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Los ángeles malditos
por Esther Suárez Durán

El examen de la puesta en escena, para hablar en términos teatrales, de la política editorial de los últimos treinta años -léase el balance por géneros de los títulos publicados- reclama realizar algunas consideraciones en torno a la circulación del texto dramático en tanto producto literario, sobre todo porque el asunto trasciende la práctica de una u otra institución editorial.

Al parecer el tema de la distribución genérica no resulta objeto frecuente de análisis en el ámbito del libro, dada la dificultad manifiesta para poder reunir la información necesaria a los fines del presente artículo. Sirva esto como dato inicial para la reflexión.

La mayor parte de las casas editoras consultadas, al igual que la Cámara del Libro, cuentan con el registro de los títulos, identificados en cada caso según sus características genéricas, pero no con las cifras globales y, por tanto, mucho menos con la agrupación porcentual que permitiría una eficaz lectura comparativa.

No obstante, gracias a la cooperación de directivos y especialistas, ha sido posible comprobar que la producción textual de nuestros dramaturgos representa uno de los volúmenes más bajos en la edición de libros realizada a lo largo de todos estos años, comportamiento que se extiende a las editoras provinciales surgidas durante la pasada década.

Que la literatura dramática es un producto en última instancia destinado a los escenarios y, por tanto, a un disfrute audiovisual como parte integrante del texto espectacular, es verdad ya felizmente reconocida. Quienes durante años se han especializado en ese extendido deporte nacional del agarre del rábano por las hojas prontamente derivan de ello la nefasta conclusión de que el Teatro es algo para ver y no para leer.

Como quiera que la teoría literaria en boga continúa considerando los textos teatrales como productos genéricos literarios, y como tal se tratan en los actuales programas de Literatura en todos los niveles del sistema educacional, del texto se espera el cumplimiento de determinados cánones estéticos en tal sentido, a la vez que la teatrología se afana por encontrar en él una elevada dosis de esa inefable sustancia que es la teatralidad. Ello pesa sobre los autores que escribimos para el teatro como una maldición.

En términos prácticos, tal circunstancia, en lugar de reportarnos la ventaja de la ubicuidad en el universo de las expresiones artísticas, nos coloca de modo constante en ociosas encrucijadas; cada cierto tiempo se nos pretende excomulgar de las comunidades o gremios literarios y, de modo más o menos sistemático, se cuestiona nuestro acceso al mundo del Libro, mientras determinadas tendencias teatrales de moda, en lucha contra el logocentrismo, preconizan la desaparición de la profesión de dramaturgo y diluyen su quehacer en el resto de los integrantes del equipo creador.

En ayuda del proceso excomulgatorio colaboran también los argumentos del mercado, es entonces cuando se habla en términos de demanda. Pero se hace caso omiso del otro elemento que la mejor teoría económica nos ha enseñado como par ineludible de esta relación: la producción. No es dado hablar de niveles de demanda sin tomar en consideración los niveles de producción. Como ha quedado dicho en los textos clásicos es la producción la que crea un objeto para el sujeto, la que inicia la posibilidad del consumo. La presencia del objeto inicia la construcción de su sujeto.

Cierto es que la literatura dramática presenta al lector una estructura diferente a la de la narrativa –sin dudas el género más frecuentado— y perspectivas diferentes de recepción. Ello demanda del lector poco o nada entrenado una adecuación. Tal vez solicite también una participación más activa, en la medida en que las didascalias —cada vez más escuetas- que incluye su cuerpo textual no alcanzan el nivel descriptivo de aquélla, a la par que aluden a la presencia del resto de los lenguajes que intervienen en la previsible puesta en escena. Sin embargo, los nuevos modelos de la narrativa y la lírica más contemporánea también presuponen un mayor compromiso en la reconstrucción que deberán hacer sus receptores, en cuyas estructuraciones concomitan la intertextualidad premeditada y la apropiación de los recursos propios de otros géneros, entre ellos el dramático.

En el texto teatral colabora la materia lírica; no podría ser de otro modo dada la obligada síntesis y el carácter de palabra dicha para ser oída. Como poeta dramático fue reconocido Shakespeare, junto a Lope, Tirso y Calderón, para traer a colación a tres grandes de la lengua española. En nuestra breve geografía se alza la maestría dramática de Luaces, Milanés, y la obra teatral de la Avellaneda, en prosa o en verso. Y más acá, la savia nutricia de la poesía conforma la estremecedora belleza de los mejores textos de Piñera, Estorino, Triana, Milián, Hernández Espinosa, Estévez, Montero y también de nuestra sempiterna Dora, de Fernández Santana, Fulleda León, Norge Espinosa, entre otros.

