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En la picota de Bernhard
JOAN-ANTON BENACH

De ser entre nosotros y hasta 1988 un perfecto desconocido, Thomas Bernhard (1931-1989) se ha convertido en uno de los dramaturgos europeos contemporáneos más representados en Barcelona. “A la meta”, “El sopar”, “Abans de la jubilació”, “La força del costum”, “El malaguanyat”, “La plaça dels Herois”, “Minetti”... son algunas de las obras que se han divulgado aquí en un espacio de tiempo relativamente corto, revelador de una cierta prisa por rescatar de una perezosa indiferencia la voz demoledora del temible austriaco. Y “Mestres antics”, la pieza que acaba de inaugurar la prometedora temporada del Romea, es el más reciente episodio de esa carrera contrarreloj.

Mejor “rentrée” imposible. Con este texto, no escrito en principio para el teatro, el director Xavier Albertí, con el concurso de los tres magníficos Carles Canut, Boris Ruiz y Mingo Ràfols, ha construido un espectáculo sobrio y percutante, cautivador y sin apenas movimiento escénico. Presenciarlo equivale a paladear el triunfo clamoroso de la palabra inteligente y bien dicha, vehiculada por unos personajes convincentes y de una solidez a prueba de los más duros escollos que Bernhard puso en su camino.

La adaptación del relato ha sido acometida también por Albertí, pero ni el programa ni papel ninguno informan del autor de la traducción, un escamoteo poco serio en una empresa que se pretende de alto nivel profesional. Con todo, si se da por supuesto que el responsable de la versión catalana es el propio director, hay que felicitar doblemente a Xavier Albertí. A una puesta en escena impecable, “Mestres antics” añade el excelente tono coloquial y lingüístico que alcanzan los protagonistas de la obra. En cuanto a la adaptación propiamente dicha, quienes conozcan la edición castellana del texto (Alianza Editorial, Madrid 1999) no podrán evitar la resignación derivada de una imprescindible operación reduccionista que deja en hora y media de representación una historia que necesitaría de cuatro a cinco horas para ser contada íntegramente.

Xavier Albertí optó por centrar el discurso de Reger (Carles Canut), el personaje principal, en el implacable vapuleo que éste propina a la supuesta cultura “inmanente” de la ciudad de Viena y a la degradación de unos hábitos culturales masificados, paralela a la imparable crisis de identidad que, según Thomas Bernhard, afectaría a todo el país. No es mucho, pero es bastante. La terrible soledad del anciano protagonista, famoso crítico musical de “The Times”, que tres veces por semana practica una larga meditación en una sala del Museo de Arte Antiguo de Viena; la muerte de su esposa –en la que se ha querido ver la desaparición de la mujer que acaparó la vida sentimental de Bernhard–; la burla sardónica en torno a grandes filósofos alemanes; la crítica vitriólica del autor contra sus compatriotas (“un austriaco es siempre un innoble nazi o un católico estúpido”)... son cuestiones abordadas muy tangencialmente en la adaptación de Albertí y en los encuentros de Reger con Atzbacher (Boris Ruiz), un hombre interesado en la procelosa existencia interior de su amigo y en sus furibundas reflexiones. La obra recién estrenada se limita, pues, a las tremendas diatribas que Reger lanza sobre la cultura oficial del país y los historiadores del arte y genios musicales varios, para concluir que, en su noche de asueto, acudirá a una representación (“horrorosa”) de “El càntir trencat” de Kleist (!).

En el viejo Reger están todas las contradicciones del ciudadano austriaco, y en las observaciones sobre la desastrosa higiene de sus compatriotas y la suciedad proverbial de sus retretes, la (casi) invariable dosis de amonal que Bernhard hacía estallar contra su propio país en cada obra suya.

Dirigido por Denis Murlau, “Maîtres anciens”, a cargo del Théâtre Ubu de Quebec, fue un espectáculo estrella en 1996, cuando el cincuentenario del Festival de Aviñón. Un éxito apoteósico. Latía en él un vigor político que no se da en la adaptación catalana, la cual, sin embargo, posee valiosas cualidades, como la de preservar el ritmo musical de muchas frases redundantes que dibujan gran parte de la escritura y la poética de Bernhard y del que se ha llamado “teatro de la nueva subjetividad”.

En él se han instalado con absoluta autoridad los actores del Romea. A la sombra de una escenografía de Joaquim Roy que respira el inconfundible aire mausoleico de un viejo y potente museo, Mingo Ràfols compone la impagable figura de un ujier de albo rostro, conforme con su eterna mediocridad a cambio de su eterna seguridad. Eficaz, malicioso y sabiamente irónico Boris Ruiz, cuyo personaje es el contrapunto de Reger, nombre que Carles Canut deberá escribir en letras de oro en su historial profesional.

Ninguna buena actuación del orondo actor superó con anterioridad su trabajo en “Mestres antics”. Magistral en el gesto, contenido en la expresión, claro y sutil en la dicción, la de Canut es una actuación sencillamente extraordinaria.

Fuente - La Vanguardia
Septiembre - 2003

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