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Inmarchitable flor otoñal
JOAN-ANTON BENACH

El director Josep Costa levanta la historia dotándola de un excelente ritmo narrativo y mezclando lenguajes

Cuando los teatreros locales pudieron vivir el sueño autogestionario del Grec'76, le reservaron a José María Rodríguez Méndez (Madrid, 1925) el puesto de honor que le correspondía. Sus “Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga” (1965) se estrenaron en el coliseo de Montjuïc y, codirigidas por José Sanchis Sinisterra y Sergi Schaaff, fueron uno de los éxitos más sonados de aquella temporada singular e irrepetible. Franco, francamente, no era muy partidario del teatro contemporáneo. Supongo que se quedó en Pemán. Pingajos y Fandangas, así, en general, aparecían como poco fiables, de manera que, muerto el dictador, no era de extrañar que la profesión quisiera rehabilitarlos cuanto antes. Once años habían pasado desde que Rodríguez Méndez escribió aquella pieza y el Grec'76, un periodo breve, explicable e irrisorio comparado con el transcurrido entre la escritura de “Flor de Otoño” (1972) y su riguroso estreno barcelonés de esta semana, en Artenbrut. Aquí estamos ante más de treinta años de desidia culpable que el director y dramaturgo Josep Costa compara con el más doloroso exilio “del silencio, la ignorancia, la indiferencia y el olvido” del que hablaba Cernuda.

Personaje sensible y audaz, director que convierte la indigencia escenográfica en virtud minimalista, Josep Costa ha corregido la anomalía objetiva que suponía ignorar por tanto tiempo una espléndida tragicomedia genuinamente barcelonesa, con personajes y pasajes vinculados sustancialmente a Barcelona y de la que sus ciudadanos estábamos in albis. Teatralmente hablando, se entiende, puesto que, para mayor regodeo y rareza, la obra llegó antes al cine (Pedro Olea, 1978) que a la escena. Gracias a la película que interpretaba José Sacristán, muchos lectores conocerán la historia. Lluïset (Jordi Llordella), un joven abogado de la alta burguesía catalana, lleva una doble vida: honorable y simpático profesional de día, travesti, calavera, cocainómano y estrella del barrio chino de noche. Un negativo de “Belle de jour”. A causa de sus amistades peligrosas, del asesinato de un colega, homosexual como él, de las trifulcas que se lleva con traficantes y policías y de su complicidad con los anarquistas, nuestro hombre se verá envuelto en conflictos que le llevarán al paredón. Rodríguez Méndez logró un delicioso retablo de la Barcelona de la Exposición de 1929 y de su consiguiente resaca.

La viuda Serracant (Àngela Jové), formidable ejemplar de una dama pudiente del paseo de Gràcia, se rodea de parientes y amigos que conforman la fotografía sabiamente satírica de la clase social dominante. En otros escalafones, el de la clase media juerguista, el de la milicia indolente, el de los obreros soliviantados... aparecen tipologías muy bien coloreadas por un autor que prefiere la calidad del retrato antes que el tópico y la demagogia. Con un montaje “pobre”, sobre la escena desnuda, Josep Costa levanta la historia, dotándola de un excelente ritmo narrativo y mezclando lenguajes diversos: la farsa, el estilo coral, el distanciamiento, la sátira monologada... Un juego de contrastes nada tímido, aliado a una interpretación muy notable, logran mostrarnos una “Flor de Otoño” nada marchita y cabalgando un bilingüismo de nueva factura, del todo punto congruente. La adaptación de Josep Costa se mueve en una estricta “lógica” idiomática, muy lejos del desbarajuste que se da en “Juliol del 36”, según comentaba hace poco.

La interpretación, muy buena y muy meritoria: cuatro actrices y ocho actores deben meterse en muchas decenas de personajes y sudan lo suyo y lo sudan bien. Admirables Jordi Llordella, una revelación, y Àngela Jové en plan diva autoritaria, encantadora, trágica si conviene. Destacan Albert Triola, Joan Maria Segura –un gran cura carcelario–, Ivan Labanda, Laura Sancho e Ivan Campillo dentro de un grupo homogéneo que no registra fallo apreciable ninguno.

Fuente - La Vanguardia
Diciembre - 2003

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