Si difícil es leer teatro, difícil es también leer la narrativa o la poesía actual, entre otras cosas porque el arte no pretende ser fácil. Los caminos del disfrute masivo de la experiencia artística no transitan desde luego por la descomplejización de sus productos, lo que significaría el abandono de sus códigos propios y la pérdida de su naturaleza, sino por la educación de sus receptores.

La circulación del texto teatral en calidad de producto literario realiza una serie de importantes funciones: colabora en la educación del futuro público del Teatro; promueve este arte allí donde no existen agrupaciones teatrales; difunde las obras entre los propios hacedores del arte teatral y posibilita con ello su arribo a los escenarios; documenta la memoria de esta expresión artística de efímera naturaleza; facilita los textos imprescindibles para el trabajo de las agrupaciones aficionadas; interviene en el establecimiento de una jerarquización de calidades. Entre todas ellas tiene especial relevancia su papel en la educación. Es inestimable cuánto puede hacer el Teatro en la socialización de los niños y adolescentes en el marco que propician los procesos docente-educativos.

Si la literatura dramática tiene poca demanda, además de los argumentos ya expuestos, es preciso examinar otros factores. A la formación de lectores se suma la divulgación de los títulos, actividad ésta de insuficiente gestión aún en las circunstancias de privilegio en que se desarrolla actualmente lo cultural en la vida social. Al respecto basta citar la escasa trascendencia que en los últimos años consiguen las convocatorias de los concursos literarios, así como los resultados del trabajo de sus jurados, en los cuales, en el caso específico de la literatura dramática, en ocasiones intervienen individuos cuyos méritos no compiten en este rango o cuyo desconocimiento de las nuevas poéticas al uso resulta notable.

Luego, en lo relativo a los autores y títulos que se publican, habría que hablar de la contaminación del mundo editorial por la democracia doméstica cotidiana traducida al concepto del te toca..., mediante el cual se pretende hacer un indiscriminado reparto de panes y peces entre un numeroso gremio de pretendidos autores literarios, que pierde de vista de nuevo el ordenamiento de las calidades y que trastorna cualquier política coherente de formación del gusto artístico.

Entre lo publicado es notoria la insuficiente cantidad de obras para la adolescencia y las primeras edades. Igualmente se destaca la ausencia de la mejor producción dramática de otras zonas del mundo.

Los estudios de público realizados en el ámbito teatral muestran un escaso índice de maestros en la estructura profesional de las audiencias. Me pregunto si acaso ocurra lo mismo con nuestros profesionales del libro. Porque no se ama lo que no se conoce y mal se defiende lo que no se disfruta.

Existe una distancia insalvada entre nuestros dos mundos: el del teatro y el del libro, que incluye a las instancias administrativas. Entre ellos cabalga el escritor de teatro.

No van dirigidas estas disquisiciones, sobre tema tan esencial como el acceso de los públicos a la obra artística, solamente a los editores; ellos, profesionales generosos, sensibles, e insuficientemente reconocidos son los primeros receptores de nuestro quehacer, cocreadores indispensables de nuestros libros. Se dirigen, fundamentalmente, a todas las estructuras que contribuyen a enajenar a nuestras casas editoras de sus productos, de su relación con los públicos, y que, como consecuencia, también obstaculizan las relaciones entre las editoriales y sus autores.

Como bien se sabe, lejos estamos los artistas de poseer una naturaleza divina. Posiblemente con la parte demoníaca que nos haya tocado en suerte logramos la zona más esplendente de nuestra obra aunque, al final público y crítica opinen que danzamos, pintamos, cantamos, actuamos y escribimos como los ángeles. Mal nos quedaría entonces el papel de víctimas propiciatorias, puesto que también nosotros nos hallamos íntimamente comprometidos con los temas medulares en los cuales se hace ineludible intervenir.

El refranero es pródigo en lo tocante al tema de la esperanza. Así reza una sentencia popular: la esperanza es lo último que se pierde. A tenor con ello los dramaturgos hacemos uso hoy, una vez más, de este otro espacio tribunicio, con los argumentos tantas veces dichos, volviendo a la carga contra el Leviatán de la superficialidad y la ignorancia, pero sépase que también tenemos otras buenas cosas por hacer; tenemos, sobre todo, nuestros textos, que construimos y reconstruimos con rigor y pasión teatral y, pésele a quien le pese, literaria.

Fuente: CNIAE
Marzo 2003

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