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Flores de papel Alfredo ArmasJosé Abreu Felippe - El Nuevo Herald

Sobre Flores de papel, del dramaturgo chileno Egon Wolff (1926-2016), desde su estreno, en noviembre de 1970, se ha escrito mucho y con diversos enfoques y análisis. La pieza forma parte de una tetralogía compuesta además por Los invasores, La balsa de la Medusa y Tras una puerta cerrada. En todas, de una forma u otra, se presenta el conflicto, tan caro al autor, entre los que poseen y los desposeídos. Wolff fue uno de los principales dramaturgos de la llamada generación literaria de los cincuenta. Por Flores de papel, que se ha llevado a escena numerosas veces en distintos países, obtuvo el Premio Casa de las Américas en 1970. En el 2013, el dramaturgo fue distinguido con el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile.

Flores de papel, en adaptación de Jorge Carrigan, bajo la dirección de Yoshvani Medina, se está presentando en Artspoken con las actuaciones estelares de Vivian Morales y Renato Campilongo, ambos actores premiados en el VI Festival de Pequeño Formato. La obra comienza cuando hace su entrada a su apartamento, Eva, una señora elegante, de buen ver, seguida de Beto, alias El Merluza, un indigente sucio y mal vestido, a quien conoció en el supermercado y que se brindó para ayudarla con las pesadas bolsas de la compra. Eva, que vive con un canario al que llama Pepito, va a pagarle por su servicio, pero el hombre no acepta y le dice que prefiere que le preparé un té.

Ahí comienza un verdadero enfrentamiento, al principio sutil, luego una tensa confrontación que va escalando, entre el hombre y la mujer. Él es un completo desconocido para ella, que de pronto descubre que no lo es para él, que hace años la sigue. En este caso, la personalidad del hombre es mucho más compleja que la de la mujer. Una susceptibilidad a flor de piel, fingida o no, que aflora y estalla a cada momento. Bastante de símbolo tiene El Merluza. ¿Qué quiere? ¿Qué persigue? ¿Cuáles son sus verdaderas intenciones? Dice que no se puede ir, porque quieren matarlo. Ella lo acepta, porque al parecer desea, eso se hace evidente, otra compañía, más física, más humana, más sentimental y participativa, aparte de la Pepito, y piensa que tal vez aquel desconocido puede llegar a serla. Pero el hombre va imponiendo su ritmo y transformando el orden –más bien parece que su velado propósito es subvertir el orden hasta convertirlo en caos–, desatando una revolución de bolsillo, pero con el mismo resultado que las grandes, conocidas y padecidas. La destrucción absoluta la compensa con flores de papel y otros engendros de su invención.

Renato Campilongo como Beto El Merluza desarrolla su papel con inquietante precisión en una de las mejores actuaciones que le he visto. Pasa de una apocada humildad a una fiereza salvaje, prácticamente sin inmutarse. La mirada dura, el gesto exacto, con inflexiones en el decir pausado, llenas de matices. Un magnífico trabajo.

Vivian Morales como Eva comienza altiva, autoritaria, pero con tacto, delicadeza en el trato, una gran dama, con clase, dueña de la situación y poco a poco, a medida que transcurre la acción se va transformando en la hembra que descubre a un macho que puede ocupar un espacio en aquel sitio vacío de calor humano. Y va cediendo riendas, permite la hecatombe. Dueña de una expresividad que hace innecesarias las palabras. Brillante hasta el final.


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