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Peligro de extinción
del teatro juvenil
Osvaldo Cano
Foto: Jorge Luis Baños ( AIN)
Hace varios meses participé de un jurado que
otorgó la Beca Milanés a un grupo de
teatristas encabezados por José Alexander Paján.
Se trataba de una iniciativa de la Asociación
Hermanos Saíz, encaminada a sacar de la modorra
a los más jóvenes. Los ganadores —bautizados
con el nombre de Origami y convertidos, debido a otras
coyunturas, en un nuevo proyecto del Centro Provincial
de Teatro y Danza de la capital— optaron por
el montaje de Galápago. Es esta una de las
primeras obras de Salvador Lemis
—un producto del Seminario de Dramaturgia del
ISA— que gozó de cierta popularidad en
los 80. La puesta dirigida también por Paján,
luego de trabar contacto con el público en
la sala Covarrubias del Teatro Nacional, se mantendrá
durante una temporada en el Museo de Arte Colonial.
Galápago es una pieza sencilla que aborda
con claridad el tema de la contaminación ambiental,
fustiga el más ramplón pragmatismo y
aboga por la necesidad de cultivar nuestra espiritualidad.
En ella, una tortuga anciana le pide a su nieto que
busque tres cosas imposibles. Tal reto lleva al joven
quelonio a recorrer el mundo e iniciar un enjundioso
proceso de aprendizaje. La aventura del protagonista
deviene algo así como una ordalía; o
sea, una prueba que forjará su carácter
y mediante la cual accederá a un nuevo conocimiento.
Estructurada siguiendo las pautas de las leyendas
o los cuentos populares, Galápago consigue
una cercanía inmediata con el espectador. Identificación
con el héroe positivo y censura a posturas
negativas son dos mecanismos activados tanto por el
texto como por el espectáculo. Origami realizó
una relectura de la pieza que los llevó por
el camino de la actualización e introdujo algunos
cambios a la trama. Andrés González
Melo, quien se encargó del trabajo dramatúrgico,
consiguió imprimirle un mayor dramatismo y
enfatizar las verdades que sostiene Galápago,
gracias, en buena medida, a los ajustes realizados.
El montaje sostuvo todo el tiempo el aire cándido
y sincero que emana del texto. Fue capaz de proyectar
una imagen juvenil, lo cual (para nadie es un secreto)
constituye una imperdonable carencia en nuestra escena.
Dicha imagen la construyó a partir de la música,
las coreografías, el desempeño de los
actores y el tono desenfadado que prima en todo momento.
Estos que son sus mayores méritos, acarrean
sus defectos más palpables. Resulta que la
trama es cortada, una y otra vez, para intercalar
las coreografías. Esto si bien es cierto que
le imprime un aire vodevilesco y permite crear el
tono desenfadado y juvenil del cual hablaba, paraliza
la acción y disminuye las tensiones. Galápago
no está estructurada como una comedia musical,
género cuyo discurso se organiza de modo similar
a los dientes de una sierra. Es decir, su propósito
es hacer simultanear la trama con el canto y el baile.
Es por eso que al interponérsele al texto aquello
que le es ajeno se nota el implante.
No obstante, Paján alcanza establecer una
atmósfera enrarecida y futurista que advierte
de un evitable apocalipsis ambiental. Al mismo tiempo,
utiliza muy bien el espacio, selecciona una obra con
apreciables valores y evidencia un buen sentido del
espectáculo.
A conseguir ese ambiente ralo ayudó notablemente
el diseño de luces de Saskia Cruz. La banda
sonora de Delvys Fernández y Paján dotó
al espectáculo de un activo mecanismo comunicativo
y resaltó la alegría y el desenfado
que devienen piedra de ángulo del mismo. Otro
tanto ocurre con las coreografías de Fredy
Viña, quien organizó y dimanizó
el juego de los actores. La escenografía de
Carmen Garcés y Ricardo Castillo fue capaz
de sugerir el entorno carcomido y decadente donde
se desarrollan los acontecimientos.
El elenco, cuyo desempeño es coherente y bastante
parejo, labora con frescura y da muestra de poseer
un buen entrenamiento. En el orden individual, Iyaima
Martínez consigue uno de los mejores momentos
cuando asume el Cartel, amén de que resuelve
sin dificultades las tareas del resto de sus papeles.
Yamil Cuéllar logra transmitir la imagen del
inocente y deslumbrado protagonista con satisfactorias
dosis de ingenuidad. Lissa Rodríguez singulariza
los diferentes roles que encarna a partir del trabajo
corporal y de la voz; mientras que Delvys Fernández
resulta un buen antagonista, pues supo hallarles aristas
caracterizadoras a sus personajes.
Con esta propuesta emerge un nuevo grupo y lo hace
con buen pie. Oportuno sería que elaboraran
cuestiones urgentes como la sexualidad, la incorporación
al trabajo, los conflictos con los mayores... Ojalá
que la AHS continúe aupando a los más
jóvenes y que temas como estos encuentren un
sitio en las tablas. Conste que no lo digo por hacerles
un cumplido, sino porque —como las criaturas
de la ficción— el teatro juvenil es,
entre nosotros, una especie en peligro de extinción.
Noviembre
- 2003
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