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XXXII IHTF Play 3.Piedras.preciosas.1.Photo by Al fin y al cabo.España

JOSÉ ABREU-FELIPPE - El Nuevo Herald

Una noche espléndida nos regaló el 32 Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, que dirige Mario Ernesto Sánchez, con el estreno de Piedras preciosas, de Pablo Díaz, con el grupo Al fin y al Cabo de Marbella, España, dirigida por Andrea Chacón Álvarez y Raúl Mancilla. La pieza narra la amistad entre Jean Cocteau (1889-1963) y Manuel, nombre ficticio de un personaje real, un joven bailaor, en Marbella. Cocteau, un muy afamado y algo excéntrico pintor –y también cineasta, dramaturgo, poeta, novelista y diseñador, entre otras virtudes–, próximo a cumplir los 72 años, llegó por primera vez a esa bella ciudad de la Costa del Sol, en abril de 1961. El motivo del viaje era pintar unos paneles para la boutique La Maroma, de su gran amiga Ana de Pombo, un sitio que también funcionaba como salón de té y lugar de tertulia. En esa ocasión estuvo trabajando y disfrutando la ciudad alrededor de mes y medio. Se enamoró de aquel sitio al que calificó de “paraíso”, lo que lo motivó a regresar en agosto de ese mismo año y donde permaneció hasta finales de septiembre.

La historia de la relación de Cocteau y Manuel se basa, en parte, en los testimonios de los vecinos de la ciudad que los conocieron. El resto es ficción, imaginación, fantasía. Más que un encuentro, aquello fue un choque entre dos mundos. Por encima de la atracción física que pudiera sentir el anciano por el joven, fuera recíproca o no, la pieza de Pablo Díaz explora el comportamiento de un maestro tratando de mostrar al alumno cómo hasta unas piedras recogidas en la playa pueden transformarse mediante el arte, en joyas, en piedras preciosas. Manuel es un joven de talento en bruto, hay que pulirlo, hay que enseñarle que la base del conocimiento está en mirarse dentro, en manejar las virtudes y sobre todo los defectos. El encontronazo ente estos dos seres me hace pensar en un viejo proverbio zen: “Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro”. Tal vez este maestro viera, ya casi en el final de su vida –moriría dos años después–, repetirse su relación con Raymond Radiguet, el genial adolescente autor de El diablo en el cuerpo, uno de sus grandes amores, a quien tanto ayudó y cuya temprana muerte –a los 20 años, víctima de una vulgar fiebre tifoidea–, casi lo destruye. Hay un momento en la obra en que Cocteau se derrumba en los brazos de Manuel y sollozando dice “Jean, Jean”, pienso yo que evocando a otro de sus grandes amores, Jean Marais, musa del poeta en varias de sus películas y quien más tarde se hiciera famoso en el papel de Fantomas.


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