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Cartas teatrales
AMADO DEL PINO
Como de todo un acontecimiento puede
catalogarse la reciente visita de los formidables
artistas Carmen Montejo e Ignacio López Tarso.
El Gran Teatro de La Habana se repletó de un
público incentivado por la larga trayectoria
cinematográfica y televisiva de Carmen y de
Ignacio. Por estos días se divulgó además,
que ella es cubana de nacimiento y formación.
Aquí, cuando todavía se nombraba María
Teresa Sánchez, formó parte de Teatro
Universitario bajo la dirección de Ludwig Shajowics,
ese teatrista austríaco que tanto aportó
a la escena nuestra a partir de la década de
los cuarenta.
Debo confesar que me moví impaciente
cuando me percaté que sobre el escenario de
la sala García Lorca la escenografía
se limitaba a dos sillones rojos, una mesa y un ramo
gigantesco de flores, más propicios para un
homenaje protocolar a los dos invitados mexicanos
que para formar parte de una puesta en escena. Además,
dos atriles que anunciaban que los textos serían
leídos.
Efectivamente, no puede catalogarse
clásicamente de puesta en escena lo que vimos
esa noche de sábado en que agosto comenzaba
a despedirse. No puedo entrar a analizar ni las luces,
ni el movimiento escénico, ni los planos visuales
o la composición. Pero los dos veteranos intérpretes
tenían delante Cartas de amor, una obra del
norteamericano A. R. Gurney que, valiéndose
de una estructura epistolar, logra contar una historia
y, a golpes de sobriedad, adentrarnos en el mundo
de dos personajes distintos y complementarios; alejados
por el azar, pero conectados por poderosas corrientes
de afectividad y empatía. Gurney hilvana con
virtuosismo los saltos en el tiempo y acusa saludable
desenfado a la hora de, sutilmente, evaluar costumbres,
esquemas y convenciones.
Las casi dos horas de lectura transcurrieron
sin que se instalara el fantasma del aburrimiento
que, por cierto, muchas veces desembarca en medio
de un espectáculo exteriormente movido con
un amplio elenco y muchos efectos. Los dos intérpretes
a ratos leen y en otros momentos (sobre todo López
Tarso) fingen leer un texto que dominan de memoria.
Pero son la misma fluidez, el encanto, la precisión.
Él en un tono más de comedia, ella más
interna y dramática. Resultan convincentes
y diáfanas las interrupciones, las miradas,
la complicidad discreta con el público.
Esta visita, con sus cartas de amor
y desamor compartidas en la noche habanera, nos deja,
además, una reflexión sobre la esencia
de lo teatral, la certeza de que con un texto eficaz
y dos grandes actores no se precisa de mucho más.
Claro que la obra de Gurney también podría
iluminarse con un montaje que, sin traicionar su voluntaria
quietud, apelase a otros recursos espectaculares.
Tal vez mañana podamos verla sobre las tablas,
asumida por un director nuestro. Sería un regalo
adicional de este encuentro memorable.
Septiembre
- 2003
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