las mujeres de cualquier geografía, lengua y época, tema que ha ocupado al autor en muchas de sus creaciones, tanto en su vasta creación poética como en su ensayística. 

Por ello, la notable actriz se presenta de esta suerte en el excepcional monólogo: “Aquí está Teresa Panza, luchando por la vida.” Y combina su gracia con el amor/dolor provocados por la ausencia de su “Sancho Mondongón, el marío mío, que me ha llamao Mujer de Barrabás”, adoptando y adaptando, a un tiempo, el lenguaje de la época logrado por Redondo en su cautivador monólogo, con el necesario acento hispano.  

   Mas, ahora tres años más tarde, al disfrutar de nuevo el unipersonal, el crítico subraya que, de haber vivido y fallecido esta deliciosa Teresa Panza (apenas mencionada en dos ocasiones por Cervantes en la magna obra de nuestra lengua, en septiembre del 2005 —cuando fue escrita la pieza e interpretada por la actriz— habría renacido bajo la advocación de la convincente intérprete campechana, quien, con la absoluta autenticidad de su desempeño, corrobora que ella nació para representarla, porque nadie, como ella, podría hacerlo.

   Ser popular, dotada del encanto y la bonhomía (solo posibles entre gente  sencilla: labradores nutridos de sabiduría popular, con gracia, talento y credibilidad), resulta tan totalmente suya Teresa Panza, que, en su natal Campeche, un artista local creó la escultura de Lulú, representando su fascinante criatura literario/escénica, excepcional mérito de una actriz que no creo tenga parangón, por lo que demuestra una vez más que, por el perfecto diseño creado por ella, su personaje resulta un arquetipo y la pieza de Redondo, un título decisivo de la dramaturgia hispanoamericana. Por ello, el texto la Casa Maya de la Poesía, la ha editado en tres ediciones, y de la más reciente (2015) trajo a Miami varios ejemplares que obsequió a algunos colegamigos, como este crítico, del que se incluye en la hermosa publicación, su comentario sobre la pieza, publicado en esta columna.     

   

La edad de la ciruelaLA EDAD DE LA CIRUELA  

“[…] el exilio es un estado bastante lamentable del ser humano y un castigo que equivale a la muerte.”

                                        Arístides Vargas

Si se me preguntara qué virtudes aplaudo en esta obra del dramaturgo, actor y director escénico argentino Arístides Vargas, mi respuesta sería: porque el autor atisba y recrea el tiempo y la memoria, con imágenes entrevistas entre el humo del recuerdo que se niega a morir y, en consecuencia, continuará vivo mientras las hermanas protagonistas lo piensen, aunque esa existencia vivida apenas se conforme con fragmentos de las evocaciones que les van quedando “de ese tiempo con olor a vino de ciruela y ratas grises escondidas en los recovecos más ocultos de [la] mente”.

  La pieza narra el viaje de retorno de dos hermanas a su ya distante infancia: Eleonora y Celina se reencuentran en su casa materna dispuestas a verificar si ese hogar y esa familia, solo integrada por las mujeres que ellas recuerdan, son como las evocan y siguen detenidas en sus memorias. Por ello, ahora pretenden revivir y rencarnar cada uno de sus recuerdos... ¿con un ritual exorcista?

   Celina y Eleonora, hermanas en la vida y los recuerdos, hacen que tales fantasmas del ayer: ellas, entonces niñas, y las otras siete mujeres que habitaban la vieja mansión sin hombres (las Doñas: Jacinta, Adriática, Gumersinda y María, como la Victorita y la tía Francisca) se asomen desde el presente a aquel pasado, donde el tiempo que, al parecer ha sido derrotado, advierte, tozudo, que continuará vivo.

   La edad de la ciruela, con sus dolores y alegrías, con sus esperanzas y frustraciones, narra poéticamente un tiempo que, por guardado en sus memorias, sacraliza su difícil pero amada existencia. “En la casa de nuestra infancia, todo podía suceder”, recuerdan con fiera saudade las hermanas que, ya adultas, regresan a la adorada edad de la inocencia, para recrear su querido pasado entre las paredes de la vieja mansión.

