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Por Luis de la Paz. - Diario Las Américas. 


 
Alejandro Galindo. Foto - Havanafama 

“Para mí no existe otra cosa que el teatro”, dice con orgullo el actor, escenógrafo, escritor, coreógrafo, productor y pintor Alejandro Galindo. Su trayectoria en las tablas es larga y, como siempre ocurre, tuvo que afrontar obstáculos y sentir, a veces, que el teatro se le venía encima. 

Trabajó junto a figuras como Mario Martínez Casado, Antonio Palacios, María Márquez, Miguel de Grandy, María de los Ángeles Santana, Enrique Santiesteban, Violeta Jiménez, Gina Cabrera, Alberto González Rubio, Eduardo Egea, Manolo Villaverde, Mario Martín, Rosita Fornés, y muchos más. Se siente orgulloso de su carrera y su legado. Con él conversamos sobre algunas de sus vivencias. 

1–Usted ha tenido una sólida carrera. Es actor, escenógrafo, pintor y escritor. En realidad convergen en usted muchas facetas. Háblenos un poco de esas experiencias. 

–Mi inquietud por el teatro comienza desde muy niño. Vivía en Guanabacoa y siempre asistía a las funciones de la compañía de Enrique Arredondo. Luego decido estudiar artes dramáticas y me inscribo en la Academia de Pedro Bouquet, en Monte y Prado. Continúo mis estudios y desarrollando técnicas de actuación, dramaturgia, pintura, escenografía, vestuario de época y caracterizaciones. Nunca decía que no a nada. Cualquier proyecto, grande o pequeño, me parecía maravilloso. Poco a poco fui integrándome a diferentes grupos teatrales y televisivos. Toda aquella atmósfera me puso en contacto con grandes artistas de aquellos momentos, que me fueron llevando por el camino que yo quería y anhelaba. Mi búsqueda de nuevas experiencias me llevó a vincularme a diferentes y grupos y talleres, como el Taller Teatral Guernica, con Dumé y el profesor Cabana, junto con Magali Boix, Isaura Mendoza, Carlos Bermúdez, Carlos Gilí, Yolanda Arenas y otros. Al final la vida me fue llevando por los caminos que yo soñaba y que parece era el que Dios me tenía designado. Mi gran pasión siempre ha sido el drama. Disfruté mucho con Adela Escartín, en la obra La llamada fatal, en el Teatro Bellas Artes de La Habana. También con Antonia Rey en La oscuridad al final de la escalera de Tennessee Williams, al igual que en Un tranvía llamado Deseo. 

2.–Sé que escribe cuentos costumbristas y teatro popular, también revistas musicales. Denos detalles de esos cuentos y podría decirnos su opinión sobre la situación actual del género vernáculo. 

–Escribir para mí es como pintar y actuar, una necesidad básica. 

Cuando no hago una cosa, hago la otra. Me da fuerza, vitalidad y muchos deseos de seguir. Como escritor me siento apegado a los temas cubanos, de la misma manera que lo que llevo al lienzo. Durante mucho tiempo he guardado mis cuadros y engavetaba mis obras teatrales y cuentos costumbristas. En estos momentos el teatro vernáculo casi ha desaparecido, pero mucha culpa la tenemos los propios teatristas. Defiendo a carta cabal ese género. Me gusta y lo he desarrollado y siempre con éxitos, no sólo aquí en Miami, ante un público cubano, sino en todos los sitios donde he trabajado. En España lo desarrollé bastante con esa gran actriz cubana Teté Blanco, y con Los Tadeos. A los españoles les encantaba. El teatro del Círculo Cubano de Madrid fue testigo de todas nuestras actuaciones. 

3.–Durante una etapa estuvo al frente del Teatro América, hasta que en medio de una situación irregular pierde el teatro. ¿Qué pasó con Teatro América? 

