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waldo bioWaldo González López (Las Tunas, Cuba, 1946)

Poeta, ensayista crítico teatral y literario, periodista cultural. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios,  6 libros de ensayo y crítica literaria, varias antologías de poesía y teatro. Desde su arribo a Miami (2011), ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor de 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012. Colaborador de las webs: teatroenmiami.com (Miami) y Encuentro de la Cultura Cubana (España), Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), y los blogs OtroLunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Gaspar. El Lugareño, y el diario digital El Correo de Cuba (ambos en Miami).

Por WALDO GONZÁLEZ LÓPEZ - Para www.TeatroenMiami.com

El más genial representante del teatro del absurdo, el notable dramaturgo rumano-francés Eugene Ionesco (Slatina, Rumanía, 1912-París, Francia, 1994), de tanta influencia en la escena mundial, estuvo dotado de un cáustico pesimismo, con el que guió esta manifestación o tendencia.

Sin duda, uno de los autores más singulares e innovadores del siglo XX —gracias a su peculiar humor mordaz y agudo—, consiguió trasladar al medio escénico las técnicas expresivas queridas por los surrealistas, tal bien ejemplificó el guía del movimiento André Bretón, recordado autor de la novela Nadja. Fue tan inesperada y novedosa la creación del teatrista, que abrió nuevos caminos a la escena en una sociedad fragmentada e incrédula.

Ionesco conformó, junto al irlandés Samuel Beckett (Dublín, 13 de abril de 1906–París, 22 de diciembre de 1989), el dueto decisivo del teatro del absurdo, por el que el Premio Nobel rumano-francés logra extraer de un texto burlesco, un juego dramático; y viceversa: de un texto dramático, un juego burlesco. Por la celebridad internacional, alcanzada con su notable y original dramaturgia, fue elegido miembro de la Academia francesa el 22 de enero de 1970.

Más allá de la mera ridiculización de situaciones banales, las obras de Ionesco dibujan de modo tangible la soledad de los humanos y la insignificancia de la adoración a ídolos vacíos, entre otros temas.

Surgido tras la segunda Guerra Mundial, esta tendencia estética (y aún más la de este autor) pretende (y logra) manifestar lo fútil de la existencia humana en un mundo impredecible, junto a la imposibilidad de una genuina comunicación entre las personas; sin embargo, y al margen de ello, su obra está cargada de humor y humanísimo sentido, al punto de que al crítico que ahora escribe, sus piezas le recuerdan no pocas páginas del genial filósofo alemán Friedrich Nietzsche en su clásico volumen: Humano, demasiado humano. Un libro para espíritus libres. Entre los decisivos recursos de su utillaje técnico, peculiares en la dramaturgia ionescana, se halla, en primer lugar, el nonsense (del vocablo sinsentido). Como muchos de nuestros lectores conocen, el nonsense es una figura literaria que, en verso o prosa, genera juegos de palabras transgresores de las formas comunes de la sintaxis y la semántica, por lo que resultan humorísticos y absurdos. De ahí, su proximidad con el teatro de Ionesco, en tanto no pocos de sus textos se valen de juegos verbales sin aparente sentido, aunque sí lo posean a ojos vistas, por la demente situación política internacional que acontece, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el famoso autor escribe sus mejores piezas, si bien continúa hasta hoy.

Asimismo destaca su creación por sus ambientes sofocantes y sus situaciones carentes de lógica, con el lúcido fin de resaltar el extrañamiento y la alienación; en suma, su principio esencial era subvertir los procedimientos de transposición literal de la realidad. Y esto sí resultaba lógico en tiempos de ilogicidad, como de locura y enajenación en la Europa posguerrera, incapaz de comprender nada de lo que sucedía ante sus ojos.

El talento, la novedad y la ruptura con la lógica, llevan a Ionesco a la celebridad que no lo abandonaría en sus posteriores obras. Por todo, su creación resulta muy amplia y variada, si bien sus más célebres piezas, por la afinidad con su distintiva Poética, son La cantante calva (1950, sátira a partir de la vida cotidiana); La lección (1950, sobre un profesor que asesina a sus alumnos); Las sillas (1952, peculiar obra donde los personajes hablan con seres que no existen), Amadeo o cómo salir del paso (1953, parábola contra el matrimonio) y El rinoceronte (1959), tal vez su obra más conocida en Europa, no así en este lado del mundo, donde Las sillas ha sido muy llevada a la escena en distintos países.

Otras obras dramáticas suyas muy puestas en los escenarios son La sed y el hambre (1964) y la última que escribiera: El rey se muere (1962). Dejó además abundantes textos sobre teatro, libros de memorias y la novela El solitario (1974).