   Apoyando el aura lírica del texto, la minimalista escenografía aporta, desde el ocre telón de fondo, con tejidos alegóricos de la cultura ecuatoriana, y permite visualizar lo narrado en la obra por el autor e interpretado por las actrices. De tal suerte, el texto, de una válida riqueza poética, es alentado por la honda percepción del sentir femenino, sustentado además por la continua acción física que hace avanzar y fluir la obra, cuya dinámica apenas decae en determinados instantes que, por reiterativos, pierden eficacia. Dos ejemplos: las repetitivas escenas del violín y la de verter arena en la escena.

   Dotada de finísimo humor en varias tonalidades, incluido el negro, como asimismo provista de rasgos del teatro del absurdo y de lo grotesco, la pieza se vale de lo lúdicro, por su constante juego de lo real y lo imaginario, tal también se nutre de juegos de palabras, para ofrecer un ambicioso texto, menos traspasado de principio a fin y con honda nostalgia, por la poesía que no debe estar ausente de las tablas, mérito decisivo de La edad de la ciruela, representada en diversas versiones, por no pocos grupos de Latinoamérica, y disfrutada por este crítico en Cuba, años atrás, en una puesta de Malayerba con el autor.

   Las actrices ecuatorianas Nadyezhda Loza Moreira y Rossana Iturralde —también directora de la Corporación Teatral Tragaluz que ellas integran, y en la que Rossana es la realizadora de La edad de la ciruela— encarnan con talento y verdad, rigor y praxis, sus respectivos roles de hermanas en este “remontaje” —tal lo define el programa de mano—, logrando tan peculiares desempeños, que figuran entre los mejores momentos del exitoso Festival Casandra.  

 

aristides vargasSOBRE ARÍSTIDES VARGAS:

Considerado una de las figuras esenciales de la escena en Latinoamérica, Arístides Vargas descuella como actor, director, dramaturgo y maestro de intérpretes. Nacido en la ciudad argentina de Córdoba, de pequeño se radicó con su familia en Mendoza, donde participó de varios grupos de teatro locales y barriales y estudió en la Escuela Superior de Teatro de la UNCuyo.

   En 1976 el destierro político lo llevó a Ecuador. Allí, junto a otros exiliados, creó el grupo de teatro Malayerba. Su dramaturgia gira en torno al dolor del exilio, el desarraigo, la memoria y la marginalidad. El humor, la nostalgia y la amargura se amalgaman en una escritura que también busca creer que hay esperanzas de cambiar el mundo.

   Ha realizado una importante tarea como maestro de actores en diferentes países latinoamericanos, en España y, especialmente, en la Escuela de Teatro de la Facultad de Artes y Diseño de la UNCuyo.

   Arístides Vargas —para quien el teatro es escenario de expresión— ha dirigido importantes grupos y compañías latinoamericanas, entre las que destacan la Compañía Nacional de Teatro (Costa Rica), los grupos “Justo Rufino Garay” (Nicaragua) y Taller del Sótano (México), como la compañía Ire (Puerto Rico), además de Malayerba.

   Por sus merecimientos profesionales, el Consejo Superior de la UNCuyo decidió otorgar el Doctorado Honoris Causa con mención especial al mérito académico-científico, la máxima distinción que ofrece esa Institución, al profesor Arístides Vargas, lauros otorgados antes a otras personalidades, como los escritores Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Noé Jitrik, Antonio Di Benedetto y Eduardo Galeano, tal la cantautora Mercedes Sosa, entre otras personalidades.

   “Cuando uno quiere volver a la infancia busca lo lúdico, el juego. Soy extremadamente tímido. El teatro mejora ese lado, te ayuda a saber que la vida práctica es tolerable”, ha dicho el dramaturgo, actor y realizador escénico. Calificado por la crítica ecuatoriana como “el poeta de la escena”, es el menor de siete hermanos que formó parte de un hogar humilde pero feliz, sobre el que ha apuntado que “tengo recuerdos hermosos porque esa infancia tan intensa me salvó posteriormente de algo que pudo ser destructivo, como fue aquello de vivir muy joven la persecución de una dictadura”.

   “A mis quince años no tenía ni puta idea de lo que era el teatro y no tenía ni puta idea de lo que significaba la actuación. Me dio por mirar a través de una ventana a un amigo, que permanecía allá dentro sentado, y vi lo que él estaba mirando. Y eso a mí me pareció extraordinario. Esa ventana me sacó de mi mediocridad de obrero adolescente; me sacó del lugar terrible donde estaba y me disparó hacia otro sitio”, dice el actor.

