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Todo
fantasma tiene música
Gaspar Zimerman
Pepe Cibrián
Campoy y Angel Mahler enfrentan un nuevo desafío,
El fantasma de Canterville. Coronan, así,
20 años de trabajo en conjunto.
Faltan ocho días para
el parto: Pepe Cibrián Campoy y Angel
Mahler serán padres otra vez, y el sábado
12 les darán otro hermanito a Calígula,
El jorobado de París, Drácula
y el resto de las criaturas que vienen engendrando
desde hace dos décadas. Su nuevo hijo
es El fantasma de Canterville, un musical basado
en el famoso cuento de Oscar Wilde, un bebé
que ya tiene lista la cuna y los niñeros
que lo atenderán en sus primeros meses:
para que se sienta cómodo, el Teatro
del Globo tomó un aire de castillo y
87 personas se disponen a cuidarlo.
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Hace veinte años que Cibrián
Campoy y Mahler trabajan juntos y hace veinte años
que quieren llevar al escenario alguna creación
de Wilde, desde que en 1984 hicieron un musical sobre
la vida de George Sand, otra figura literaria. Fanático
del escritor irlandés, Cibrián tiene
escrita una obra —no musical— sobre su
vida, pero Drácula metió los colmillos
y El fantasma de Canterville salió a escena
antes. De la mano de Mahler: "En enero estaba
en la puerta del Opera viendo entrar a la gente a
Drácula, y observaba desde adolescentes con
aritos en la nariz hasta abuelas con sus nietos, y
pensé: qué pena perder este público.
Porque Wilde es para un público un poco más
elitista y mucho más comprometido y, si bien
hay que hacer esa obra, este no es el momento. Entonces
le propuse a Pepe que leyera este cuento, porque podía
jugar mucho con el humor".
El vampiro y su éxito arrollador
—desde su estreno, en agosto del 91, lo vieron
alrededor de un millón y medio de personas—
influyeron aún más: de la boletería
draculina manaron los 300 mil pesos que cuesta El
Fantasma..., y de esa obra surgió la idea de
que ésta también tuviera efectos especiales
(a develarse el día del estreno). "La
producción de Drácula fue fantástica
y asombró sobre todo desde lo técnico,
y entonces empecé a pensar qué podíamos
hacer para seguir sorprendiendo. Eso me divirtió
casi tanto como hacer la música. La obra tiene
muy presente al niño que hay dentro del adulto",
se entusiasma Mahler mostrando recovecos de la platea
que envolverán, promete, a los espectadores
dentro de un castillo encantado.
Todo muy lindo, pero no para Pepe
Ci brián. "No me cautivaba —recuerda—
porque no me parecía teatral; es un cuento
corto, no una obra. Estaba desinflado, hasta que un
día, de golpe, me surgió: Wilde critica
el mal gusto de los norteamericanos. Ahí queda
su análisis, que es sobre la estética,
pero para mí había mucho más,
que es lo relacionado a la invasión de un imperio.
Sentí que a través de la obra podía
expresar mi rechazo a eso".
Con esa idea, Cibrián adaptó
el texto original, que cuenta cómo una familia
estadounidense compra la mansión de Canterville,
en Inglaterra, sin importarle que esté habitada
por un fantasma. El espectro intenta asustar a los
intrusos por todos los medios, pero choca contra las
burlas y el pragmatismo de los norteamericanos, que
hasta le sugieren usar un lubricante para engrasar
sus cadenas. La única que no lo maltrata es
Virginia, la quinceañera de la familia. El,
angustiado, le pide que lo ayude a dejar de errar
por este mundo: ella cumple una profecía y
el fantasma descansa en paz. Cibrián agregó
personajes, cambió el final (Virginia se va
al mundo de los fantasmas) y acentuó la crítica
hacia los estadounidenses. Mientras Wilde ironizaba
sobre ese pensar práctico alejado de todo encanto
y tradición, en el escenario del Teatro del
Globo se verá una especie de Tío Sam,
marines, una chica Mc Donald's y hasta un locutor
de la CNN.
"Yo soy antiyanqui —se
enfervoriza— porque soy antiimperialista; en
otra época habría sido anti Ramsés
II, antinapoleónico. Los imperios destruyen
culturas e imponen la suya. En este caso nos llenan
de Mc Donald's, por ejemplo. A mí me aterra,
escucho que en los teatros ahora se dice auditions
y palabras así, en inglés, cuando siempre
se dijeron en castellano. Estos norteamericanos que
compran el castillo representan el poder que nos invade.
Y los fantasmas somos nosotros, que vivimos en ese
mundo mágico que ellos no ven ni entienden.
Cuando vino un director norteamericano a ver Drácula,
obviamente no le impresionó ni la dirección
ni el vestuario, sino la gente. Preguntaba: ¿de
dónde sale toda esta sangre?, se volvió
loco. Y esos son los fantasmas que ellos ignoran,
es mi elenco, es este teatro, es mi profesión".
