Menu
RSS

el puerto de los cristales rotos Fotos Nobarte 1José Abreu Felippe - El Nuevo Herald

Aunque es un hecho histórico conocido, quizás no se ha resaltado como debiera la tragedia de los 937 pasajeros del buque MS Saint Louis, la inmensa mayoría de ellos refugiados judíos que huían de la Alemania nazi. El barco zarpó de Hamburgo con destino a Cuba el 13 de mayo de 1939. A pesar de que tenían visas que habían sido otorgadas por la embajada de Cuba en Alemania, no se les permitió desembarcar en La Habana. Solo unos pocos, pagando, lo consiguieron. La politiquería, la usura, la corrupción, pudieron más que un elemental sentido de compasión, de solidaridad humana. A principios de junio el barco hizo gestiones para que los refugiados pudieran desembarcar en Estados Unidos, acogiéndose a un confuso sistema de cuotas, pero al final el presidente Roosevelt también les negó la entrada. Lo mismo hizo Canadá y el Saint Louis, no tuvo más remedio que regresar a la Europa de Hitler, donde la mayoría de los judíos más tarde morirían en los campos de concentración.

En este bochornoso hecho histórico se inspiró Mario Ernesto Sánchez para escribir, en colaboración con la argentina Patricia Suárez El puerto de los cristales rotos. El título obviamente alude a la tristemente célebre “noche de los cristales rotos”, que consistió en una serie de ataques combinados contra los judíos, sus propiedades, sus negocios y sus templos, acaecidos durante la noche del 9 al 10 de noviembre de ese mismo año. Esta salvajada dejó las calles cubiertas de cristales rotos, pertenecientes a los escaparates de los negocios y las ventanas de las casas.

La obra comienza con la proyección de imágenes del Saint Louis. Enseguida se ve lo que parece ser el abordaje del buque en un movimiento vertiginoso donde un pequeño grupo de actores simula una gran multitud, apoyados por un eficiente trabajo de luces y una música, fuerte, emotiva, envolvente, a manera de preludio, de Mike Porcel. El trasiego de pasajeros –entre ellos se distinguen dos niñas– se va haciendo lento hasta quedar definidos los siete actores, iluminados por cenitales, inmóviles sobre la armazón del buque, como a la espera de la catástrofe que se avecina.

Todo el escenario, de esquina a esquina, lo llena la monumental escenografía de Jorge Noa y Pedro Balmaseda. Al centro, la cubierta en un segundo nivel que comunica con un espacio o salón más bajo. En los extremos, como cerrando, dos armazones de metal, que poco recuerdan un barco, y sí andamios de alguna construcción, donde se sugieren determinados espacios, como zonas de primera y segunda clase, camarotes, barandillas, escaleras interiores, etc. Se ven en distintos puntos, salvavidas donde se lee Saint Louis. En un costado hay un retrato del Führer, que pronto el capitán (Juan David Ferrer) manda a retirar, para no herir la sensibilidad de sus pasajeros, a un individuo llamado Otto (Boris Alexis Roa), obviamente simpatizante de Hitler y posible espía alemán. El problema con la escenografía es que es muy difícil de llenar con siete actores, que no siempre están todos en escena, y se siente vacía, desolada, cuando no debiera ser esa la sensación de un buque cargado con 937 almas desesperadas.

Por el barco discurren, cada uno a su aire y con sus propias angustias, la pareja formada por Lina (Alina Interián) y Avram (Gerardo Riverón); Vera (Marilyn Romero), una actriz con el lastre a cuestas de sus años dorados; su ex pareja y acompañante (Julio Rodríguez) y un solitario con tendencias suicidas (Carlos Acosta Milián).


FOTOS NOBARTE


 LEER ARTÍCULO COMPLETO

logo-ENH

Libros en AMAZON.COM - TEATRO

Ultimas Noticias

Noticias de Miami

Noticias Culturales

Síguenos