Category: Waldo Gonzalez
Por Waldo González López - www.TeatroenMiami.com
Tras recibir en 1998 los Premios Caja España y Born, la pieza de Juan Mayorga Cartas de amor a Stalin sería dirigida en el 2000 por el reconocido director hispano José Sanchis Sinesterra, para enseguida continuar su amplio ámbito por diversos escenarios en numerosos países.
Así, luego de un vasto periplo internacional, se estrenaría en el Teatro Abanico el pasado 20 de abril, en cuya cartelera se mantendría con éxito de crítica y público hasta el pasado 13 de mayo.
Dirigida por el cubanoamericano Alberto Sarraín, y con la interpretación de los cubanos Mabel Roch y Mauricio Rentería, y el cubanoamericano Larry Villanueva, gracias al interés que suscita el tema y el equipo de valía que realizó el montaje, merecería la buena acogida de que fue objeto durante sus presentaciones en la acogedora sala Abanico de Coconut Grove.
DEL AUTOR Y LA OBRA
A una de las preguntas formuladas en la precisa entrevista del colegamigo Max Barbosa (publicada por teatroenmiami.com, en vísperas del estreno de la obra), respondería el destacado autor hispano —quien en 1997 se doctorara en Filosofía—: «Cartas de amor a Stalin tiene esa vocación de, desde la esencialidad, construir un teatro ambicioso.»
Cierto. Porque la hondura del importante texto mayorguiano, sin un ápice de duda, resulta un teatro ambicioso, en tanto posee decisiva vinculación con la esencia de un fenómeno que, por su trascendencia cognitiva, tan profundamente tocara y afectara, en lo moral y lo artístico, a un intelectual de la talla del destacado narrador y dramaturgo ruso Mihaíl Bulgákov, quien padeció el terror de la desesperante cárcel del obligatorio silencio soviético, so pena de lo sufrido: la total represión ante la invariable imposición de la férrea «dictadura del proletariado» stalinista.
El nivel de profundidad alcanzado por el dramaturgo en su excelente texto, se aviene a la cota de alta reflexión implicada en su honda intención que —avalada por su formación en estudios de la historia del pensamiento— va más allá de lo «político» inmediato, para devenir una síntesis de la totalitaria ideología de la sovietización marxista-leninista, padecida en la ex URSS durante décadas.
Conmueve la humanidad alcanzada por el dramaturgo en estas tres figuras reales de aquel difícil contexto: Mijaíl Bulgákov y Yelena Bulgákova, junto al infaltable Iósif Stalin, tan comprobables como la propia historia de la ex URSS.
Basado en tres libros célebres del escritor: El maestro y Margarita, La guardia blanca y Corazón de perro, el prestigioso autor español revela —con auténtico realismo— el estado de persecución y la extrema vigilancia a que fueron sometidos, por el estalinismo, el arte y la literatura rusos de mayor aliento universal (lo que no sólo aconteció con Bulgákov: recordar el suicidio de Maiakovski) durante el tristemente célebre mandato de Stalin, tras el fallecimiento de Lenin.
Tal situación crítica es develada con la más aguda vivisección en el drama del dueto-tríada que integran Mijaíl Bulgákov y su esposa Yelena Bulgákova, junto al temible fantasma oculto/real del dictador totalitarista Iósif Stalin.
De ahí que —ante su terror a la represión, a la que responde el autor ruso con la adulación al diabólico tirano, a quien su pavor lo induce a una aparente admiración/pasión— exprese en la pieza el personaje del gran narrador de El maestro y Margarita «[…] escribir un libelo contra la revolución es imposible debido a su extraordinaria grandeza».
Porque es tal el miedo del autor que —tal responde el dramaturgo hispano a otra pregunta del periodista— «Bulgákov comienza escribiendo cartas para reclamar su libertad como creador, pero acaba haciéndolo al dictado de Stalin, incluso cede a este la escritura de esas cartas». Tal es el esencial mensaje de la pieza (que, además, deviene el superobjetivo de la puesta).