–Mi relación con el Teatro América se remonta a cuando se llamaba Las Máscaras, con Salvador Ugarte (q.e.p.d) y Alfonso Cremata, que estaban al frente del mismo. En ese tiempo trabajé con ellos esporádicamente. En una reunión de producción les presenté una propuesta y les gustó muchísimo. Estrenamos Con sabor a Cuba. Fue un éxito rotundo, seis largos meses en cartelera y más de ochenta funciones, con un reparto de primera, Yolanda Mustelier, Mercy Torres, Israel Kantor (q.e.p.d), entre otros. Luego se hicieron comedias cortas y revistas musicales. Cuando muere Salvador y luego Israel, se cierra el teatro. Unos meses después reabre en una asociación entre la compañía de Javier Faroní y la mía. Presentaros diferentes comedias de artistas argentinos y se llevó a escena la superproducción El Súper con tremendo elenco: Manolo Coego Jr., Vivian Ruiz, Ana Lidia Méndez y Gerardo Riverón, con otros destacados artistas. Fue una larga temporada, a la que siguió El diario de una prostituta con Javier Ceriani, con un montaje donde no se escatimaron gastos. El éxito nos acompañó siempre. En esos momentos es donde nace Teatro América. Luego Faroni decide apartarse, y en muy buena lid, me quedo al frente del teatro. Preparo nuevos proyectos y me propongo hacer un gran musical. Escribo el guión de Alto voltaje, el espectáculo fue todo un exitazo con Jorge Ovies, Rosa Paseiro, Ana Lidia Méndez, Rigo Palma, Orlando Casín y otros. Luego, con la idea de desarrollar nuevas producciones busco a un socio, al que le alquilo la parte del lobby para una cafetería. Ahí es donde se armó la debacle. Por enredos y situaciones muy desagradables, la cafetería tomó otro rumbo. Me fueron envolviendo sin darme cuenta, y me dieron el “puntillazo”, perdiendo el local. Caí en un hospital más de veinte días, con una operación de hernia provocada por el estrés y la desesperación de perder el teatro. Traté con abogados, gasté lo que tenía y lo que no tenía. Se podría haber recuperado, pero se necesitaba más dinero. Decidí entonces dejarlo en manos de Dios, y empezar una nueva etapa. 

4.–En los últimos años ha estado vinculado a Havanafama Teatro Estudio. ¿Qué ha significado para usted el vínculo con esa sala? 

–Conocí la compañía Havanafama y a su director artístico Juan Roca, cuando llegaron a Miami de Los Ángeles. Trabajé con ellos en varios proyectos en la sala de la calle 6. Cuando Juan tuvo que abandonar el local se fue al Teatro América conmigo. Allí se produjeron varias obras, entre ellas El convento de San Toleto y Las muchachitas de la sagüesera. De pronto viene mi problema, los dos estábamos sin sala. Los nuevos “socios” del Teatro América lo llamaron para ofrecerle el local, pero Juan rechazó la propuesta, diciéndoles que él era mi amigo, y trabajar allí sería traicionarme. Cuando Havanafama reabre en la 10 Avenida del SW, Juan me llama. Me encuentro una nave fea, vieja y mugrienta. Mis cinco sentidos y los otros que no conozco se me alborotaron. Vi un hermoso oasis en medio del desolador desierto donde me encontraba. A partir de ahí hemos luchado a brazo partido por echar pa’lante Havanafama. Hoy es un sitio encantador y mágico, como dicen todos cuando lo ven y lo disfrutan. Es maravilloso encontrar un lugar donde todos los artistas famosos y no famosos, hasta los principiantes, pueden desarrollarse y expresarse. Los dos años que llevo en Havanafama me han servido de mucho, me sacaron del hueco en el que había caído. 

5.–Usted es un trabajador incansable. ¿Cuáles son sus próximos proyectos? 

–Para finales de este año, y principio del 12, pienso sacar a la luz pública varias obras dramáticas mías. ¡Ya es hora! Hace años que gritan desde el baúl en que duermen. Yo tengo la necesidad de que ya salgan. Tengo amigos que conocen mi trabajo y me animan a que lo haga, y lo haré. No puedo hacer otra cosa. Para mí no existe otra cosa que el teatro. Por encima de todo y de todos, contra viento y marea, enemigos conocidos y ocultos, el teatro es mi madre, mi padre y mi mejor amante. 
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Publicado en agosto 27 de 2011.

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