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Un escritor
que nunca lo fue
Tom Bethell
Shakespeare,
también conocido como William Shakspere de
Stratford, Francis Bacon, Edward de Vere, conde de
Oxford, como Willy Shakehands –según
Les Luthiers– e incluso como “Chicaspeare”
–Cantinflas dixit–, no deja de ser, más
de trescientos años después, una de
las mayorers incógnitas de la literatura universal.
“En Stratford tenemos registros de bautizo,
matrimonio, litigios, muerte e impuestos. Ninguno
nos proporciona pruebas suficientes para concluir
que Shakspere fuera un escritor”, afirma Bethell
en este polémico ensayo. De lo que no hay duda
es de que loonianos, oxfordianos y stratfordianos
continuarán buscando reforzar sus respectivas
posturas, mientras la obra del más conocido
de los desconocidos seguirá consolidando su
vigencia lectura tras lectura.
Los antecedentes que existen
en los archivos sobre William Shakspere de Stratford
son apenas algunas actas legales, un libro importante,
el Primer Folio de 1623 y un busto en la iglesia de
la Santa Trinidad de Stratford. Estos indicios no
prueban que se trate del autor de obra alguna y mucho
menos de los trabajos eruditos de “Shakespeare”.
De modo que, con toda honestidad, nos encontramos
ante la duda de que fuera incluso capaz de escribir
su propio nombre. El mayor problema que presenta la
biografía convencional es la contradicción
que existe entre lo que conocemos del hombre de Stratford
(1564-16l6) y el autor de las obras. Saber si son
o no la misma persona es precisamente el punto en
cuestión. Denominaré al primero Shakspere,
como usualmente se escribía su nombre, sobre
todo en Stratford, y reservaré el de Shakespeare
para el autor, quienquiera que haya sido.
Se han escrito extensas biografías
del bardo, pero en su mayor parte en forma condicional:
Shakespeare hubiera tenido... debió tener...
difícilmente habría evitado... Surge
de ellas un retrato complejo y confuso que mezcla
al taciturno almacenista de granos con el elocuente
poeta. No poseemos ninguna carta o manuscrito de la
mano de Shakespeare, aunque contamos con seis firmas
–temblorosas y mal escritas– sobre documentos
legales. (Podemos imaginar a su lado a un alguacil
tratando de ayudarlo: “Adelante, Will, ahora
una S, muy bien...”) En Stratford tenemos registros
de bautizo, matrimonio, litigios, muerte e impuestos.
Ninguno nos proporciona pruebas suficientes para concluir
que Shakspere fuera un escritor. Ignoramos si fue
a la escuela, aunque es posible que haya asistido
a la primaria de Stratford. Tanto Judith, su hija,
como Anne Hathaway, su esposa, firmaban sus nombres
mediante una X.
Shakspere en efecto viajó
a Londres y, de acuerdo con un relato, inicialmente
encontró trabajo cuidando los caballos del
público que asistía a la funciones de
teatro. No cabe duda de que más tarde se convirtió
en actor, al igual que Edmund, su hermano menor. Will
se unió entonces a la compañía
Chamberlain’s Men y, durante la Navidad de 1594,
se le pagó por sus actuaciones en la corte.
En dos ocasiones, durante 1590, los recaudadores de
impuestos londinenses fueron en busca suya sin éxito
alguno, y concluyeron que debía estar “muerto,
ausente o lejos del distrito”. Un tal William
Wayte, evidentemente amenazado por nuestro Will, “implora
garantías del agente del orden público
en contra de William Shakspere”, por lo que
se ordenó al sheriff de Surrey que lo arrestara.
Al año siguiente Will compró New Place
en Stratford. Sabemos que al final de su estadía
en Londres rentaba un cuarto en Cripplegate, exiguo
detalle descubierto en 1909 por Charles Wallace, hecho
que más tarde fue aclamado por el biógrafo
S. Schoenbaum, como “el descubrimiento shakespeariano
del siglo”. No obstante, con toda razón
Wallace se “desilusionó” al darse
cuenta de que el huésped de Cripplegate no
contribuía en lo absoluto a reforzar la tesis
de Stratford. De hecho, todas las investigaciones
efectuadas durante los últimos 200 años
tienden a reducir las anteriores anécdotas
literarias a la categoría de mitos, y exponen
ante el lector moderno una evidente contradicción:
el autor del Rey Lear era un negociante contencioso.
Existen indicios de que, en 1604,
Shakspere abandonó Londres a la edad de cuarenta
años. Debe ser el único gran escritor
en la historia que se “retiró”
tan joven y en medio del triunfo. Casi de inmediato
reaparece en Stratford demandando a un vecino por
un adeudo de malta por treinta y cinco chelines –lo
anterior, muy poco después de la publicación
de Hamlet. J. O. Halliwell-Phillips, un erudito del
siglo diecinueve, admitió que se trataba de
“uno de los más curiosos documentos de
que se tenga noticia relacionados con la historia
personal de Shakespeare”. Entonces deberíamos
suponer que, en el pináculo de la fama, el
escritor más importante de Inglaterra arrojó
su pluma, quizá en medio de una obra, y regresó
a Warwickshire, prefiriendo el ambiente de los pequeños
juzgados de Stratford y de su oficina de traspasos
a la vida literaria de Londres.
