Category: Teatro
Matías Montes Huidobro (Memorias) - www.TeatroenMiami.com
Cuando a fines de los años cuarenta Francisco Morín funda Prometeo, donde se van a estrenar obras de Virgilio Piñera y Carlos Felipe, Morín va a dejar las bases modélicas de un director interesado por el mejor teatro que se hacía en mundo, al mismo tiempo que le hace frente a la responsabilidad que deben asumir directores, críticos y agrupaciones teatrales, en la formación del teatro nacional; ejemplo seguido poquísimas veces. Es en ese momento que yo empiezo a formar parte del teatro cubano, como dramaturgo, un poco distanciado de la existencia farandulera, con la que nunca me he sentido del todo a gusto, en gran parte por mi carácter introvertido y mi timidez, muy marcada en aquellos años iniciales. No deja de ser curioso este distanciamiento, porque nunca he sentido el imperativo de querer formar parte de la producción del texto, respetando la labor del director, aunque con el paso de los años me he sentido menos inhibido.
Cuando se inician las actividades teatrales a fines de cuarenta en el Parque Central, en una caseta que había quedado allí después de la Feria del Libro, que consigue Carlos Franqui gracias a gestiones que hace con Raúl Roa, se llevan a efectos representaciones teatrales, gracias a las cuales conozco a Francisco Morín y sigo de cerca, sin participar en ellas, las actividades teatrales que se desarrollan en aquel improvisado teatro. Algo tiene que ver mi amistad con Guillermo Cabrera Infante, con su hermano Sabá, y especial con Zoila Infante, madre de ambos, que era el corazón de las tertulias que allí se celebraban, a las que iba casi a diario, y en cuya casa de vecindad se iban a maquillar y vestir los jóvenes intérpretes de las producciones que Morín llevaba a escena.
Entre otros muchos se encontraban Silvano Suárez y Rine Leal. Del primero, de larga trayectoria en la televisión cubana después del triunfo revolucionario, Morín llevó a escena una pieza corta, “La máquina de sumar”, que también se publicó en la revista Nueva Generación, proyecto de Franqui y del cual fui uno de los fundadores. Rine Leal escribió una obra corta en verso, “Desde adentro”, basada en un poema suyo, “La canción del pescador”, que también se publicó en Nueva Generación, como guión cinematográfico, que escribí yo y salió en la mencionada revista. A primera vista, el más prometedor parecía serlo Silvano Suárez, que era una especie de “Golden Boy” del grupo, apuesto, inteligente, culto, y en particular enamoradizo y mujeriego, que aunque tuvo una carrera triunfal en la radio, escribiendo telenovelas (que yo hubiera querido escribir porque era un modo de “resolver”), no llegó tan lejos como todos esperábamos.
Yo me mantenía alejado, callado e introvertido, siguiendo de cerca los montajes de Morin, viendo como les sacaba a los actores más jóvenes el mayor partido posible, y algunas de sus extravagancias como director, en especial una especie de mosquitero transparente con el que frecuentemente cubría la boca del escenario. De este contacto escénico surgió mi primera obra, “Las cuatro brujas”, que mandé al primer concurso Prometeo en 1948.
“Las cuatro brujas” (1950), mayormente en verso, lamentablemente lorquiana, se llevó una de las menciones; las otras se las llevaron “Cumbre y abismo” de Montoro Agüero, “Los símbolos” de Daniel Farias y “Segundo” de Mario Parajón, que con el paso del tiempo no van a escribir mucho más. Manolo Casal, en una artículo demoledor, donde no se salva ninguno de nosotros, nos hizo una crítica muy negativa, aunque mostró cierta generosidad para conmigo. Hizo referencia al “lorquismo seudo criollo” con el cual “me arropo” y no le faltaba razón. Era un crítico muy penetrante con muy buen sentido del humor, que se burla de las brujas de Macbeth, Hamlet y Otelo que aparecen en mi obra, diciendo que “no recordamos en “Hamlet” ni en “Otelo” a ninguna bruja, pero quizás el autor, amparado por el trágico destino que sufrieron Hamlet y Otelo, haya pensado que hubo en el fondo de todo ello brujas cizañeras, olvidando que, al menos, Hamlet, con el espectro de su padre tenía suficiente.” Esto, realmente, era muy ingenioso. Agrega: “El autor usa en gran parte de la obra el verso octosilábico, con rima asonantada, y casi siempre lo hace con gallardía y buen gusto”, dándome cierto crédito como poeta que otros me han escatimado. Y agrega proféticamente que “aunque no sabemos, en definitiva, qué pretendió hacer, es indudable que llegará a hacer algo, sin que sepamos tampoco qué será ello… Seguramente esta obra la ha escrito con premura y el autor se ha perdonado muchas cosas festinadamente.” Así lo hice y aprendí algo, porque escrita con por Casal con sorna quevediana, no llegaron a afectarme sus comentarios, sino a incitarme; en realidad no hizo otra cosa que impulsarme a seguir escribiendo, porque después de todo dejaba la puerta abierta para que “hiciera algo”, como seguidamente iba a demostrar, pasando a concursar al año siguiente.
