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la calle al final 2José Abreu Felippe - El Nuevo Herald

La calle al final del mundo es una pieza del dramaturgo y compositor español afincado en Miami Ramón Caudet, que en una producción de La Gaviota Productions, con un elenco de lujo y dirigida por Anna Silvetti, se presenta ahora en el Koubek Center hasta el 25 de este mes. La obra comienza con un desfile de los actores por una especie de trillo al fondo del escenario, cubierto de hojas de otoño –hojas de tiempo, acaso–; algunos, si no todos, van descalzos, simbolismo que se me escapa, aunque vagamente lo relaciono con la antigua costumbre o superstición que afirma que a los muertos no se les debe calzar.

Carlos, un director teatral (Gabriel Porras) y dos actores, Eduardo (Ariel Texidó) y Claudia (Cristina Ferrari), se preparan para ensayar una obra inspirada en la conocida historia –o leyenda– de los amantes de Teruel. Como se recordará, dos jóvenes, Diego de Marcilla e Isabel de Segura, que se aman, se ven obligados a separarse. El padre de la joven no acepta al muchacho porque no tiene dinero para la dote. Le dan cinco años para que haga fortuna y, a su regreso, se encuentra a la muchacha casada. Le pide un beso, ella se lo niega y él cae muero. Después, ella besa el cadáver y también muere. Una conocida tragedia del siglo XIII, contada aquí a grandes rasgos, que ha inspirado muchísimas historias.

la calle al final 3Un espacio cuadrado es el escenario para los ensayos; dentro, una escalera de tijera y varios cajones pintados de negro que lo mismo sirven de asientos, que de pequeños armarios donde se guarda utilería o se alinean al fondo como parte de la ambientación. A la derecha, en lo que representa el exterior, hay una especie de acogedor parquecito con una mesa y varias sillas. Hasta allí llega una enigmática mujer, Mercedes (Gloria Peralta) que, aunque no exhibe una belleza que pudiera calificarse de deslumbrante, fascina tanto al director como a los actores, que de uno en uno, se acercan, conversan con ella, le brindan algo de beber o comer, y por supuesto, flirtean, incluida Claudia, a quien la dama besa apasionadamente, lo que trae como fulminante consecuencia que la actriz descubra que es lesbiana e inmediatamente llame por teléfono al novio y rompa con él. La dama está leyendo El otoño en Pekín de Boris Vian, y todos, al retirarse se percatan de que tiene el libro al revés –otro simbolismo reiterado que se me escapa.

Luego comienzan los ensayos, y viene la parte de la obra –sí, teatro dentro del teatro– que más me gustó. Texidó y Ferrari se colocan sendos elementos que los convierten en Diego e Isabel. Ambos están soberbios en la ejecución de los versos, con el gesto preciso y un dejo castizo que se saborea, que se disfruta. Una delicia clásica. Desde luego que no voy a contar en detalle lo que ocurre, porque sería restarle placer al espectador en un obra que bien vale la pena ver. Sin embargo, quiero mencionar que en lo que parece ser el desenlace, entra Renato (Francisco Porras), un ladrón muy sui géneris y también muy poco verosímil. Con una pistola, que se encuentra de casualidad, entra por una puerta que se le quedó abierta al director, a robar a un teatro que se supone en ese momento vacío y exige una cantidad en efectivo específica –y ridícula– de dinero. Lo que cuenta entonces, al borde de las lágrimas, es digno de un culebrón de horario estelar. Francisco Porras, un excelente actor, muy experimentado, hace lo que puede para darle vida a este ladronzuelo a la fuerza. 


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