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Sencillamente
excepcional
Yasser R. Lago
Mucho se ha comentado
por estos días acerca de Compás,
la recién estrenada obra del coreógrafo
holandés Jan Linkens, llevada a la escena
del capitalino Teatro Mella por la compañía
Danza Contemporánea de Cuba, que dirige
Miguel Iglesias.
Aunque no pretendo en estas
líneas referirme específicamente
a ello, me otorgo la licencia de hacerme eco
de comentarios de algunos colegas al referirse
a mi entrevistada: “...es imposible sustraerse
de la maestría de una Lídice Núñez
encantadora y dueña de la escena”;
“La Bella Cubana permite constatar la
excelencia de Lídice Núñez...”
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Ahora ya los lectores saben que la
pretensión de este redactor es presentarles
a la carismática primera bailarina y coreógrafa
de DCC, quien gustosamente accedió a conversar
con JR.
Siguiendo una tradición familiar
escénica (su padre es el actor Lázaro
Núñez), desde niña Lídice
recibió una preparación cultural integral
que la llevó a tomar clases de baile español,
piano, gimnasia y hasta nado sincronizado.
Toda esa previsión la condujo
hasta la Escuela Nacional de Arte y años más
tarde al Instituto Superior de Arte, donde se graduaría
en la especialidad de Danza. Entre sus profesores
nombra a Manolo Vázquez, Ramiro Guerra, Lorna
Bursdall, Marianela Boán y ahora al propio
Jan Linkens. “Él es, además de
un excelente coreógrafo, un maestro de la música,
de la danza, de las relaciones con los bailarines,
porque vuelca toda su sabiduría en las relaciones
humanas.
“El montaje de Compás
y las clases de ballet que impartió en esa
temporada fueron un privilegio. Que me escogiera para
sus coreografías me aportó no solo como
intérprete, sino además como coreógrafa.”
Dentro de la labor interpretativa
de Lídice Núñez fue la obra Dos,
de Marianela Boán, la que le dio mayor reconocimiento.
Este trabajo lo recuerda de un modo especial junto
a Compás, que acaba de confirmarla como una
artista excepcional.
—Entonces, ¿por qué
si has tenido tanto éxito como intérprete
acudes a la creación?
—Es algo paralelo. Es inherente
a mí. Son como dos manos de un mismo cuerpo:
la interpretación y la creación coreográfica.
Es una necesidad de comunicar a través del
cuerpo.
“La creación necesita
no solo de mi esfuerzo, sino también de todo
el equipo, que conlleva, a su vez, un respaldo en
la producción. Cuando ese apoyo falla, entonces
me detengo en mis empeños y dedico alguna temporada
a trabajar para otros coreógrafos, como ha
sucedido ahora. Creo que eso es importante: que uno
otorgue el espacio y el tiempo preciso a sus diferentes
facetas.”
El violín descalzo fue su más
reciente entrega coreográfica, y aunque no
tuvo el éxito esperado, debido a problemas
de producción, en este la artista una vez más
acudió al recurso de la improvisación
de los bailarines.
—¿Es esto un sello distintivo
de tu obra?
—Para mí es vital. Yo
les propongo a los bailarines un tema, una idea, una
sensación y a partir de ahí, ellos asumen
esa motivación y lo convierten en movimiento,
luego yo selecciono lo que más me interesa
de esas improvisaciones y lo fijo en la coreografía.”
—¿Sientes que has logrado
todos tus anhelos como artista?
—Me siento bien por lo que he
hecho. Estoy casi feliz, pero no satisfecha —no
quiero que lo vean como un slogan facilista. Realmente
quiero y necesito hacer mucho más y mejor.”
—¿Entonces te veremos
pronto en la escena?
—Bueno, no tan pronto. Me acaban
de otorgar una beca para coreógrafos en la
Fundación Bronxton, en París. Estaré
alrededor de tres meses, y voy a nutrirme de todas
las buenas experiencias que este intercambio me pueda
aportar.
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Julio
- 2003
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