Del conjunto de traumatizaciones que se desarrollaron durante mi infancia y mi adolescencia, surgió después “Sobre las mismas rocas” (1951), un texto sobre la alienación, la marginación y mi cosmovisión ritualista del mundo. La mandé al segundo concurso Prometeo y obtuvo el Primer Premio. Morín se llevó un raspapolvos de Paco Alfonso, que recibió una mención por “Yerba hedionda”, una obra truculenta y trasnochada de la cual es difícil decir nada bueno, y tuvo la audacia de querer “quitarme” el primer premio con una miserable (en más de un sentido) edición de “Yerba Hedionda”, afirmando que él se había llevado el premio, falsedad que estuvo repitiendo hasta que estiró la pata con la complicidad ulterior del “Diccionario de Literatura Cubana”, del 1980, y de la crítica teatral en pleno, de de allá, de acá y del otro lado. El jurado estuvo formado por Carlos Felipe, Luis Amado Blanco, Mario Parajón, Rosario Rexach y el propio Morín. Me entregaron un diploma donde se dejaba constancia del mismo (que conservo para desmentir con pruebas a Paco Alfonso) y un trofeo, muy bonito, que perdí cuando me fui de Cuba. Comprendo que se sintiera humillado porque un desconocido que empezaba su carrera teatral, recibiera el primer premio, y no él, en un concurso otorgado por una institución innovadora y de vanguardia.
“Sobre las mismas rocas” se estrenó en 1951 como había sido planeado, en un programa doble con “Los habladores” de Cervantes. Creo que una vez asomé la cabeza en una de los ensayos, pero de ahí no pasó mi intervención. Morín respetó el texto escrupulosamente y desarrolló la acción dentro de una cámara negra, eliminando (con muy buen juicio) decorados y objetos estipulados en la versión original, pero recreándolos a través del montaje, sin la presencia física de los mismos. Empezando los tres cuadros que componen la obra en medio de un teatro completamente a oscuras, donde se oyen unos altoparlantes, consiguió un efecto cósmico, acentuado al final con los tres personajes moviéndose en unas sillas de ruedas, sencillamente iluminados por unas linternas colocadas en las piernas. Con frecuencia, la falta de presupuesto, hace que los directores hagan funcionar su imaginación y logren óptimos resultados.
Yara asistió al estreno con un vestido azul celeste, con un preciso sentido del color, de saya ancha, que todavía recuerdo claramente y que le quedaba muy bien. Puro años cincuenta. No sé como pudo enamorarse de mí. Bueno, ella lo sabrá mejor que yo. Como era flaco y desgarbado, a lo mejor me parecía a Leonardo de Caprio –y yo sin enterarme. Ella era, sin dudas, Kathy Winsley. Estábamos a un paso de “Revolutionary Road”. Dispuesta a cargar conmigo y con todos mis complejos, realmente yo era un guiñapo digno de un gabinete siquiátrico. Como nos veíamos en la biblioteca del Lyceum, algunas veces salíamos caminando al atardecer rumbo al mar y al horizonte, por unos parajes rocosos que había en el Vedado, y de ahí surgió el título de la obra, con el mutilado Edgard Cotton en una silla de ruedas. Yara capto el mensaje que le enviaba mi protagonista, iniciándose así una relación que iba a durar toda la vida.
