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Inmolación
JOAN-ANTON BENACH
Gracias a la falta de criterio que
se da en la programación de los solos del Grec,
a Manuel Vicent le ha tocado confirmar públicamente
lo muy sabido, esto es, que un grandísimo escritor
puede ser un malísimo lector “viva voce”.
Vicent ha acudido al Convent de Sant Agustí
para inmolarse ante una nutrida concurrencia mediante
un harakiri literario verdaderamente insólito.
Confuso, perplejo, muy nervioso, confesó, de
entrada, no haber conocido nunca una experiencia similar.
Era como si Jordi Pujol, ahora que tendrá algunos
ratos libres, se presentara ante el Festival Mundial
del Circo para ejecutar desde el trapecio un doble
salto mortal en volandas.
Las piruetas de Vicent se produjeron,
claro está, a ras de cuartillas, persiguiendo
unas comas que huían para aposentarse en un
lugar poco pertinente, haciendo pausas y modulando
cadencias con dificultad –lo que suscitó
varias veces algún aplauso anticipado, muy
molesto–, tropezando sin disimulo posible en
el pedrusco de breves trabalenguas... El atril era
un campo de batalla donde se libraba un combate desigual:
espléndidos cuentos breves, gloriosas columnas,
piezas maestras que destilan la metafísica
laica y sensual, tan peculiar de Vicent, luchaban,
desvalidas, estupefactas, contra los mordiscos y latigazos
que les propinaba su propio creador.
Conviene, sin embargo, no sacar las
cosas de quicio ni de peana. Somos, sin duda, una
auténtica multitud quienes hemos entronizado
en el santoral de nuestras particulares devociones
al valenciano. Y, desde luego, tras la noche del Convent
de Sant Agustí, ninguno de los asistentes a
la extraña sesión hallará motivos
para apearle de ese lugar. En épocas de relativo
sosiego, los ingredientes de su “Inventari de
la meva fe”, por ejemplo –con el inevitable
aceite de oliva tocado de resplandores sublimes–,
Vicent los convierte en materia literaria de muchos
quilates. Y en momentos de grandes crisis, la lúcida
palabra del escritor suele ser muy útil, tonificante
y, si es preciso, conmovedora. Recuerdo que, en su
día, aprendí de memoria algunos párrafos
de su primera columna de “El País”
dedicada al 23-F, escrita mientras los tanques de
Millans del Bosch correteaban por Valencia. Definitiva.
Imaginando anteanoche el color de
“Los membrillos” o el vuelo de las aves
incendiadas que hay en “El arquero”, o
los contornos épicos que ofrece “Alexandria”,
un gran relato escrito en catalán –“en
un català a la meva manera”, dijo Vicent,
es decir, en un formidable valenciano–, imaginando,
digo, toda la poesía que encerraban los materiales
del solo suicida, pensaba que no todos los pecados
de la sesión provenían de una lectura
pública con taras y sin relieves. Ocurre que
hay géneros literarios y periodísticos
en los que el “ruido” de la palabra actúa
contra los efectos beneficiosos de la frase que nos
penetra en silencio, que debe rumiarse lentamente,
como un alimento apetitoso, a la vez que se atiende
a sus rebotes intransferibles por el recinto de la
sensibilidad lectora de cada cual. Es posible que
el ejercicio de Manuel Vicent, inocente y profano
lector en voz alta, no haya sido otra cosa que un
llover sobre mojado perfectamente previsible.
Fuente
- La Vanguardia
Julio
- 2003
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