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Atra Bilis, una verdadera delicia castiza
NORMA NIURKA
Especial/El Nuevo Herald

La modestia de la producción no esconde el encanto de la pieza ni la maestría de los actores en Atra Bilis, de la compañía Micomicón, de Madrid, que inauguró el viernes --a teatro lleno-- el XVIII Festival Internacional de Teatro Hispano. Laila Ripoll, autora y directora de la obra, nos invita a un lúgubre funeral de aldea española donde se desenreda una madeja guardada por años en los rincones de un caserón del campo cerrado a cal y canto.

Como escenografía, sólo ha necesitado una enorme puerta de madera con cerrojo, a espaldas de estos excelentes actores en sus sillas y sillones, para situarnos adentro de la estancia donde tres hermanas y la sirvienta confrontan sucesos de sus desperdiciadas vidas frente al ataúd donde reposa el fallecido esposo de una de ellas. Un hombre del que nunca veremos el rostro, pero que conoceremos por la repercusión de sus acciones en épocas pasadas. Sólo que las cuatro mujeres son representadas por actores, con tanta veracidad y sin el menor asomo caricaturesco, que en muy pocas ocasiones recordamos su sexo. Los intérpretes se valen de su técnica para crear personajes arrancados del más rancio teatro español.

En Atra Bilis (del latín atra que significa negra; y bilis, cólera), subtitulada ''cuando estemos más tranquilas'', la autora utiliza con inteligencia un diálogo extraído literalmente del lenguaje popular y el refranero español, que los intérpretes reproducen con gracia estupenda. La repetición de palabras y frases, los cantos y recitaciones, aciertan en la descripción de los elementos tradicionales remodelados con ingenio.

Es un teatro sedimentado en Lorca y Valle-Inclan, apoyado en los clásicos, el costumbrismo, el grotesco y el humor negro español, pero con el desenfado de unos teatristas del siglo XXI. Una verdadera delicia castiza.

Los actores que interpretan a las ancianas son jóvenes artistas que realizan un trabajo concienzudo. A ratos son las mujeres resecas, enlutadas, pérfidas y sufridas de Lorca; a ratos, los esperpentos de Valle.

Mariano Llorente interpreta a la viuda que tiraniza la casa a fuerza de su poder económico, Yiyo Alonso es la sometida víctima de la matrona; Marcos León es la hermana que escapó por demencia de una realidad insostenible, a quien llaman 'la nena' y acunan como tal, y José Luis Patiño es la sirvienta que sirvió de esclava toda su vida a la familia.

Las acciones físicas y características que escogen para sus papeles y la interrelación entre los actores nos tiene en vilo por dos horas, encerrados con ellos en esa trampa del velatorio.

Es en esa especie de representación teatral que es el funeral en nuestra cultura, que se hará una ventilación de pugnas, resentimientos, manipulaciones y sucesos que desembocan en la revelación de secretos bien guardados y dan paso a la tragedia --una tragedia socarrona,

claro está.

El sonido resulta un complemento esencial del montaje. Campanas, campanillas, truenos, lluvia y hasta el fuego en los encinares, las cancioncillas tradicionales y los rezos siguen adecuadamente la trama.

Después de las revelaciones y el castigo por trasmano, todo queda como estaba, como si el velatorio hubiese servido de expiación de culpas, aunque fuera de culpas ajenas.

Lástima que Ripoll, una autora que ha mostrado en sus obras preocupaciones válidas por la violencia y el maltrato a mujeres, se haya dejado llevar por su deseo de dar un ''mensaje'' con la monserga que pone en boca de la criada. No hacia falta enfatizar la diferencia de clases y las injusticias sociales pues ya se veía de sobra.

Esto sucede antes del interesante final que parodia la última escena de La casa de Bernarda Alba, de Lorca, con la misma frase de Bernarda dicha por esta viuda prima hermana de la colérica heroína del autor granadino. Con esa pizca de choteo se degusta mejor el trago amargo que toman las atrabiliarias ancianas.

El Nuevo Herald

XVIII FESTIVAL DE
TEATRO HISPANO

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