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Teatro y Grupo: Otra Nación
Zoila Sablón | La Habana
Regresar a Teatro Escambray una y otra vez, siempre
resulta un viaje necesario, que cuerpo y alma agradecen.
Teatro y Nación, evento que organiza la revista
Tablas con el coauspicio del Consejo Nacional de las
Artes Escénicas, su homólogo en Villa
Clara y el propio grupo, acaba de concluir en La Macagua.
Cuando en 1995 fui por primera vez a Teatro Escambray
buscaba lo que la película Como la vida misma,
de Víctor Casaus me había mostrado una
década antes, a mis catorce o trece años
cuando entonces era una actriz de éxito municipal:
un grupo de teatro que llevaba la cuenta de la estancia
de sus miembros en un mural; reuniones donde se discutían
posibles futuros temas para futuras obras, todo fruto
de una investigación compartida sobre el terreno,
sin contar con la vibrante naturaleza de la cordillera
y aquel paisaje frente a Río Negro cuando Beatriz
Valdés y Fernando Hechevarria hacían
el amor a punto de rodar por una colina y ante los
ojos de un venado extraviado; Molinos de viento, la
obra de Rafael González llegaba a mí
a través de la versión en la gran pantalla,
y me perdía uno de los tres o cuatro personajes
que Carlos Pérez Peña estima más
en su amplio repertorio de treinta y tres años
en el grupo. Ese fue mi primer contacto con Teatro
Escambray, el momento en que comenzó en mí
una idea de lo que era un grupo de teatro: encuentro
y permanencia en el tiempo. Después solo los
libros —Raquel Carrió, Rine Leal, Laurette
Sejourné, Esther Suárez, Rosa Ileana
Boudet u Omar Valiño— abrieron un nuevo
acercamiento al grupo hasta que asistí al segundo
Teatro y Nación.
Entonces, con Teatro y Nación: la escena cubana
ante el 98, se pretendía develar una isla teatral
ante las interrogantes que el centenario de los sucesos
del 98 imponían, sin obviar las especiales
circunstancias de encontrarnos aún en el centro
mismo de la más aguda crisis económica.
Aquellas preguntas estaban esencialmente ligadas al
sentido de nación, de cómo el teatro
había logrado expresarlas, de cómo seguía
sobreviviendo y lo hacía con una conciencia
crítica de su papel y lo que pensamos entonces
su destino. La Doctora Graziella Pogolotti concluía
su intervención de aquel momento animándonos
a pensar que también la Isla son sus puertos.
Después de ese encuentro he regresado a La
Macagua muchas veces más, ahora con mi hijo.
Teatro y Nación ha continuado su rumbo y ha
llegado a la sexta estación de vida este año
para conversar sobre teatro de grupo.
Conversar aquí no resulta un sinónimo
de fácil recurrencia. En La Macagua se conversó
sobre teatro de grupo, se chismeó sobre los
entresijos de algunos de los más emblemáticos
proyectos de grupo que los hombres de teatro en Cuba
insistieron en hacer desde mediados del siglo XX.
Conocimos del amor platónico entre Roberto
Gacio y Flora Lauten, por supuesto sin que ella nunca
lo supiera, en Teatro Estudio; o de las más
recónditas anécdotas en el Cabildo Teatral
con Carlos Padrón y Dagoberto Gainza; del emotivo
encuentro de Norge Espinosa con Francisco Morín
en New York, que fue también con Prometeo y
una parte viva de nuestra historia teatral. Válido
también fue el testimonio del Guiñol
Nacional en los fundadores Xiomarah Palacios, Armando
Morales y Carlos Pérez Peña. Un recuento
sin nostalgias de lo que fue y pudo seguir siendo,
especialmente cuando se trata de una experiencia forzosa
y dolorosamente truncada, arrasada por el fuego oportunista
de algunos. Según Morales una experiencia hija
de su época que tuvo sabrosos frutos y que
no tiene por qué repetirse de igual modo en
estos tiempos y a la que hay que mirar sin nostalgia
melosa.
