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El fervor
de la natilla
por Carlos Díaz
| Comenzaré confesando que
nunca esperé la acogida que hasta hoy,
luego de más de cien funciones de La Celestina
en La habana y otras provincias, la obra ha tenido.
Al principio fue un encargo, pensé que
estaría en cartelera sólo dos noches.
Lo asumí con esa idea. Uno nunca sabe dónde
está el éxito. Lo que llevó
la puesta a un centenar de representaciones fue
el interés del público, gentes de
teatro e incluso otros que nunca habían
puesto un pie en una sala. Es importante destacar
esto: el éxito se debe, sobre todo, al
público. A menudo se hacen otras que cuestan
muchas horas de ensayo, trabajo intelectual, y
se ponen tres veces. Trato de aprovechar la oportunidad
que brinda nuestra sede del Trianón. |
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Ahora bien: mantener temporadas tan
largas supone algunas rarezas, como es la de cruzar
y simultanear elencos. Nuestra programación
es inestable, los montajes mueren muy pronto, por
eso los mismos actores desempeñan durante toda
una temporada los mismos roles. Por la extensa temporada
de La Celestina han pasado muchos rostros y eso ha
sido riquísimo para el proceso. Cada noche
se verifica la posibilidad de conocer de nuevo al
autor, de descubrir otras aristas del cuento o de
todos los días. Porque los días cambian
y la escena no es estática. Por tanto, los
actores tienen un margen para incorporar, para infiltrar
elementos de esa existencia cotidiana. Ese margen
es lícito, es dúctil, no puede devenir
convención. Además, pienso en el público
que tiene al teatro como parte y no como toda la vida:
un ángulo de la historia le debe ser especialmente
cercano.
Alguien me ha preguntado cómo
pueden convivir en mí dos maneras tan diferentes
de hacer como la que dio vida a La gaviota, y la que
hoy se aprecia con La Celestina. Yo no me lo explico.
He entregado mucho en ambas. No he partido del cuestionamiento
de un futuro éxito. Para mí La gaviota
tuvo muchísimo, como también Las brujas
de Salem o Escuadra hacia la muerte. En materia de
arte, como en materia de destinos, uno nunca puede
predecir qué pasará cono lo que crea,
menos en el teatro, del cual perdura un testimonio
efímero. Se trabajó con mucho amor en
Chéjov y con mucho en Fernando de Rojas. Lo
que sí es un hecho es que el amplio público
rompe las puertas para ver La Celestina; no así
La gaviota.
Regreso a los actores. Yo tengo un
criterio muy mío, y no es frívolo ni
superficial. Estoy orgulloso de haber trabajo con
los mejores actores de este país, de todo tipo,
de diversos mundos. Pero no creo que sea del todo
justo que un actor de carrera interprete un gran papel,
cuando un muchacho recién graduado tiene las
condiciones para hacerlo. Hay que cuidar el talento
de los jóvenes, no dejarlos como por orden
haciendo coro, Viejo 1 o Mujer que pasa por el fondo.
Si tienen fuerza que que permitirles el salto de la
escuela a la escena, para que se forjen poco a poco
sus momentos, para que crezcan en vivencias, en capacidad
de motivarse y motivar al espectador. Se corre el
riesgo, sino, de que pase el tiempo y se les vayan
los papeles, por la edad, por el físico: son
como deudas que el director salda y aspira a que sus
actores salden también. En Teatro El Público
he cuidado mucho al actor, que es tan importante como
el traje que se pone o la cúpula sobre la que
lanza un monólogo. O no: es más importante,
por su carga sensible.
Ha causado estupor la introducción
de los temas de Habana Abierta hacia el final de La
Celestina. Tiene que ver esto con mi costumbre de
hacer guiños dentro del espectáculo,
la libertad en los actores a la que ahorita me referí.
O guiños y manipulaciones desde la escenografía.
La banda sonora es un elemento activo del lenguaje
escénico. Curiosamente, La Celestina es una
obra española y se pone aquí, y los
Habana Abierta son de aquí y están en
España, junto a su natilla, que sí es
de todos. Hay ironías muy particulares: tiene
que ver con la ruptura del canon y del género,
con la apropiación de lo tragicómico
y los resortes con que ello se aborda en la actualidad.
Nunca quisimos contar una historia ya escrita, sino
una fábula a la que le ha pasado el tiempo.
Porque la gente sigue amando, gozando, auque en otras
circunstancias. Por eso es bueno remover continuamente
las circunstancias, y es lo que hice en esta ocasión.
Aclaro: este proyecto se hizo a muchas manos y no
quiero que la culpa de La Celestina caiga sólo
sobre mí.
Un último tema: los desnudos
en el escenario. No se puede hacer El público
de Lorca, y menos dar el nombre de esta pieza a una
compañía, si se piensa que hay cosas
que ocultar. Lo mejor de Cuba es que la gente anda
en cueros en la calle. Nadie se preocupa del desnudo
y el descaro que hay en las calles. Entonces, ¿alguien
va a criticar el que está sobre el escenario?
El que viene a eso no sabe quitarse la ropa.
Si me preguntaran qué teatro
he hecho, de acuerdo con el que tenía que hacer,
respondería simplemente: He hecho el mío,
el que me tocó.
Fuente:
Revista TABLAS
Mayo
2003
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