   Pero la felicidad no iba a ser duradera. La larga noche de la represión se ensañó con Arístides y con muchos de sus compañeros. La dictadura generó heridas profundas, ya que a los veinte años huyó del país. Se fue a Buenos Aires y de allí, a Lima. Luego, todo lo demás que implicó escribir su historia latinoamericana. “Ahí comienzo a descubrir otras cosas, un viaje doloroso y a la vez extraordinario, un viaje de desarraigo, replanteo de mi propia identidad; y llego al Ecuador”.

Teatro como sinónimo de vida

   Nadie puede dudarlo: el teatro es la vida de Arístides Vargas. Su largo y agónico exilio, que también filigrana su obra, lo llevó a diseñar maneras de producir la variedad que se da en el género y a sacar, uno tras otro, temas de la galera, porque esa galera es nada más y nada menos que su vida.

   “Incluso el teatro comercial tiene algo de irrealidad; los actores y las actrices fingen ser otras personas. Vos pagás entrada para que te muestren eso, que es una mentira. El juego es que regula las relaciones entre los seres humanos. Por eso, el teatro”, sostiene con vehemencia Vargas.

   La historia en Ecuador lo reunió con otros exiliados y pronto promovió el teatro infantil en giras por los colegios. Luego sobrevino el tiempo de La Mojiganga y, finalmente, la formación de uno de los grupos alegóricos del teatro Latinoamericano: Malayerba.

   Hay algunos temas recurrentes y que continúan con vigencia en el mundo de Malayerba. Uno es el exilio; otro es la memoria y la necesidad de la reconstrucción; el otro es la migración. Para Vargas, el exilio es un estado bastante lamentable del ser humano y un castigo que equivale a la muerte. Por eso vive el teatro como espacio de redención. “Generar una realidad propia te permite lidiar con esa inmediatez de la vida que se parece mucho a la muerte. Un actor llora, pero finge que está llorando, pero de verdad está llorando. Es una paradoja, el actor es un fingidor. El teatro es el momento de jugar un plan de eternidad “dice Vargas.

   “La escritura es una posibilidad de ensayar la vida, es otra manera de reinventarla, reestudiarla. Vos sabés que sí, es posible reparar, sanar”, completa el actor.

   Vargas confiesa: “Soy un escritor traumatizado por ciertos hechos que ocurrieron en la Argentina. Porque la dictadura no sólo denigró al pueblo, sino también al proyecto humano. Con el tiempo me di cuenta de que las técnicas artísticas solo son herramientas para desencadenar algo propio. Si no hablás, no te curás, vos mismo tenés que decir lo tuyo”.

   Para Vargas, es importante que se entienda desde los Estados que la tarea del enriquecimiento espiritual de los pueblos pasa por la cultura. Debe haber una interpretación política de ella y entender la función que tiene el teatro, que no es una función productiva, sino la producción de símbolos, mitos comunes, formas. La producción de estos bienes simbólicos no parece ser suficiente a la hora de que los responsables políticos le den un lugar importante a la cultura en las sociedades. “A nuestros gobernantes no hay que convencerlos, hay que educarlos, deben saber que dentro de la cultura es el arte, quizás, la dimensión más profunda. Tienen que preguntarse para qué el arte y qué sentido tiene hacerlo en la contemporaneidad”, concluye el director.

   La Universidad Nacional de Cuyo lo galardonó tiempo atrás con el Doctorado Honoris Causa, máximo reconocimiento de esta casa de estudios. Al respecto, Vargas aseguró: “Lo vivo de manera muy emocionada porque es un reconocimiento que hace la universidad a una carrera que no terminé, debido a la etapa del exilio y la dictadura”.   Convencido de haberle ganado la batalla a la muerte, Arístides sostiene entre sonrisas: “A vivir tienes que enfrentarte tú solo y sacarle partido a la vida, desde el punto de vista de la sensibilidad, verla y vivirla de una manera diferente”.

   El actor reconocido mundialmente, que simula todo el tiempo ser un niño jugando, siente nostalgia por su lugar. “Argentina no es un paisaje, sino personas, una patria de afectos, donde están nuestros amores”. La gran novedad es que el artista promete un paulatino retorno a la tierra del sol. Poco a poco va a ir regresando. “Lo que me queda es mostrar algunas cosas que he hecho fuera de aquí y que ni se imaginan. Es un proyecto interesante, hacer dos trabajos anuales en esta provincia”, señala Vargas. Y vuelve a sonreír emocionado.

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