Salvador Bueno, a quien no conocía, escribió una reseña excelente, donde dijo maravillas de la obra, e incluyó unas breves líneas sobre mi persona. Fue muy generoso. Todavía la conservo, y en los momentos de las peores pateaduras la leo, para darme ánimo: “Después de la representación conocimos a Matías Montes Huidobro. Serio, ensimismado, digno ante la glosa fugaz de su obra, concentrado en sus palabras y sus temas, así nos pareció el joven dramaturgo. No pasa de los veinte años. Sin embargo, qué vislumbre de técnica nueva y certera nos revela su obra. La misma espontaneidad con que están desarrollados los diálogos, la misma frescura que palpita en las tremendas intervenciones del protagonista, hacen comprender por qué el jurado calificador dio el primer premio de este concurso a “Sobre las mismas rocas”. Fue muy generoso y siempre se lo he agradecido. En ese momento ni él ni yo (pienso yo) andábamos enmascarados. Creo que éramos como éramos. Las caretas y las cizañas vendrían después.
Del reparto recuerdo en particular a Julio Riera, de niño, que diez años después haría el papel protagónico de “Los acosados”, ya de joven. Riera era una persona encantadora, de esas que fue aplastada por la maquinaria que desató el proceso revolucionario, y murió en Venezuela. Muchos años después volvimos a encontrarnos en Caracas, donde se sentía francamente destrozado. En la Biblioteca Nacional de ese país llevó a efecto lecturas dramáticas de mis obras y de un fragmento de “Las paraguayas”, que nunca olvidaré. Era una bellísima persona, de apariencia débil y de gran sensibilidad, incapaz de resistir la crueldad del mundo que le había tocado vivir, puro Edgart Cotton. En el estreno, Ramón Ventoso fue Edgar Cotton hombre. También formaron parte del reparto: David Fernández, Armandito Zequeira, Roger Rivera, Josefina Elósegui, Gliceria Soto, Haydee Olivera, Manuel Amor, Orlando Torres y Orlando Tajonera. Me imagino que una gran parte de ellos tomó el camino del exilio.
El estreno tuvo una amplia divulgación en la prensa, con muchas notas que conservo. La más significativa tiene un encabezamiento que dice: “Estrenará Prometeo una obra expresionista”, siendo esta la primera vez que aparezco asociado con el expresionismo, marca de fábrica de una dramaturgia y una estética que hasta nuestros días está caracterizada por la distorsión teatral como reflejo de la distorsión de la conciencia histórica. Aparentemente Morín se puso en el duro, porque al final se indica que el precio de la entrada era un peso (cubano, naturalmente) y que “los pases de favor han sido suprimidos”. Estrenada en la sala de la sociedad Nuestro Tiempo, en “Por amor al arte”, Morín indica que “todo el mundo creyó que mis actores y yo éramos un grupo que ella patrocinaba”, dejando específicamente aclarado que todos los gastos de producción corrieron por cuenta de Prometeo, y que no tuvo otra opción que estrenarla allí a pesar de las limitaciones de la sala. En cuanto a mí, de la filiación marxista de Nuestro Tiempo, no tenía la más remota idea y a mí no me patrocinaba nadie. Con esta obra se inician las actividades teatrales de Nuestro Tiempo, conjuntamente con una exposición de Wilfredo Lam.
En lo que a mí respecta, creo que el montaje quedó estupendamente bien. Yo por lo menos quedé muy complacido y me parece que tuve algunas cuantas ideas muy innovadoras, que no se hacían en el teatro cubano del momento. El protagonista, Edgar Cotton, propone una comunicación cósmica más allá del espacio y el tiempo, entre personajes que viven en realidades distanciadas las unas de las otras. Las parejas que configuran el coro, hablan a su vez con Cotton pero dándole nombres diferentes, desdoblándolo. Cuando se dirigen a él, lo hacen en dirección opuesta a donde Cotton está, para destacar su alienación. Y el final, donde los tres Cotton dan vueltas en el escenario iluminados por una simple linterna, es único, resultado de un feliz acoplamiento escénico entre mi imaginación y la del director. La profesora norteamericana Francesca Colecchia, fue la primera en observar la posición de vanguardia que asumía en la construcción del espacio escénico. Sus investigaciones críticas, y las que yo también he realizado, me permiten afirmar que no se hacía nada parecido en la escena cubana. José Antonio Escarpanter, Jorge Febles, Daniel Zalacaín y Arístides Falcón, han escrito estupendos ensayos sobre la obra, pero ningún director cubano, salvo Morín, ha mostrado la menor intención de volver a llevarla a escena. Posiblemente, salvo algunos cuantos directores que se han interesado en mi dramaturgia, no creo que muchos de ellos se hayan interesado en leerla.
FOTOS CORTESÍA DE MATÍAS MONTES HUIDOBRO PARA WWW.TEATROENMIAMI.COM
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