UNA ABARCADORA SOLEDAD A
LA INTEMPERIE
Omar Valiño | La Habana
Un muro alto
y adusto es el telón de fondo de
Roberto Zucco. Un muro manchado de impurezas
y suciedades humanas. Quiere recordarnos
tal vez esas paredes, en principio, improvisadas
con planchas de zinc que luego se van haciendo
fuertes, definitivas, eternas. Paredes imposibles
de atravesar. Muros abiertos solo a sucesivos
muros. Ofrecen como opción la tentativa
de saltar, a riesgo de la vida.
Alain Ortiz visualizó
con excelencia ese universo de ideas, lo inscribió
en “su” muro. Hermoso en su fealdad,
como reclama el arte, es el borde que crea,
apoyado en la iluminación de Manolo
Garriga, casi todos los espacios dentro de
la escena, espacios idénticos y cambiantes
a un mismo tiempo, demostrativos de los firmes
límites a los cuales se enfrentan los
personajes.
Tratando de evadir uno de
ellos, la cárcel física, hallamos
a Zucco en la primera escena. Pero también
en lo sucesivo intenta escapar de todos los
que aparecen en su camino y de todo cuanto
lo rodea. En realidad, intenta huir de sí
mismo. Con ese anhelo enfrenta al mundo. |
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El dramaturgo sintetiza
ese “mundo” en quince cuadros (según
mi visión de la dramaturgia del espectáculo,
pues no conozco el texto original). A la manera
de Brecht y de Genet, Bernard-Marie Koltés
crea escenas autónomas, cerradas en sí
mismas, mas con una ilación fuerte: la aventura
de un Roberto Zucco vagando por la ciudad, conociendo
los círculos de “su” infierno.
Pero tal estructura no obedece únicamente
al interés de mostrar al protagonista y sus
avatares; el autor francés crea atrayentes
situaciones con plenitud y dominio absolutos de
los recursos que el teatro precisa para ser: oposición
clara de caracteres, personajes con objetivos precisos,
debates de ideas vinculados a la acción,
sencillez, belleza y eficacia de la palabra...
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Así, es
hermosa la historia de la familia de La Chiquilla,
esa muchacha rebelde que le entrega su virginidad
a Zucco como protesta contra el destino labrado
por Su Hermana y Su Hermano bajo el techo de
su casa de locos, y también ese señor
Mayor atrapado en la estación del metro
y la derrota de La señora Elegante.
La obra conviene a los intereses
de Carlos Celdrán. No por gusto en ella
cifró su “ruptura” de 1995
dentro de las filas del Teatro Buendía,
donde se formó, aunque ahora nos presente
un montaje radicalmente diferente de aquel.
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Y es que esa estructura relativamente
descentrada, la inmersión en lo marginal, el
dibujo psicológico (no psicologista) de los
caracteres, la construcción de la imagen desde
la parquedad, la función de la palabra en el
discurso son características tanto de la pieza
de Koltés como de la estética que Celdrán
ha ido labrando con Argos Teatro.
Si todo ello opera gracias a la poderosa
figura de un personaje, mejor. Roberto Zucco va dejando
tras de sí perseguidores, conversaciones, amores,
encantamientos, peleas y cadáveres. Posee diversos
rostros, no creo que máscaras porque es sincero
a su manera. Le ofrece uno distinto a cada quien,
al parecer según las circunstancias. Quizás
por eso quiere ser transparente, invisible. Con El
señor Mayor es “normal”, suave,
reflexivo; con Su Madre malcriado y pérfido;
con La Chiquilla débil, entregado e ingenuo;
con La señora Elegante miedoso y estúpido;
en sus asesinatos es frío y eficaz. Vamos conociendo
la “biografía” del personaje por
fragmentos, que es la forma elegida por el autor para
presentárnosla. De manera que la pieza procede
a través de una estructuración “paralela”
a su propia instauración del conocimiento.
Caleb Casas es capaz de registrar
y transmitir las ambigüedades de Zucco, mejor
la zona de cierta locura infantil, soñadora
que el odio y la maldad conducentes a la rabia. Zulema
Clares, como la hermana de La Chiquilla, se entrega
toda, fuerte, visceral, creíble, regalándonos
un memorable monólogo, en el cual el personaje
descarga toda su furia contra el “macho”
ontológico y contra aquel que le ha robado
el amor de su hermanita, al que ella aspiraba. Yailene
Sierra, en La señora Elegante, diseña
a la perfección su personaje, así como
José Luis Hidalgo destaca en los roles asumidos.
Junto a ellos, Carlos Celdrán ha colocado a
otros de sus actores habituales, como Verónica
Díaz, nuevas incorporaciones al grupo y varios
de sus estudiantes de actuación del Instituto
Superior de Arte, mezcla variopinta que, por supuesto,
acusa desniveles, sobre todo, de estilo; si bien constituye
también un signo de la contradicción
entre deseo y posibilidad que acusa la escena cubana.
Es decir, o se trabaja asumiendo carencias
o no se trabaja.
Aún así, no creo que
en ello residan los déficits observados en
el espectáculo. La noche del estreno, Roberto
Zucco me resultó decepcionante, justo porque
siempre voy al teatro de Carlos con la más
alta expectativa. El conjunto de actores padecía,
vencido, frente a un artesanado que los devoraba,
a ellos y a la dinámica toda de la puesta en
escena. Apenas pude apreciar objetivos y valores,
solo destellos del montaje por venir. Volví
al final de la temporada, infelizmente corta como
casi todas, imposibilitado de seguir creciendo, y
el espectáculo había cambiado. Es, digamos,
el hasta ahora descrito en sus méritos y atracciones.
| Falta en él, sin embargo,
síntesis y concentración, no para
“acortar” un tiempo de duración
plausible, sino para desterrar del montaje aquello
que lo torna desigual y, por tanto, lo maltrata
como resultado final. Aquello, en definitiva,
que le impide ser más relevante en medio
del infeliz panorama teatral de hoy. Me refiero,
por ejemplo, a las escenas innecesarias del prostíbulo,
portadoras apenas de un par de informaciones dramáticas
perfectamente resolubles mediante los enlaces.
Esos cuadros carecen, al menos en la puesta, de
la intensidad perceptible en otros, además
de resultar un tanto deshilvanados, feos, sin
relación con la espacialidad creada por
el muro, al principio referida, que no debió
ser ignorado en ellas, una vez incluidas, como
elemento organizador de la visualidad del espectáculo,
aquí afectada por un vestuario irresuelto
(que, en general, no está a la altura del
oficio de Vladimir Cuenca) y un débil entramado
de las imágenes de grupo, problema tampoco
ajeno al resto de ellas en el montaje. |
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Si Roberto Zucco mantuviera la concentración
apreciable en escenas como las del metro o el monólogo
de Zulema, y la dinámica de las del Parque
o la de la Casa de La Chiquilla, fuera un espectáculo
memorable, como sus mejores momentos. Quién
sabe, tal vez lo pueda ser en el futuro...
Porque Zucco mismo es un personaje
tremendo, inolvidable. Él y su historia, desde
su sencillez de lugar común, nos recuerdan
esa abarcadora soledad a la intemperie. De aquí,
de allá, de cualquier parte. Yo lo recuerdo
así, en posición fetal en el suelo,
indefenso, solo, poco antes de lanzarse desde el muro
hacia el vacío.
Agosto
- 2003
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