En un panel colectivo sobre las experiencias más
recientes, se revelaron las razones por las cuales
Antonia Fernández, discípula de Flora
Lauten y fundadora junto con su maestra de Teatro
Buendía, después de dieciocho años
de trabajo en grupo, sale a inventar su propio espacio,
con la necesidad de refundarse una nueva patria. Fue
elocuente, de igual forma, el testimonio del Estudio
Teatral de Santa Clara, que ha persistido, como dura
roca de Sísifo, en subir la colina una y otra
vez, en una topografía que el Estudio ha sabido
reconstruir en cada etapa. Constaté de súbito
también las transformaciones, apenas visibles
para algunos quizás, que ha operado Teatro
D’Dos desde su fundación en los inicios
de los noventa como un pequeño y feliz grupo
de provincia, cuando, siempre en medio de la dura
cotidianidad de esos años, Julio César
Ramírez publicaba la precaria revista Diálogo
en Caimito del Guayabal y convocaba, camión
de pasaje colectivo por medio, a los encuentros de
invierno donde el grupo desmontaba espectáculos
en producción y se conversaba animadamente
sobre las próximas puestas en escena. O confirmar
que Milva Benítez, la actriz ex integrante
de tres grupos en menos de una década, finalmente
ha constituido Teatro del Puerto, expresión
de su obstinada inconformidad ante las cosas y su
persistencia en hacer hasta las últimas consecuencias.
Teatro El Público expuso una vez más
la búsqueda de nuevos espectadores como el
pilar fundamental del quehacer del grupo. Todos ellos
confirmando la necesidad de un liderazgo intelectual
y artístico que sostenga el trabajo colectivo.
Reinaldo Montero evidenciando esto último a
través de su trabajo como asesor teatral con
Vicente Revuelta en Teatro Estudio.
Pero desde antes, con la exposición de apertura
de la Doctora Raquel Carrió, quedaron pautadas
una serie de definiciones y aproximaciones que permitieron
establecer en sentido general qué es el teatro
de grupo y cuál ha sido su trayectoria en la
cronología del teatro cubano. Haciendo énfasis
en algunas zonas, evidenciaba una línea que
aunaba cada una de las experiencias más contundentes
en la escena nacional: la multifuncionalidad, la permanencia
en el tiempo y la creación de una cultura de
grupo gracias a las fuentes, referencias y metodologías
comunes que se articulan a un saber acumulado. También
Alfonso Sastre durante su visita a La Habana en el
pasado septiembre ya había aludido a la programación
de un grupo como el rostro más visible que
nos va descifrando su avatar y su filosofía.
Esencial fue también la presencia de Miguel
Rubio, que por más de treinta años ha
dirigido al colectivo peruano Yuyachkani, un punto
importantísimo en esa estrecha, diversa y visible
red que conforman los grupos de resistencia cultural
en América Latina. De igual modo, la presencia
de Eugenio Barba y Julia Varley vino a revelarnos
la vitalidad del trabajo de grupo en las circunstancias
del Odin Teatret, que cumplirá en octubre próximo
sus cuarenta años.
Teatro Escambray era una de esas paradas obligadas
que debíamos hacer en este recorrido por el
teatro de grupo en Cuba. La noche antes al correspondiente
panel sobre el Escambray en el que participarían
Rafael González, su director, y Cheíto,
ex actor y actualmente quien se ocupa de trazar nuevas
estrategias de vida en el colectivo; Carlos Pérez
Peña ofreció un ensayo de los tres monólogos
de Fabriles, texto de Reinaldo Montero, estrenado
por el grupo en los noventa. Antes de comenzar la
demostración, Carlos leyó un texto,
breve, inesperado, contundente donde exponía
las razones por las cuales él había
permanecido por más de treinta años
en La Macagua. Al concluir su lectura, Carlos estrujó
el papel y lo echó a un cesto imaginario. Las
razones eran simples, digamos que conocidas, pero
el acto de permanecer, de tirar esas palabras que
cabían en el puño del actor a un escenario
desprovisto de atractivo, con algunas luces y necesitado
de un retoque de pintura, era una acción por
sí misma que develaba los profundos nexos que
unen a Pérez Peña con ese espacio vital
que él ha contribuido a refundar una y otra
vez.