Acerca de la obra, Sanchis Sinisterra destacaría: «La relación simbiótica entre el artista y el poder.» Y aún más definiría: «Es una obra absolutamente contemporánea que tiene resonancias universales y también muy locales. Sin que haga falta dar nombres, todos conocemos muchos ejemplos.»
DE LA PUESTA, LOS ACTORES Y MÁS
Cuando José Sanchis Sinisterra la dirigió, en la Sala Beckett (España, 2000), aseveró: «[Mayorga es] uno de los autores más complejos y sólidos de lo que va a ser el teatro español en las próximas décadas». Mas, un año antes (1999) había sido estrenada en una puesta de Guillermo Heras, quien inaugurara la temporada del Centro Dramático Nacional.
Pero no se equivocó Sanchis, pues lo alcanzado por el autor mucho antes de su experimentado vaticinio, sería constatado a lo largo de este algo más de un decenio, por la mejor crítica y el más exigente público de diversas ciudades del mundo, donde han disfrutado de esta y otras piezas de su sólida dramaturgia.
Y como era de esperar, con tan significativo texto se requería una puesta al nivel de la alcanzada por Alberto Sarraín, en cuyos meritorios resultados inciden varios componentes, ineludibles y necesarios, en tanto colaboran con el éxito de una propuesta de tan alta estima como esta.
De tal suerte, resalto, primo tempo, la novedosa concepción de la compleja puesta, al nivel de la riesgosa obra Cartas de amor a Stalin, en la que los distintos componentes se cruzan y entrecruzan, en loable conjunción.
Asimismo, destaco la imaginativa concepción general, que va más allá de lo escénico, para tentar recursos del cine: la hábil o, mejor, mágica utilización de la luz, gracias a la profesional labor de Pedro Remírez de Estenoz (en la puesta de Sanchis, el propio director destacó «el claroscuro, el misterio que hay en la obra, la mezcla entre imaginación y delirio»); la funcional escenografía (que sin abandonar el realismo, posee no poca imaginería) se agradece al talentoso Alain Ortiz; sin olvidar el hiperrealista y —acorde con la época— convincente vestuario de Luis Suárez, y el maquillaje de Adela Prado (por cuya avezada y avisada praxis en estas lides durante décadas, fue merecedora en su natal Cuba de los mayores lauros).
La actuación es uno de los pivotes en que se sustenta la puesta, en especial durante algunas escenas. Recalco la que ofrece el «juego» que re-presenta la ansiada entrevista del escritor con Stalin, que le permitirá salir del país-cárcel.
Este es uno de los momentos donde radica el principal centro de tensión-atención de la puesta, por el estado de ansiedad, a un nivel sicótico, causado por el nerviosismo del creador ante el ominipresente ¿fantasma? del déspota. En tres palabras, fue el terror de los creadores ante los desafueros y la imposición de los regímenes totalitarios, uno de cuyos «ejemplares» modelos fue, precisamente, la antes ex Rusia y, hoy de nuevo, así denominada, tras la caída de la ex URSS a fines de los ‘80.
Y tal status muy acertadamente lo evidencian, en sus formidables actuaciones, la tríada de valiosos intérpretes, cuyos desempeños poseen idéntica calidad: en ello, no solo evidencian su experiencia alcanzada, sino también la diestra dirección de actores a cargo del no menos experimentado Alberto Sarraín, quien aquí demuestra su praxis de años en varios países, eventos y escenarios.
Para el crítico fue como revisitar piezas y cintas interpretadas por sus ex alumnos de la habanera Escuela Nacional de Teatro durante los ’70: Mabel Roch y Mauricio Rentería, por lo que mucho disfrutó Cartas de amor… En cuanto al desempeño de Larry Villanueva, fue un estimulante descubrimiento disfrutar de su también excelente desempeño en su verídico Stalin.
Por tanto, por todo, desde mi columna felicito al valioso equipo creador de esta inteligente, emotiva puesta que, sin duda, constituye uno de los mejores momentos de la escena en español visionada en lo que va de 2012.
FOTOS POR JULIO DE LA NUEZ
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