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Los condenados de El Port de la Selva
JOAN-ANTON BENACH

Duran ha sido un lector stricto sensu del texto dramático; el director ha querido que el verso de Sagarra sonara nítido

Pacientemente, con poco ruido y sin acaparar grandes titulares, Rafel Duran se viene acreditando como agudo “lector” de materiales dramáticos de diversa hechura, cuya puesta en escena suele ofrecer exquisita correción. Entre los montajes de “Perifèria Koltés” (1998), “El coronel ocell” (2000), “Una vida al teatre” (2001) o “L'enfonsament del Titànic” (2002) no ha habido otra cosa en común que una elocuente preocupación por la claridad expositiva y una cuidada dirección de intérpretes.

Ante las palabras mayores de “El Cafè de la Marina” la tónica es la misma. Casi. Ningún artificio, ni sorpresa estentórea que pudiera levantar obstáculos entre el escenario y el público y unos personajes muy bien definidos, aunque alguno de ellos tienda a pulsar la lira del “teiatru” costumbrista más trasnochado. De hecho, habría que hablar de una inesperada ­y relativamente grave­ excepción.

Duran ha sido un lector stricto sensu del texto dramático. El director ha querido que el verso de Josep Maria de Sagarra sonara nítidamente, con un buen ajuste del ritmo y la naturalidad coloquial derivada de unos decasílabos que renuncian a las consonancias. ¡Bendita naturalidad! En el espectáculo no se nota la fascinación por las brillantes coloraciones verbales con que el dramaturgo describe la vida marinera de El Port de la Selva. En los giros, expresiones y aforismos referidos a su oficio o a la codiciada fauna piscícola, ninguno de los pescadores adiestrados por Duran cae en aquel retintín que trata de subrayar una peculiaridad local o el dato pintoresco.

Presidida la modesta comunidad menestral por Libori, el dueño del café (impecable Jordi Banacolocha), los personajes de “El Cafè...” huelen al “all i salobre” cantado por el poeta, un olor que emerge aquí de la cotidianidad opaca, triste y rutinaria que ha sabido captar la preocupación “descriptiva” del director. Reconforta comprobar que el Nacional no olvida la aportación a la dramaturgia de Sagarra de un profesional injustamente... olvidado.
El programa de pago dedica un recuerdo a “El Cafè...” que en 1983 montó en el Romea Juan Germán Schroeder, y la memoria se ve asaltada por la cálida poética que impregnaba aquel trabajo. Duran consigue notables resultados por otro camino. Se le ve más dócil a la voluntad del autor, que hablaba de la intención “fotográfica” de la obra, alejada de “els símbols i les abstraccions”. No renuncia, sin embargo, a una alusión de carácter simbólico: el café que propone la escenografía de Rafel Lladó no es la “casa molt orejada” que pide Sagarra, sino un lugar deprimido al que se acude “descendiendo”, una sima de pobreza y amarga resignación.

Los actos primero y segundo conforman un relato un tanto plano, aburrido. Se rompe su monotonía con la presencia de Mussiú Bernat (Pep Sais), un caballerete “gabatxo” de trazos caricaturescos y un “patois” enfático, postizo en su dicción, pero que levanta carcajadas del respetable. La nota graciosa está mejor servida por la “artista” de ciudad que interpreta Mont Plans. El acto tercero se abre con una de las mejores escenas; la discusión entre las comadres Rufina y Salvadora es la culminación del excelente trabajo de Àngels Poch y Lurdes Barba, dos nombres que junto con el de Banacolocha ocupan el lugar más relevante de un cuadro interpretativo sólido. Chirría un tanto el personaje de Claudi (Lluís X. Villanueva), algo estirado y nervioso, mientras que la excepción antes referida la ofrece Laura Conejero en sus intervenciones monologadas; se siente muy infeliz la pecadora Caterina y en sus palabras esta desdicha suena con un trémolo declamatorio rancio e inconvincente. Duran modifica con mucho tino el final halagüeño que Sagarra escribió para complacer a su público. Claudi querrá casarse con Caterina, pero a los cinco segundos de declararle su amor, se une a los compinches que juegan al tute mientras la iluminación sugiere el irremediable infortunio de la muchacha en un mundo de maledicencias y de pobres condenados.
“EL CAFÈ DE LA MARINA”
Dirección: Rafel Duran
Escenografía: Rafel Lladó
Intérpretes: Jordi Banacolocha, Lurdes Barba, Àngels Poch
Lugar y fecha: Teatre Nacional de Catalunya (30/I/2003)

Fuente: La Vanguardia
Febrero 2003

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