Cuando Eugenio y Julia intervinieron en el cierre
de las discusiones durante la última jornada,
Barba comenzó diciendo que la pregunta qué
es el teatro de grupo no era lo esencial. «Siento
que lo esencial está escondido». Cada
una de las intervenciones no giraba en torno al teatro
de grupo, o al teatro, sino a las personas, a la vida
de las personas, a las invisibles acciones que nunca
se revelan y que «casi» no tienen importancia,
a la pesadez y obviedad de lo cotidiano que puede
marcar la vida de un pueblo, de una nación,
o del hacer colectivo de un grupo de teatro. Se trataba
del gato que se le muere a un director y es como si
en la última bocanada de aire del felino, el
futuro de un grupo expirara también. Hablábamos
de los hijos de Flora en La Yaya, de los dos puerquitos
que llegaron a La Macagua por accidente de la mano
de Sergio Corrieri y después fueron motivo
para transformar, en un sentido importante, las futuras
estrategias de supervivencia del grupo. Se estaba
hablando de la vida en común, de lo que los
historiadores no recogen como testimonio vital, de
lo que no tiene dato, de lo que está detrás
de un repertorio, de un grupo de actores en escena
durante años.
Cuando Julia Varley comenzó su exposición/demostración
confesó que la dedicaría a Ana Correa,
actriz de Yuyachkani, y a Gilda Hernández,
fundadora de Teatro Escambray. Julia empezó
hablando de su vida, de la pérdida de su novio
quien dejó de hablarle durante mucho tiempo
por decidir quedarse en el Odin, de la apatía
de Eugenio en sus primeros años en el grupo,
y de su persistencia en hacer, de imponerse a pesar
de todo.
Recordaba yo entonces, en otra dimensión del
tema, el enorme privilegio que fue para mí
asistir a una reunión de trabajo del Odin Teatret
en su sede en Holstebro, Dinamarca. Cada uno de los
que estaban sentados a la mesa, algunos de ellos repitiendo
ese acto durante casi cuarenta años, tenían
una tarea por la cual responder. La actriz Roberta
Carrieri era la responsable de la reunión,
debía ocuparse de citar a todos los integrantes
y además ofrecía la palabra según
el turno, incluso a su propio director. En aquella
reunión, se habló con igual cuidado
de la experiencia de Julia en Sarajevo, de la organización
del siguiente Odin Week, de los percheros que debían
comprarse para las habitaciones de los huéspedes
y los problemas de humedad y ventilación que
tenían los baños, así como de
respetar las disposiciones de la cocina.
Como era rigor por los 35 años de Teatro Escambray
se dieron condecoraciones, diplomas, «por cuanto»,
resoluciones y cuadros de pintores noveles, no faltó
el siempre modesto y sencillo brindis, a pesar de
los abundantes banquetes y la generosidad de Alina
y Teresa en que desayunáramos, almorzáramos
y comiéramos a tiempo y bien las casi sesenta
personas que día a día nos reuníamos
en el Gallo, y esperábamos en los recesos un
café que nunca llegó. En esos escasos
cuatro días, que la conversación y el
buen tiempo dilataban para nuestra suerte, sentíamos
que de alguna manera estábamos allí
por una razón especial. Una razón sabida
y desconocida al mismo tiempo, una acción que
se repite en el tiempo y que no nos cuesta trabajo
volver a ella una y otra vez. Estábamos a gusto,
hablando de temas en común, con la única
retribución del diálogo, del buen estar,
del compartir. Una banalidad, algo sin importancia:
un gato menos, puerquitos de más, gente común.
lajiribilla.cu
Diciembre
- 2003
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