Al igual que su padre, era un comerciante
y se involucró en diversos negocios inmobiliarios.
En su testamento se encarga de arreglar todo lo relativo
a la vajilla, a su vestimenta personal e inclusive
a su cama de repuesto. No se refiere en modo alguno
a posesiones literarias. En aquel tiempo, la mitad
de las obras de Shakespeare no se habían publicado
en ninguna parte. El contraste que existe entre la
vida del comerciante de Stratford y la excelsitud
de los versos llega al colmo de lo absurdo.
Debemos buscar una explicación
a estos problemas, más allá de la respuesta
sintetizada en la palabra “genio” a la
que acuden los stratfordianos para explicar cualquier
incongruencia. La genialidad no confiere el conocimiento;
sin embargo, no cabe la menor duda de que el autor
era uno de los hombres más instruidos de Inglaterra.
Las burlas de Ben Jonson según las cuales Shakespeare
poseía un “escaso latín y un poco
menos de griego” no pueden tomarse en serio.
Cuando Otelo se publicó, su fuente original
en italiano aún no había sido traducida
al inglés, ni tampoco la fuente de Hamlet del
francés cuando esta obra se imprimió
por primera vez (1603). Tampoco se había traducido
la fuente en latín de Comedy of Errors cuando
se presentó la obra originalmente. Love Labour’s
Lost, una parodia sobre las costumbres de la corte,
que algunos estudiosos ubican hacia finales de 1580,
hace alusión a la visita ese mismo año
de Margarita de Valois y Catalina de Medici a la corte
de Enrique de Navarra en Nérac, y los nombres
de los cortesanos franceses casi no se modifican en
la obra.
En el transcurso del siglo xix, estas
consideraciones condujeron a los literatos a pensar
que el verdadero autor había ocultado su nombre.
Durante muchos años el candidato preferido
fue Francis Bacon, pero esta hipótesis no fructificó
y se fue rodeando de disparates: se mencionaron códigos,
manuscritos enterrados y excavaciones a la luz de
la luna. Con el arribo del siglo xx, el asunto de
la paternidad literaria cobró proporciones
ridículas. Los eruditos pontificaban, como
dirigiéndose a unos niños: “¡Sólo
digamos que Shakespeare escribió Shakespeare!”
Durante 1920, en un momento poco propicio, un maestro
de escuela llamado J. Thomas Looney publicó
un libro en el que afirmaba que el verdadero autor
fue Edward de Vere, décimo séptimo conde
de Oxford. (¡Hemos llegado a la teoría
Looney! ¡Qué divertido!) [Loony: loco
en inglés, nota del traductor.]
De Vere (1550-1604) creció
en el hogar y bajo la tutela de un ministro de la
Reina Isabel: Lord Burghley. Contrajo matrimonio con
Anne, la hija de Burghley y procreó tres hijas
con ella: la mayor se comprometió con Henry
Wriothesley, tercer conde de Southampton, a quien
le fueron dedicados los extensos poemas de Shakespeare.
Las otras dos hijas se comprometieron y se casaron
respectivamente con los condes de Pembroke y Montgomery,
quienes a su vez recibieron la dedicatoria del primer
folio. Un tío de De Vere, Henry Howard, fue
quien introdujo al inglés el soneto. Otro tío
suyo, Arthur Golding, tradujo las Metamorfosis de
Ovidio, una fuente importante para Shakespeare. Macaulay
escribió que el conde de Oxford “se ganó
un honorable lugar entre los antiguos maestros de
la poesía inglesa”, y Edmund Chambers
afirmó que De Vere era “el más
prometedor” de todos los poetas de la corte
pero que “más adelante, enmudeció
en el transcurso de su vida”.
El conde de Oxford viajó a
Italia en 1575. Con escalas en París y Estrasburgo,
visitó Padua, Génova, Venecia y Florencia.
El detallado conocimiento de estos lugares de que
hace gala Shakespeare ha dejado perplejos durante
mucho tiempo a los eruditos convencionales. A la edad
de treinta años, Oxford estaba a cargo de la
compañía teatral del conde de Warwick,
en la que empleó al dramaturgo John Lyly. Su
compañía de jóvenes actores masculinos
salió de gira (en una ocasión a Stratford)
y actuó en la corte. Rentó también
el teatro de Blackfriars y Lord Burghley se quejó
de sus “impúdicos amigos”. Podría
decirse que Oxford andaba de juerga. En 1580 acusó
de traición a tres cortesanos y, a su vez,
él fue acusado por uno de ellos de “sodomizar
a un joven que trabajaba como su cocinero y a muchos
otros jóvenes”. Tres de ellos fueron
mencionados, incluyendo a uno que Oxford había
traído con él a su regreso de Italia.
