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UN SILENCIO LLENO DE PALABRAS
Zoila Sablón | La Habana

Cuando comencé a leer las páginas de Palabras desde el silencio, de Joel Sáez y Roxana Pineda, fundadores de Estudio Teatral de Santa Clara, tuve una sensación muy extraña, por una curiosa razón. No existe, o casi no existe, un libro similar, equivalente en el teatro cubano, donde los propios creadores asuman también la responsabilidad de perpetuar en blanco y negro sus procesos teatrales. Y no creo que esta carencia esté directamente relacionada con la imposibilidad editorial de llevarlo a término. Se trata de un esfuerzo intelectual que pasa también por el interés del diálogo, de la conservación de una memoria común y provocadora, sustancial para cualquier proceso artístico. Ahora la danza tiene, gracias al esfuerzo editorial del sello Alarcos y su colección «Cuadernos Tablas», el título El suspendido vuelo del ángel creador, del bailarín y coreógrafo Narciso Medina, que expresa estos intereses.

Existe el testimonio de otros que, desde una mirada externa, recogen la experiencia de un proceso en breves páginas que nunca han llegado a ser compiladas en un cuerpo de libro. Partimos de esta primera virtud en Palabras desde el silencio.

El primer espectáculo que pude ver del grupo, en el caluroso tercer piso del Teatro La Caridad, fue Antígona, con Roxana y Alain Ortiz. Después de aquella función, he sido una seguidora del colectivo, y también testigo de un cambio en el grupo que no pasa por lo formal, sino por la reestructuración de códigos comunicativos y de relación con el público; en resumen, de una apertura de la producción de sentido. Esto último ha sido evidente desde el montaje de A la deriva hasta llegar a El traidor y el héroe, puesta en escena de este año a partir del cuento homónimo de Jorge Luis Borges.

No obstante a ello, la trayectoria de Estudio Teatral no ha traicionado el interés en la creación de espectáculos provocadores de ideas, especulaciones sociales y existenciales a través de un lenguaje poético. Una de las cosas que más atraía mi atención ante un espectáculo del Estudio Teatral era el increíble cuidado en su producción, en su imagen, en la facturación y la selección de los objetos. Esa minuciosa persistencia en el cuidado, en la limpieza y precisión de los movimientos, de los gestos y de su relación con el universo objetual. En medio de la más dura crisis económica, que en un grupo de provincia se recrudecía aún más, Estudio Teatral conservaba esa pulcritud en sus obras.

De todo esto, nos hablan con palabras e imágenes, sus autores en este volumen. Hijos también de una tradición —la del teatro experimental, de investigación— que ha intentado conservar la memoria viva de su trayectoria común; Joel y Roxana hacen énfasis en develar los mecanismos, las disímiles redes que se han tejido desde la fundación del grupo, su primer espectáculo El lance de David (1991), tocando puerto en los montajes que le siguieron, Antígona (1994), Piel de violetas (1996), A la deriva (1998) hasta La quinta rueda, en el 2000. Pero lo más importante, lo más válido de esta experiencia editorial, no lo encontramos en sus profundos análisis de cada proceso, en el testimonio esencial de los esfuerzos intelectuales y humanos que han ido construyendo la estética y la dramaturgia, mirado en su conjunto. Lo más esencial lo advertimos en lo que no se dice abiertamente: en que esa estética ha ido desarrollándose, paralelamente, con una ética, una ética consistente en acciones concretas, en hechos. Ese silencio aludido en el título del volumen es sustancia primera en la construcción de esa trayectoria. Quiero entender que no hablamos aquí de un silencio impuesto por razones externas, sino de una cualidad imprescindible en la búsqueda de un sentido, en la disciplina, en la humildad del artista ante el conocimiento, en esa callada persistencia en «hacer» por encima y a pesar de todo.

Sin mencionarlo explícitamente porque el libro no lo recoge en su análisis, Roxana y Joel también van mostrando sutilmente ese cambio en su discurso escénico del que hablaba antes. Sus autores nos advierten de las premisas y las circunstancias que han impuesto esa necesaria transformación para el trabajo grupal. Las interconexiones entre los diferentes espectáculos, los vasos comunicantes que los montajes han establecido, el análisis del proceso de entrenamiento, zona que para el grupo ha sido vital desde su creación, y que ha constituido pilar indispensable de esa ética, están referidas en más de una docena de capítulos, que yo preferiría nombrar estaciones, de la vida del Estudio Teatral de Santa Clara. Nos referimos aquí a un grupo de teatro, no solo visto como una organización laboral o profesional, sino como un proyecto de vida, que ha estado siempre en riesgo en varios órdenes: riesgo experimental, en la comunicación con el público, de supervivencia. Un proyecto de vida que ha renacido más de una vez durante su década de existencia, y que desde hace apenas dos o tres años ha conservado un equipo permanente de actores y la mejor sede de teatro experimental en Cuba, en el corazón de la ciudad de Santa Clara.

Palabras desde el silencio responde también a una necesidad de comunicación que el propio grupo ha experimentado en sus procesos teatrales. Es parte de esa gestación a favor de una apertura de diálogo con el resto del movimiento teatral y consigo mismo. Es un re-conocimiento hacia el interior del grupo y hacia fuera. Poner al descubierto estas claves, en algunas ocasiones tildadas de un excesivo mimetismo en relación con su más cercano referente —hablamos aquí del teatro barbiano y grotowskiano—, hacen de este volumen un consecuente acto de honestidad y eticidad.

Roxana Pineda da fin a las páginas de este valioso volumen dedicando el texto «La voz del que no habla» a los compañeros del Estudio Teatral. Es esta parte final del libro, un canto al actor, al sentido, al oficio, al sacerdocio del actor. Con un lenguaje poético que esta actriz domina, Roxana recorre personajes, dramaturgos y actores que para ella y para el grupo han constituido arquetipos. Es un testimonio raigal de su experiencia como actriz, de ese martirio en el cuerpo y alma del que no habla, de la voz que se suspende para llevar el peso de otra voz, una voz desconocida que el actor irá construyendo, descubriendo, detrás de su propia palabra.

Doy gracias a Roxana Pineda y Joel Sáez porque, consecuentes hasta las últimas circunstancias, han roto el silencio.

Agosto - 2003

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