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Combate contra
una tabarra
JOAN-ANTON BENACH
La directora ha
tenido que luchar contra un texto escrito en 1975,
cuando la situación de la izquierda era mucho
más nítida
Si Edward Bond
(Londres, 1934) no fuera, como se sabe, un autor
tan celoso de sus textos originales, alguien
debería persuadirle de las positivas
ventajas derivadas de un prudente uso de las
tijeras. O del cortar y pegar, que dicen los
informáticos. Aliviado de escenas superfluas,
de farragosas disertaciones, de situaciones
colaterales incomprensibles, el “Lear”
del dramaturgo inglés, en la traducción
de Joan Sellent, ganaría, me parece,
muchos puntos y los 30 años transcurridos
desde su escritura dejarían de ser una
pesada losa para el público mejor dispuesto.
“Lear” ha cerrado
en Montjuïc la tanda de estrenos teatrales
del Grec 2003 y no lo ha hecho de forma especialmente
gloriosa. Después del merecido descanso,
tras dos horas de función ininterrumpida,
las numerosas deserciones registradas en el
anfiteatro delataban una fatiga muy compartida
a causa de una tabarra escénica contra
la cual había luchado con denuedo y no
pocos aciertos la legionaria Carme Portaceli.
En efecto, la prestigiosa directora (“Mein
Kampf”, “Les presidentes”,
“Cara de foc”, “Por menjar-se
ànima”...) no se arredra ante la
complejidad que encierra la manufactura escénica
de muchos textos dramáticos y entiendo
que en esta ocasión se ha querido sacar
la espina del Koltés ( “El retorn
al desert”) mal enfocado que presentó
a principios de temporada en el Lliure. Y en
cierto modo lo ha conseguido, ésta es
la verdad.
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Lástima que el propio texto
le haya impedido coronar con éxito la empresa.
Quienes hemos podido ver por esos mundos bastantes
espectáculos Bond, desearíamos poder
asomarnos al que Patrice Chéreau hizo de “Lear”
en 1975. Sólo para confirmar que un largo cuarto
de siglo es mucho tiempo para la vigencia de un discurso
político nacido de un debate en torno al compromiso
de la izquierda cuando ésta aún tenía
nítidamente definido su campo de batalla. El
derrotado y lúcido “Lear” de Edward
Bond, clama por la destrucción de la muralla
que antaño protegía su reino de los
enemigos. Cordèlia, su hija “espiritual”o
generacional, ya que no biológica, desprecia
el consejo y cree que la libertad sólo se conquista
por medio del enfrentamiento armado. Lear (Lluís
Homar) aboga por la piedad.
Cordèlia (Montse Germán)
por el ajuste de cuentas. Todo ello se plantea al
final de una historia donde la abundante munición
ideológica –y tambien poética–
que usa el autor se combina con el juego de enmendar
la plana al drama de Shakespeare con soluciones grotescas
y una concupiscente fruición. Sólo los
nombres de Cordèlia –que no es aquí,
como digo, la hija predilecta del rey– y de
Cornwall (Francesc Lucchetti), uno de los yernos de
Lear, del reparto del original shakespeariano fueron
respetados por Bond. Además del propio Lear,
claro. Reagan y Goneril, el adulador e hipócrita
tándem fraterno, lo componen para el caso Bodicea
(Gabriela Flores) y Fontanella (Lluïsa Castell),
dos pendones de mucho cuidado: adusta, ambiciosa y
mandona la primera, jocunda, sádica y con una
entrepierna declaradamente inquieta, la segunda. El
autor se divertiría lo suyo dando la réplica
a situaciones recogidas en la leyenda o inventadas
por el clásico.
La ceguera de Gloucester se convierte
en el castigo que sufre Lear y el desespero real ante
la muerte de Cordèlia es ahora un canto encendido
a la “belleza” y “pulcritud”
de las vísceras de Fontanella, después
de que a la hija cachonda, asesinada, se le haya practicado
la autopsia. Carme Portaceli ha sabido puntuar con
decisión la mezcla de farsa y tragedia que
permite la obra. Ha impreso movilidad y alegría
al juego escénico siempre que le ha sido posible
y ha sucumbido, por el contrario, a la opacidad irremediable
de largos tramos del texto.
No ha controlado, creo, la forma y
el sentido de las intervenciones del Actor (David
Bagés), atacado por un frenesí gestual
exacerbado, y se ha mostrado muy condescendiente con
algunas dicciones defectuosas para las que la de Babou
Cham, el carpintero, debiera ser un ejemplo espléndido
y concluyente. Dentro de una notable interpretación
de conjunto, arropada por la estupenda escenografía
de Paco Azorín, merece destacarse la extraordinaria
expresividad de Lluïsa Castell y el gran trabajo
de Lluís Homar, convincente en todas sus intervenciones
y perfecto, sobrecogedor, en el texto final que recita
ante el micrófono.
Fuente
- La Vanguardia
Julio - 2003
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