|
Un muy incierto
paraíso
J.-A. B.
Es una obra de
situaciones que obliga a reflexionar sobre los valores
y los modelos de conducta establecidos
No tienen la refinada maldad de las criaturitas “terribles”
de Cocteau ni son los demoniacos “Chicos del
maíz” de Stephen King. Los niños
y niñas que el británico Dennis Potter
(1935-1994) reunió en “A blue remembered
hills” (Aquells blaus turons) son, más
o menos, como los que han habitado los barrios y las
afueras pueblerinas de cualquier geografía
europea antes de producirse la implacable tiranía
televisiva y la invasión de los marcianitos
de Nintendo. Es decir, son niños que compiten
entre sí, que se insultan y se atacan, que
juegan a papás y mamás, que lo mismo
pactan noviazgos que repudian con saña al amor
de su vida...
AQUELLS
BLAUS TURONS
Autor: Denis Potter
Intérpretes: Miquel Agell, Ivan Campillo,
Lidia Linuesa, Laura Sancho, Adrià González,
Màrius Hernández y Ferran Castells
Directora: Teresa Devant
Estreno: Artenbrut (11/V/2003) |
Desde luego, se muestran muy crueles
con los animales y sus belicosas tendencias se
ven alentadas por la auténtica guerra que
se libra muy cerca de sus dominios. En efecto,
la acción de “Aquells blaus turons”
frase de un poema de Housman transcurre
en 1943, en plena Guerra Mundial, en los bosques
contiguos a un pueblo del sudoeste de Inglaterra.
Desde este lugar, se ve con frecuencia el vuelo
de los cazas, y de un campo de prisioneros aliado
puede llegar el sonido de una sirena que presagia
cosas muy graves. Justamente, tras una de estas
incidencias, los pequeños protagonistas
imaginan la fuga de un recluso, y la posibilidad
de que éste aparezca entre ellos les llena
de pavor y liquida todas sus bravatas. |
Esto ocurre minutos antes de que la
tragedia derivada de uno de sus juegos les deje literalmente
paralizados. No hay que ser incauto: son siempre unos
recuerdos equívocos los que tejen la blanca
túnica de la felicidad con la que pretenden
vestir su infancia las existencias afortunadas. Entre
risas y gritos, los niños sienten cualquier
nimiedad ingrata como un drama tremendo.
“Aquells blaus turons”
es una obra de situaciones, huérfana de cualquier
discurso moral. Sus peripecias e imágenes obligan,
simplemente, a reflexionar sobre los valores y los
modelos de conducta socialmente establecidos. Y las
conclusiones, por supuesto, no son muy alentadoras.
“El niño es el padre del hombre”,
dice Potter, y la infancia y la madurez se alimentan
mutuamente de mimetismos perversos. Seguramente, “Aquells
blaus turons” no puede levantar grandes pasiones.
Con todo, su ejecución tiene aspectos destacables.
Por fortuna, el autor no quiso que su texto lo representaran
actores infantiles. El trabajo primordial de Teresa
Devant, directora del singular espectáculo,
ha consistido en reclutar a siete intérpretes
adultos y conducir unos ejercicios imitativos resueltamente
verosímiles, que poco a poco provocan el máximo
interés en el espectador. Unos “falsos”
infantes que Devant ha dirigido con sensibilidad y
autoridad. La carga de barbarismos que contiene la
traducción puede sorprender si no se tiene
en cuenta que el autor en su niñez hablaba
un inglés poblado de adherencias gaélicas.
Las palabras intrusas son aquí sonoros castellanismos.
Fuente:
La Vanguardia
Mayo 2003
|