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TARTUFO: VIGENCIA
DE UN TÍTULO
Zoila Sablón| La Habana
Este
Tartufo que nos entrega hoy Teatro Estudio está
transido por la mirada de lo contemporáneo
desde una visión muy sutil: desde el
actor. No hay relecturas esenciales en el montaje
en los diversos niveles del discurso escénico.
Más allá de lo supuestamente conocido,
Tartufo adquiere una vitalidad, he ahí
su principal puente con la realidad, a partir
de la apropiación que de los personajes
han hecho sus intérpretes.
Esta nueva versión de
Tartufo, de Molière por Teatro Estudio,
bajo la dirección de su fundadora Raquel
Revuelta, tiene en sí misma múltiples
resonancias. La primera de ellas es que llega
en el aniversario 45 de |
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ese grupo fomentador de la vanguardia
cubana; y segundo, que inaugura la pequeña y
acogedora sala Adolfo Llauradó, un espacio que
puede ser vital en el circuito teatral de los habaneros.
Tartufo (1667) es, a pesar de su vitalidad,
una pieza que ha tocado escena cubana como muy poca.
En su mayoría las versiones, muy adulteradas,
del original más allá de retomar las
esencias de ese gran texto del clasicismo francés,
han navegado en aguas muy superficiales.
Teatro Estudio ha dado un paso firme
esta vez. Si bien Molière, en el prefacio de
su primera edición en 1669, advierte de las
presiones y acosos que sufrió cuando escribe
“He aquí una comedia que ha hecho mucho
ruido, que ha sido combatida largo tiempo (…)”,
hoy día Tartufo sigue teniendo zonas de ambivalencias
en el campo de lo religioso y del poder. Este Tartufo
que nos entrega hoy Teatro Estudio está transido
por la mirada de lo contemporáneo desde una
visión muy sutil: desde el actor. No hay relecturas
esenciales en el montaje en los diversos niveles del
discurso escénico. Más allá de
lo supuestamente conocido, Tartufo adquiere una vitalidad,
he ahí su principal puente con la realidad,
a partir de la apropiación que de los personajes
han hecho sus intérpretes.
La obra tiende a explorar la caracterización
de los personajes. No se expone ninguna tesis evidente
que involucre una lectura de la obra hacia un contexto
social determinado. Para Teatro Estudio, Tartufo toma
cuerpo en la gestualidad y la proxemia, en el sistema
de relaciones que se establece entre los actores y
su punto de vista con respecto a la historia. Hay
dos personajes que a mi juicio enfatizan lo anterior:
Orgón y Dorina. Orgón, desde el poder,
y Dorina, desde el pueblo. Estas antípodas
van a mezclarse, a alterarse, a subvertirse. Este
antagonismo, aparece en el original de Molière,
quizás sin estar profundamente consciente del
sentido de tal planteamiento, (debemos apuntar también
que cada defensa que hacía Molière de
su texto, se basaba en las protestas de la propia
iglesia y de los beatos, muchos de ellos identificados
con Tartufo, nunca hace alusión a la verdad
de Dorina, quien es el único personaje que
se enfrenta a Orgón hasta las últimas
consecuencias. Damis debe irse de la casa, pero no
aparece hasta la escena final en que viene a ayudar
a su padre.). Las escenas entre Orgón y Dorina,
ya clásicas dentro del teatro, son recreadas,
dilatadas por la relación entre ambos personajes.
Los silencios, las extensas pausas, la gestualidad
de un cuerpo total, las máscaras de los dos
personajes, y sobre todo, la reacción que se
produce a nivel de la energía de ambos actores
durante esos encuentros, le otorgan vitalidad y una
dinámica más jugosa a la pieza.
Como todo clásico, Tartufo
más allá de celebraciones, es una pieza
que nos mira desde el presente. Casi siempre al acercarse
a un clásico, hay una especie de tour de force
que hace evidente esa postura contemporánea,
contextual. La escena nacional ha demostrado en ocasiones
tener grandes aciertos en este sentido, otras, hemos
asistido a la revelación de un busto, a una
galería de piezas muertas. Sin embargo, Teatro
Estudio “soluciona” ese conflicto de una
manera casi naif. Mario Aguirre-Tartufo en la escena
final llega al escenario desde la platea, vestido
con un pulóver donde puede leerse www.tartufo.com
y alardea al decir “esa no es mi historia”.
Tartufo, con aciertos y desaciertos,
es una obra que está viva, hecha desde la vitalidad,
desde la ironía también. No hay complacencias
con el texto, no hay moldes forzados. Nos obliga a
pensar la asunción de un clásico desde
otra arista, desde otros matices, también válidos.
No todo en Tartufo, de Teatro Estudio está
bien resuelto. Es lamentable a veces la actuación
de los más jóvenes del elenco y cierta
desmesura humorística que raya con la caricatura.
Lo que puede ser la mayor virtud del montaje, también
es su trampa.
Tartufo nos trae otras reminiscencias.
Ver en escena más de dos generaciones de actores
de un grupo, es algo poco habitual en nuestro teatro.
Mario Aguirre, Alina Rodríguez, Verónica
López, y Ullyk Anello conforman un arco que
ha estado tensado durante muchos años por el
desencuentro y la discontinuidad. Hoy Teatro Estudio
tiene una sede, que es, sin duda, un sitio privilegiado
en el eje teatral de La Habana. Solo esperamos nuevos
títulos que involucren públicos habituales
y nuevos.
Fotos:
Pepe Murrieta,
CNIAE
Marzo 2003
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