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Roberto Blanco, pensar en público
por
Amado del Pino
Me contó en una larga entrevista para Revolución y Cultura que al teatro de arte, que contra vientos y mareas diversas, subía a las tablas en la década de los cincuenta, asistía poco público. Evocando una función de la lorquiana Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, Roberto Blanco recordaba —con su formidable mezcla de honda cultura y sentido del humor— que aquellos preciosos versos: "Ábreme la puerta, amor/ que vengo muy mal herido/ herido de amor huido/ herido muerto de amor", se los dijo "a nadie". Ahora este teatrista imprescindible, Premio Nacional de Teatro 2000, acaba de morir y es la escena cubana y su público los que andan mal heridos por su pérdida.
Photo -  Pepe Murrieta
Roberto Blanco 2001
Blanco (La Habana, 1936) da pruebas de su talento desde los años de Teatro Universitario y el triunfo de la Revolución lo sorprende listo para empeños mayores. Ya en 1963 brilla como actor en Fuenteovejuna, bajo la dirección de Vicente Revuelta, otro de los grandes. En el 65, dentro de la legendaria compañía Teatro Estudio, vuelve a Lorca con una puesta de Doña Rosita la soltera o el Lenguaje de las flores, en la que pulsa todas las posibilidades del discurso realista y el lenguaje de los objetos en el escenario. Después incursionaría en claves diversas, buscando como centro al actor y con una singular sabiduría para lograr la espectacularidad. Su escena de las lavanderas en Yerma ha quedado como una imagen de antología.

Roberto fue además un creador de grupos, un líder del escenario. En los sesenta, a cargo de Teatro de Ensayo Ocuje, y años más tarde con Irrumpe busca un equilibrio entre lo más experimental y una honda raíz popular. Cuando, a mediados de la década regresa de un intenso período de entrenamiento en el Berliner Ensamble, muchos pensaron que escogería un título de Brecht para seguirlo de cerca. Blanco asume María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, un texto que pone en el centro al negro y al blanco pobre, con sus resonancias vitales y religiosas más entrañables. En esa puesta el brillante director mezclaba el legado brechtiano y la decisiva experiencia de su viaje a África. Roberto enseñaba pocas veces una vieja foto en la que aparece junto al Che, al que sirvió de traductor. Este oficio volvería a ejercerlo en los setenta. El apego a Martí se le convirtió en obsesión al llevar a las tablas, una y otra vez, las páginas del Diario de Campaña.

Hace poco más de un año presidió el Festival de Teatro de La Habana. Los que asistimos a la jornada de clausura no olvidaremos el hermoso texto que leyó, como el gran intérprete que fue y perenne cómplice de la inteligencia. Recordé entonces y ahora aquella conversación —uno de esos regalos que me ha hecho el periodismo— en la que Roberto comentaba: "Al teatro van los sensibles, los que les gusta pensar en público".

Enero 2003

Teatro en Miami
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