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Universo Kaurismäki
El hombre sin pasado
Carlos F. HEREDERO
Director: Aki
Kaurismäki. Intérpretes: Makku Peltola,
Kati Outinen, Juhani Niemelä, Annikki Tähti.
Guionista: Aki Kaurismaki. Fecha de estreno: 31
enero
A medio camino entre la prosa del retrato social
y la sublimación propia del melodrama,
entre el realismo y la utopía, entre lo
minimalista y lo burlesco, El hombre sin pasado
aparece en el cine actual como una obra extraña,
inclasificable y fuera de norma. Sería
casi un verdadero ocni (objeto cinematográfico
no identificado), de hecho, si no viniera firmado
por Aki Kaurismäki, cuya rúbrica nos
ofrece, en realidad, todas las claves para adentrarnos
en este peculiarísimo universo, hijo de
un humor algo lunático, envuelto en ásperos
contornos estéticos suavizados por una
gama cromática alejada de todo naturalismo
y capaz de inyectar belleza entre la miseria.
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Y la primera clave de esta radiografía
de la marginalidad, de los indigentes que sobreviven
gracias a la sopa caliente del “Ejército
de Salvación” y que malviven a las orillas
de un puerto industrial refugiados en barracones,
nos la ofrecía, hace seis años, Nubes
pasajeras (1996): primera entrega de una proyectada
trilogía sobre los desheredados de la Finlandia
contemporánea, en la que El hombre sin pasado
oficia como segundo capítulo. Aquella fábula
de los parados que se organizan para reflotar el restaurante
del que antes eran empleados se adentraba ya, con
paso decidido, por esa ficcional tierra de nadie en
la que el director y sus criaturas (los olvidados
por el sistema, los derrotados y marginados del capitalismo)
pueden edificar su propio sueño sin necesidad
de dulcificar la dureza del retrato social.
Potestad exclusiva de este poeta lacónico,
disfrazado a veces de Bresson, y admirador confeso
de Ozu, capaz de transfigurar unos materiales tan
sensibles (la derrota de los obreros, el hambre de
los mendigos...) en hermosos cuentos imaginarios cuyos
protagonistas se reencuentran consigo mismos, y con
sus semejantes, en esas utópicas y solidarias
comunidades de perdedores que les permiten configurar
una nueva identidad (personal y social) superadora
de los abismos hacia los que empuja el capitalismo.
Porque Kaurismäki habla sin pudor
ninguno, y esto hay que decirlo bien claro, de los
estragos del capitalismo. Lo había hecho ya
antes –con mayor sequedad, con más negrura
en el retrato y desde una mirada mucho más
pesimista– en su precedente trilogía
sobre la clase obrera: la que integran Sombras en
el paraíso (1986), Ariel (1988) y La chica
de la fábrica de cerillas (1990). Y lo vuelve
a hacer ahora, con pinceladas más tiernas,
con tonalidades más humorísticas y desde
una mirada bastante más optimista, en esta
nueva trilogía de madurez.
Centrada en un obrero metalúrgico
que pierde su memoria y su conciencia de identidad
tras recibir una brutal paliza, la historia de El
hombre sin pasado le sigue la pista a este inesperado
y burlesco émulo del “hombre invisible”
que debe integrarse en una nueva “sociedad”
(los mendigos que le dan cobijo, las “damas
caritativas” que organizan su ocio y su supervivencia),
retratada por el director con ese peculiar registro
suyo, capaz de armonizar el realismo prosaico más
desnudo con ese desusado y lacónico lirismo
que asalta intermitentemente la pantalla.
Sin caer nunca en la falsa poetización
de la miseria, un insólito ramalazo de ternura
y de melancolía se cuela entre los fotogramas.
Y así es, a la postre, cómo en el seno
de esa comunidad de marginados el protagonista se
reencuentra a sí mismo al despojarse de las
vendas (gesto que expresa su despertar a un nuevo
mundo) y al integrarse en un universo en el que la
existencia parece estar preservada de la explotación,
de la tiranía del dinero y de las relaciones
de dominación propias del sistema capitalista.
A fin de cuentas, únicamente en el “universo
Kaurismäki” puede existir un empresario
capaz de ¡atracar un banco! (un banco arruinado
por la globalización, además) para poder
pagar el sueldo a sus empleados.
La fábula moral –carente
eso sí de todo discurso explícito–
encuentra su verdadero sentido en las formas de la
representación: ese impasible sentido del humor,
a la vez ácido y pudoroso, esa depurada expresión
visual deudora del despojamiento casi franciscano
de la puesta en escena, esa esencializada arquitectura
narrativa (producto de ful- gurantes elipsis), esa
sequedad de la sintaxis, esa limpia desnudez de su
gramática, esa purga radical de todo lo superfluo
y esa intransigente economía de sentimientos...
Armas nobles y personalísimas, en definitiva,
de uno de los creadores más originales, más
irreductibles del cine moderno, dueño de una
voz narrativa y visual capaz de sublimar el melodrama
y de subvertir, con su callado lirismo, los límites
convencionales del testimonio social.
Fuente:
El Cultural
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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