Al ser tan admirador de Wilde, ¿no
te sentiste un poco sacrílego modificando el
texto original?
El lo habría entendido. Si
hubiésemos sido amigos, hoy me habría
dicho estoy de acuerdo, porque él también
sentía una cultura que se iba perdiendo. Habría
estado muy de acuerdo, porque lo que yo recibí
de sus cuentos es esto, una crítica brutal
desde un lugar muy despiadado, hasta que en carne
propia sufrió el horror de la humanidad, la
máscara, la mentira. Todo está envuelto
en El Fantasma..., todo eso que yo me embebí
de Wilde y de su vida.
En el 95, se hizo un musical de El
Fantasma... en Londres, respetando el cuento original.
¿Hay algún punto de contacto con esa
puesta?
Mirá vos, no sabía.
Yo me abrí a mi libre albedrío, con
esto de que los norteamericanos me caen gordos, no
me gustan, me joden. Por eso, cuando me preguntan
si me gustaría debutar en Broadway, digo que
Dios no lo permita. Eso de que haya un Grammy latino...
¿por qué? Hay un Grammy para los desgraciados,
otro para los blancos.... Es como el Martín
Fierro del Interior: ¿qué, el Interior
es menos? También nosotros somos tontos, no
sólo los yanquis. Algunos dicen los norteamericanos
se han modernizado, ahora entienden. No, no entienden
un carajo. Antes lo hacían más obvio
con Carmen Miranda y ahora lo siguen haciendo con
el Grammy latino. No les importa nada de nada.
Pero el género musical, ¿no
alcanzó su máxima expresión justamente
en Broadway?
Sí, puede ser, puede ser, pero
no inventa ron el género, se han basado en
Strauss, y las operetas, y Doña Francisquita,
y La verbena de la Paloma... Lo que pasa es que ellos
son el poder, chuparon el musical y le han dado una
trascendencia como a Shakespeare. ¿Por qué
nosotros no tenemos igual a Calderón de la
Barca? Pero no lo promocionamos, porque los hispanos
somos unos imbéciles. En cambio, ellos jodieron
toda la vida con Shakespeare y todo el mundo habla
de eso. Es bárbaro, pero también lo
es La vida es sueño. Esto es culpa de la desvalorización
que tenemos de nuestra lengua, de que en los colegios
ahora digan sports y concerts.
En los 90 dijiste que, si se disparaba
el dólar, no se podría hacer más
musical en Argentina...
Y no se hace, no se traen más
obras de afuera. Los estadounidenses piden mucho dinero
por traer los grandes éxitos, y te exigen hacerlos
igual que allá, con seis millones de extras
y 38 decorados. Para ellos, Buenos Aires no es Londres
ni Tokio, aunque para mí sea mejor.
¿Y ustedes cómo hacen?
Como Romay o la gente que hace El
Principito, nos adaptamos a una realidad. Nos contentamos
con vivir, y tenemos la suerte de convocar a mucha
gente. El día que no, volveré a hacerlas
con nada. Pero no les podés decir a los yanquis
"dénme El Fantasma de la Opera que lo
hago con un florero", porque se matan de risa.
Para hacer un musical no hace falta plata, sino ingenio.
Y adaptarse: en Drácula me decían que
había que poner un motor hidráulico
para elevar a un actor. Y yo dije que no, porque si
la luz se corta o baja la tensión, el actor
se queda a seis metros de altura por seis años.
Pero en Estados Unidos nunca baja la tensión
y el hidráulico funciona perfecto. Fijate la
flor de metal que hicieron en Palermo: es absurda,
no se puede abrir nunca. Es una linda idea para París,
pero para acá no, porque se rompe una pieza
y ya no se mueve más. Acá todo tiene
que ser todo tracción a sangre: sabés
que el maquinista levanta al tipo sí o sí.
De pronto y sin que nadie lo provoque,
Cibrián se siente en la necesidad de defender
al musical y cambia de enemigo. Los estadounidenses
salen de la mira y entran los intelectualoides: "Siempre
el mundo intelectualoide desvaloriza mucho el musical,
diciendo que no es teatro, a lo cual yo les preguntaría
si danza es sólo clásica o también
es Martha Graham, flamenco, tango... El musical es
una forma de teatro, como lo son los clásicos,
la revista y el sainete. Podrá gustarte o no,
pero es teatro".
En una nota, ustedes decían
que querían que la gente reflexionara al ver
El jorobado de París. Y eso llama la atención:
por ahí uno piensa que un musical es solamente
entretenimiento.
Claro, pero ¿nadie fue a ver
a Brecht? Es que Kurt Weill es reflexión y
Angel Mahler no; Brecht es reflexión, Cibrián
no. Entonces saltan con esta cursilada bien argentina
de ¡cómo se va a comparar con Brecht!
Ellos no me podrán comparar con Brecht, yo
me comparo con quien me da la gana. Yo creo que soy
Brecht, creo que soy Shakespeare, creo que soy bárbaro.
Fuente:
Clarin.com
Julio
- 2003
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