Su creación comprende, entre muchas otras piezas: Víctimas del deber (1932), La lección (1950), Delirio a dúo (1962) y Viajes al otro mundo (1980).

LAS SILLAS SIN PERSONAS SENTADAS
Según la fábula de Las sillas —considerada la obra maestra de Ionesco—, el gran autor pone en escena a una pareja de ancianos aislados en una torre situada en el interior de una isla. Para justificar (y justificarse), ante el mundo y ellos mismos, una larga existencia de fracasos y humillaciones, han organizado una recepción a la que invitan a personalidades imaginarias de toda especie, entre las que figura el propio Emperador.

Un número más y aún otro más fabuloso de sillas vacías, indicará la invisible presencia de la multitud, sólo vista por los protagonistas de la obra: la pareja de ancianos que, acaso, no sean más reales que la multitud; sólo están allí para expresar el vacío y otorgarle su indispensable contorno, la densidad presente de su ausencia.

Cuando la escena está totalmente obstruida con sillas vacías —al punto que los viejos quedan atascados en un inmóvil naufragio—, aparece el Orador, cuya presencia es, para los viejos, la señal de la liberación, pues, tras llegar éste, llega asimismo el cuidado de transmitir el gran mensaje destinado a salvar a la humanidad. Se arrojan por la ventana y el Orador queda solitario ante las sillas, con la boca abierta, de la que sólo salen estertores y sonidos guturales, ya que el Orador es sordomudo.

El dramaturgo opone lo cómico a lo trágico para reunirlos en una síntesis teatral nueva: ambos elementos, se ponen de relieve y se niegan mutuamente, pudiendo constituir, justamente gracias a su oposición, un equilibrio dinámico, una tensión.
La crítica más seria ha señalado: acaso no se ha mantenido nunca este equilibrio dinámico con mayor maestría que en Las sillas, donde el dolor y la poesía al desnudo, permanecen sin cesar ofrecidos ante la risa de los espectadores.

LAS SILLAS PASADA A LA CRIOLLA
El pasado fin de semana —último de la segunda y exitosa temporada del TEMFest 2011 (desde ya muchos y, entre ellos, este crítico, esperamos la tercera edición— el laureado diseñador y realizador escénico Rolando Moreno (merecedor de uno de los tres Premios Baco, concedidos por los organizadores) celebró su medio año de vida escénica con el estreno de su versión libre de la clásica pieza del gran dramaturgo rumano-francés Eugene Ionesco, Las sillas que atrajo la atención de no pocos fans de la escena, tal aconteció durante las tres funciones.

Como en la obra original, el absurdo y el humor están entremezclados con la eiron griega y lo farsesco, sólo que lo cubano —categoría estudiada por el ensayista Cintio Vitier en sus clases que luego conformaran su muy estudiado ensayo Lo cubano en la poesía (1949)— resulta decisivo.

Sí, porque transgrede el discurso dramatúrgico —tal más tarde haría nuestro Virgilio Piñera en su no menos clásica Electra Garrigó, estrenada mundialmente, el 23 de octubre de 1948, en el habanero teatro Valdés Rodríguez, bajo los auspicios de la Asociación Teatral Prometeo y la dirección del dramaturgo Francisco Morín—, para ya devenir una genial muestra del «relajo», estudiado por el recordado ensayista Jorge Mañach, en su atendible Indagación del choteo, rasgo caracterológico de los cubanos que, por haber nacido en una Isla (y su «maldita circunstancia»), poseen un definitorio signo de variada estirpe.

DE LA ACTUACIÓN
Muy logradas las que realzan la versión y la puesta de Rolando Moreno, gracias a los experimentados Marilyn Romero y Gerardo Riverón, quienes (secundados en la escena final por un breve desempeño de Humberto Ponce de León), logran en sus respectivas interpretaciones, plausibles entregas, por sus bien llevadas cadenas de acciones y sus convincentes desempeños, muy a tono con la puesta.

Harto capaces ambos actores en su capacidad de trastocar en farsa ¿la realidad? —gracias a sus alusiones-elusiones de aspectos muy presentes en la Cuba actual— para lo que se valen, entre varios recursos, de teatro dentro del teatro, como de otros elementos que aquí sortean los actores sin arribar a los manidos escollos «actualizadores» hasta lo banal, de otras puestas vistas.

Lo propio acontece con la dirección de actores: en las interpretaciones se dan la mano talento y gracia, humor e ironía, para ofrecer al público una gama de intenciones/acciones (hipocresía y fingimiento, tontería e idiotez), como otras ganancias que, sumadas al fin, entregan un resultado de valía: el que disfrutamos todos durante el pasado fin de semana en la acogedora sala Teatro en Miami Studio

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