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Tres autoras
andaluzas
por Pedro Manuel Víllora
La Colección «Textos
Dramáticos» del Centro de Documentación
de las Artes Escénicas de Andalucía
llega a su noveno volumen, dedicado en su integridad
a tres autoras, que son también las primeras
mujeres que aparecen en estas ediciones. Las tres
se suman, así, a una lista donde abunda la
excelencia, pues aquí han aparecido obras de
autores que no sólo están entre lo más
interesante del panorama andaluz, sino que merecen
esa misma consideración dentro del conjunto
de la dramaturgia nacional: Romero Esteo, Antonio
Onetti, Antonio Álamo, José Martín
Recuerda, Francisco Benítez, Juan García
Larrondo, etc.
Si por algo se caracteriza la colección,
y este volumen en particular, es por su diversidad.
No creo que sea práctico rastrear en estos
textos constantes que hagan pensar en la posible existencia
de un peculiar teatro andaluz, así como tampoco
de un teatro femenino. Agrupar obras sólo de
mujeres tiene algo de reivindicación, pero
también de exclusión. Lo que estas autoras
escriben es teatro, nada más y nada menos,
que merece integrarse con todos los derechos y sin
marca de género.
Mercedes León plantea en La
noche no duerme el conflicto de pareja mediante una
estructura que se adivina cíclica y utilizando
un ritual torturador que en su arranque recuerda a
las Palabras encadenadas de Jordi Galcerán,
pero con un desarrollo totalmente distinto. Destacan
la contradicción entre pensamiento y acción,
el desconocimiento de los deseos ajenos, y sobre todo
la recurrencia al lugar común, la frase hecha
y el refrán como último reducto al que
acudir cuando la comunicación y el lenguaje
están en crisis de identidad.
Los gordos, de Belén Boville
Luca de Tena, es una farsa con ecos del cabaret expresionista.
Un rey prohíbe la comida y persigue a los gordos,
en cuya «curva de la felicidad» se adivina
la transgresión de la norma. Es teatro ideológico,
donde lo circense y lo grotesco son la clave para
satirizar la represión y el uniformismo, mientras
la acción teatral sostiene al mensaje y a la
palabra. Siguiendo una progresión ejemplar,
la comicidad deviene en tragedia, y las miserias humanas
quedan expuestas a la luz y a la crítica del
público.
Mariló Seco crea en Mermelada
de fresa a una neurótica que culpa de sus problemas
a la gente que la rodea, y contrata a un asesino a
sueldo para eliminarlos. Finalmente, entiende que
la primera causante de su desequilibrio emocional
es ella misma. La autora propone una estructura fragmentaria
y unos personajes sin entidad por sí mismos,
a los que el receptor debe dotar de profundidad y
situarlos dentro del conflicto de la protagonista,
recomponiendo la lógica de la historia.
Fuente:
ABC.es
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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