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Hay un Carlos Díaz
y su Teatro El público que vuelve a impactarnos
una vez más con su más reciente estreno:
Ícaros.
Roberto Gacio Suárez
Fotos- Pepe Murrieta
| A partir de su propia
idea convertida en inteligente texto por el poeta
y dramaturgo Norge Espinosa, fundamentado en los
avatares de los mitos famosos como son la historia
del rey Minos, su hija Ariadna, Dédalo,
inventor de unas alas para salir del laberinto
donde se ocultaba el monstruoso Minotauro, y la
multiplicación de Ícaros trasmutados
en personajes de los tradicionales cuentos y tiras
infantiles, se consigue un espectáculo
deslumbrante, polisémico por su capacidad
para inquietarnos. |
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Siempre he pensado que Díaz es un fabulador
y ejecutante de sueños. Cuando yo era niño
y pensaba en el cine o en el teatro, lo imaginaba
como ese mágico espacio que desde hace más
de una década Carlos nos devuelve. Quiero decir,
una caja de enorme belleza y factura, desde la cual
toda una serie de prodigios corporizados nos atrapan
para hacernos vivir en otra dimensión el reino
otro del arte.
Ícaros en sus códigos textuales aborda
las diferencias generacionales de la familia cubana
-valen las críticas y los referentes a las
situaciones dramáticas de las obras de Virgilio
Piñera- y los extensos vericuetos del laberinto
del ser humano siempre insatisfecho, deseando elevarse
poro encima de contingencias y cotidianidades, aunque
corra el peligro de quemar sus alas.
En cuanto a la puesta en escena, Díaz sitúa
muy altas las cotas de la dirección teatral
en nuestro país, ya que consigue un entramado
de fastuosa visualidad, por la composición
misma de las diferentes secuencias. Recordaré
la escena de la navidad, cita que proviene de su famosa
trilogía de teatro norteamericano, o la de
los personajes infantiles en patines, los giros de
la acción en cuanto a la caperucita y el lobo,
o el virtuoso monólogo de su abuela, y también
el diálogo encarnado con verosimilitud entre
Pinocho y la anciana Caperucita.
El diseño escenográfico de Alan Ortiz
crea un espacio mítico para la acción
que permite a los espectadores penetrar en ese laberinto.
El vestuario imaginado por Vladimir Cuenca y confeccionado
con excelencia por varios modistas compite con sus
diseños anteriores y lo eleva un tanto más
a la cima de esta especialidad teatral, por su creatividad,
uso del color, fidelidad a la época y a la
vez trasgresión para contemporizar hechos y
figuras.
Las luces a cargo de Manolo Garriga descubren, subrayan,
crean ámbitos dramáticos que se expanden
y concentran con agudeza e ingenio.
El elenco, casi en términos generales, logra
homogenizarse, a pesar de sus diferentes procedencias,
niveles de formación y experiencias personales.
Se destacan por su versatilidad Yailene Sierra; el
Minos de Osvaldo Doimeadiós por su concentración
expresiva; la abuela
-imagen y voz- logrados por Pablo Guevara. Y en los
Ícaros resaltan Georbis Martínez, preciso
en sus movimientos y en la proyección de su
monólogo, y el humor inteligente y los cambios
psicológicos de Caperucita, a cargo de Luis
Mario Alonso.
En fin, Ícaros comienza ahora su tránsito
escénico y en ese viaje seguramente sufrirá
transformaciones que harán aún más
rutilante y significativo su paso por nuestras tablas.
Fotos- Pepe Murrieta
Noviembre
- 2003
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