Parece ser que en los círculos de la corte,
Oxford era conocido como un pederasta y por lo mismo
había caído en desgracia. Son conocidos
su libertinaje, su imprudencia y su “reputación
decadente”. Existen indicios de homosexualidad
en los sonetos dedicados a la “hermosa juventud”,
y es posible que Oxford haya vivido una relación
homosexual con el joven conde de Southampton, a quien
urgió después a contraer matrimonio
con su hija Elizabeth.
En Venus and Adonis, el debut de
Shakespeare (“el primer heredero de mi invención”),
con toda probabilidad intentaba glorificar al joven
conde, al cual le fue dedicada la obra. Si así
fue, “no era como para publicarlo en forma anónima”,
escribe Joseph Sobran en Alias Shakespeare: “Necesitaba
un subterfugio para alejar las sospechas acerca de
su relación con el joven noble.” En el
año de 1609, los Sonetos de Shakespeare se
publicaron sin la cooperación del autor y durante
ese mismo año apareció el enigmático
prefacio para Troilus and Cressida (“A Never
Writer, to an Ever Reader. News”), en el que
se insinuaba que los manuscritos estaban en poder
de “importantes propietarios” anónimos;
sin duda se refería al conde de Montgomery,
yerno de Oxford, y a su hermano. Ellos eran el “incomparable
par de hermanos” a los que hace alusión
la dedicatoria
del folio.
John Paul Stevens, un oxfordiano
más y Juez de la Suprema Corte, ha comentado
que los partidarios de Oxford carecen de “una
teoría sencilla y coherente sobre el caso”.
Esa teoría podría ser la siguiente:
cuando escribían obras para ser publicadas,
y en particular para el teatro, los escritores pertenecientes
a la nobleza no podían permitir que sus nombres
fueran utilizados. El autor isabelino de The Art of
English Poesie (probablemente George Puttenham) conocía
a “nobles y caballeros al servicio directo de
Su Majestad que han escrito en forma excelente, lo
que se descubriría si se publicaran sus obras
junto a las de otros, entre los cuales el primero
es ese noble caballero de nombre Edward, conde de
Oxford”. Añadía que aunque a menudo
escribían con talento, ellos “toleraban
ser publicados sin que aparecieran sus verdaderos
nombres, como si ser hombre de letras fuera un descrédito
para los caballeros”. En el libro Palladis Tamia
(1598), Francis Meres escribió que “el
mejor entre nosotros para la comedia es Edward, conde
de Oxford”.
No han llegado a nuestras manos obras
de teatro bajo el nombre de Oxford, pero se nos dice
que las escribía omitiendo su verdadero nombre.
Si este era el caso, ¿por qué iría
tan lejos el autor como para atribuírselas
a una persona que en verdad existió? La atribución
aparece en el material preliminar del primer folio
y debemos recalcar que se trata del único documento
que sin ambigüedad relaciona a Shakspere con
Shakespeare. En el folio, Ben Jonson se refiere al
autor como el “Dulce Cisne de Avon”, y
Leonard Digges hace alusión a thy Stratford
Moniment. Existe efectivamente un monumento en la
iglesia de Stratford. Las referencias a “Shakespeare”
en las notas privadas de Jonson, las presuntas alusiones
en Groatsworth of Wit de Greene, así como otros
insuficientes pormenores presentados por los exponentes
de la teoría tradicional, en nada contribuyen
al progreso de la misma. Pueden tomarse fácilmente
como una referencia al seudónimo, tal y como
nos referimos usualmente a Mark Twain y George Orwell
por sus apodos.
Si lo anterior es correcto, podemos
estar seguros de que Southampton, quien para 1623
ya era una figura prominente, no deseaba recordatorio
alguno sobre su juventud malograda con Oxford. Pembroke
y Montgomery seguramente pensaban lo mismo. Toda huella
de Southampton y de los poemas de Shakespeare, ya
sea dedicados a él o asociados con él,
fue eliminada del folio. Para los stratfordianos,
el folio (y todo lo demás), debe aceptarse
irrefutablemente. Quizás esto sea razonable.
Existen concesiones en ambos bandos; sin embargo,
los partidarios de Stratford quedan a merced de numerosas
preguntas desconcertantes, mientras que los oxfordianos
pueden dar respuesta a las siguientes: ¿Por
qué en dos o tres ocasiones, después
de 1604, se habla del autor en tiempo pasado? ¿Por
qué se “retiró” tan joven?
¿Por qué empleó a un colaborador
en su madurez? ¿Por qué no fue sino
hasta después de 1604 cuando obras como The
London Prodigal (1605) y A Yorkshire Tragedy (1608)
fueron publicadas con su nombre en la portada? ¿Por
qué se publicaron los Sonetos sin su cooperación
en 1609? ¿Por qué se referían
a él como “eterno”, si efectivamente
estaba vivo? ¿Por qué no se rindió
ningún homenaje a Shakespeare en Londres cuando
falleció en 1616? ¿Por qué el
autor afirmó que su poesía perduraría
aunque su nombre quedaría “enterrado”;
y escribió también, en el “Soneto
76”: “Bien que cada palabra casi pregona
mi nombre,/ revela su nacimiento e indica su procedencia?
Traducción
de Alfonso Herrera Salcedo
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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