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La isla desierta otra manera de entender el teatroJosé Abreu Felippe - El Nuevo Herald

El arte, la creación y la imaginación, a veces nos permiten adentrarnos por senderos pocas veces transitados, logrando incluso resultados sobresalientes, aunque, como ocurre también en demasiadas ocasiones, son logros que se abren y cierran en sí mismos y no brindan nuevas posibilidades, pues son tan especiales que no pueden repetirse sin calcarse. Sus propias y originales características los agotan. Pienso que eso ha ocurrido con la manera en que el Grupo Ojcuro concibió la puesta de La isla desierta del escritor y dramaturgo argentino Roberto Arlt (1900-1942). Al breve texto original, de solo 13 páginas, el director José Menchaca le añadió escenas, en especial las narraciones de Cipriano sobre sus viajes, con el aparente objetivo de alargarla y facilitar la inclusión de "efectos sensoriales" –llovizna sobre los espectadores durante una tormenta, ciertos olores, el sonido del mar, pájaros chillando–, todo dentro de una oscuridad absoluta y claustrofóbica, en la que se mueven con gran pericia los actores, varios de ellos invidentes.

La propuesta que Menchaca trajo al 31 Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, que dirige Mario Ernesto Sánchez, sin duda dejará una huella, como ocurrió años atrás con El sí de las niñas de Moratín, interpretada por actores sordomudos, o con otra pieza argentina, que transcurría íntegramente dentro de un vagón de tren, del que el público solo veía el exterior y a los actores por las ventanillas o cuando brevemente alguno se asomaba por el fondo. Son, sin duda, aportes interesantes, desafíos, evidencias, de que el arte brinda posibilidades ilimitadas.

El texto de Arlt fue estrenado en Buenos Aires en 1937. La pieza transcurre íntegramente dentro de una oficina donde los empleados no hacen más que laborar como hormigas. La vida de los oficinistas sufre un doble golpe. Primero, cuando son trasladados desde un oscuro sótano, al piso 10 del edificio, con grandes ventanales que dan al puerto, en el que constantemente entran y salen buques haciendo sonar sus sirenas. Luego, cuando aparece el mulato Cipriano, narra sus experiencias como navegante, cruzando los mares y llegando a los confines del mundo. Sus vivencias contrastan con el encierro de los oficinistas que han dedicado su vida, en particular Manuel, que lleva 40 años de trabajo incesante, sin disfrutar de los placeres de la vida. La obra de Arlt, que describe el encierro y la frustración como males modernos, es un canto a la libertad, a vivir la vida, no así la versión de Menchaca que con sus añadidos no necesariamente la mejora o enriquece.

Teatralmente la propuesta del Grupo Ojcuro es sorprendente aunque algo circense. El público entra a la sala en grupos de diez, haciendo un trencito con las manos apoyadas en los hombros del que precede en la fila, en total oscuridad, y conducido hasta las butacas por los propios actores. Al comenzar la obra se escucha el ajetreo de una oficina, el tecleo de las máquinas de escribir, papeles que se manipulan, la voz autoritaria del jefe recriminando a algún empleado por un error o un atraso, pidiendo determinados documentos, etc. El espectador siente el desplazamiento espacial de las voces que a veces susurran algo a su espalda, otras al frente o lejanas. Así hasta que el jefe se va y entra el ordenanza o mensajero Cipriano (Francisco Menchaca) y comienza con sus historias que provocan ansias, la evocación de sueños irrealizados y por realizar en los empleados, que se van liberando y sumando en una rebelión con danza tribal incluida, en busca de la isla desierta. El resto de los actores (Marcelo Giammarco, Laura Cuffini, Verónica Trinidad, Mateo Terrile, Jesús Igriega y Andrés Terrile), juegan varios papeles que solo es posible identificar leyendo el programa. La obra concluye con una música tristona tocada en vivo por uno de los actores.


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