Violencia y cultura - La violencia como
representación
por Calixto Bieito
| La violencia pertenece
a la naturaleza humana, es consustancial a ella.
La violencia es tan fascinante como puede ser
la muerte o el amor, está dotada del
mismo tipo de misterio. La cultura y por extensión
los grandes autores siempre la han reflejado;
las producciones culturales de todos los tiempos,
como espejo de la sociedad en la que han sido
creadas, han sido un eco de la violencia. Su
representación, más o menos contundente,
más o menos realista en los escenarios,
responde por encima de todo al intento de reflejar
los estados de conducta de la sociedad en que
vivimos. El siglo XX ha sido el más violento
de la historia, y creo que el teatro no ha reflejado
al ciento por ciento, tal y como debería
hacerlo, la importancia de la cultura de la
violencia en nuestras vidas.El teatro del siglo
XX ha pasado por épocas en las que le
ha sobrado mucho escepticismo y le ha faltado
compromiso social, cultural y ético.
La autocomplacencia teatral ha desbordado los
escenarios durante quizá demasiado tiempo
y, sin duda, en lo que respecta a la escenificación
de la violencia, ese compromiso por parte de
la escena todavía está pendiente.
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No ha sido siempre así. Podríamos
decir que Shakespeare es el autor más violento
de todos los tiempos. Shakespeare trata la violencia
en su teatro como parte inherente del ser humano,
algo que hace con tanta naturalidad como reír,
comer o cantar, y evidentemente, más que
un efecto moral, lo que Shakespeare pretende es
mostrar la condición humana en todas sus
dimensiones. Otro tanto podríamos decir de
Calderón. Ellos son precisamente los autores
que a mi entender mejor han reflejado la violencia
implícita en toda sociedad. Creo que existe
una cierta estética de la violencia, que
ciertos artistas elaboran espectáculos (ópera
y teatro, danza y otras manifestaciones de las artes
escénicas) y películas tratando el
tema, abordándolos desde una perspectiva
que hace especial hincapié en los aspectos
violentos. Sin embargo, no conozco ninguna pieza
de teatro que haya tratado la violencia como pura
fascinación estética, que sólo
haya contemplado y representado la violencia formalmente,
obviando su contenido.
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El principal problema
que suscita la representación de la violencia
en el escenario es la capacidad del autor para
otorgarle el realismo suficiente que puede conducir
al asombro. La violencia es pura energía
y está basada en el contrarritmo, en el
contraste de energías, de la dramatización
entendida como magia y como urgencia. A diferencia
de las creaciones audiovisuales, en cine o televisión,
en una puesta en escena, ya sea en teatro u ópera,
no puede ser nunca hiperrealista: en cambio, sí
puede llegar a unas cotas de realidad muy elevadas
cuando los actores están en pleno proceso
de ebullición. Otra opción es tratar
de ser terriblemente detallista. Quizá
en la violencia más que en ninguna otra
materia, es necesario contaminarse de otras artes,
y salir del estado de ostracismo en el que tradicionalmente
ha estado estancado el teatro, demasiado apegado
a sus leyes fijas. |
No hablo de poner una pantalla en el escenario,
sino de aprovechar las estructuras y armas de otras
artes. En el sentido más general de la palabra,
creo que la violencia tiene que ser muy creíble.
Tiene que golpear al espectador.
Cuando en uno de mis espectáculos reflejo
la sociedad y por ende hay un contenido de violencia
en diferentes grados, espero una reacción moral
por parte del público, procuro despertar la
condena del espectador. La violencia en los escenarios
todavía está por explorar. El público
de teatro todavía está por sentir lo
que es la violencia de verdad, llegar a sentir el
dolor, el sufrimiento, la locura, la paranoia, lo
que significa mancharse de sangre.
Fuente:
El Cultural
Diciembre - 2003
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