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Una noche
de boda en Barracas al Sur
Miguel Frías
La obra es un simulacro de un enlace
barrial. La entrada a diez pesos incluye comida, bebida
y torta de casamiento. Los espectadores se convierten
en invitados que bailan y se sacan fotos con la pareja.
Son las diez de una noche de sábado
y en el salón de Iriarte 2165, Barracas, la
expectativa está puesta en la llegada de los
recién casados: Mirko y Anita, quienes posan
para las típicas fotos nupcio—forestales
en el Parque Pereyra, a unas quince cuadras. La calle
se enturbia de humo de choripán. Pero adentro
brillan casquetes de gomina, trajes con flor en el
ojal, vestidos largos, collares de fantasía,
guirnaldas en corazón. Hay mozos que sostienen
las bandejas con sus yemas y ofrecen comida: empanadas
o lentejas en platos plásticos, básicamente.
Los invitados se saludan efusivos y, acto seguido,
se critican por la espalda: nada que no ocurra en
cualquier boda. Los novios se retrasan. Por suerte,
siempre hay alguna que engordó por allí,
otra que se operó por allá, un detalle
de mal gusto para resaltar.
—No sé a quién
se le ocurrió alquilar este lugar. Es super-ordinario:
un chaperío, una berretada— le susurra
una tía de la novia al cronista de Clarín,
sentado a una de las mesas laterales, con un centro
de velas y flores artificiales.
En una punta del salón, frente
a una mesa larga con copas estilizadas, están
los familiares de Mirko: silenciosos, hoscos, casi
hostiles. Enfrente, los de Anita, que conversan nadando
en ademanes. Más allá de la división
familiar, los concurrentes al Taffié de tu
barrió —nombre del salón—
podrían ser separados en dos grandes grupos:
los vecinos-actores del Circuito Cultural Barracas
—unos 50, que oscilan entre los 4 y los 70 años—
y los miembros del público: casi 100 personas
que pagaron 10 pesos para ver el espectáculo,
comer (incluso una porción de torta de casamiento)
y convertirse durante dos horas en familiares de Anita
y de Mirko, en parte de la fiesta.
Al principio, es más o menos
posible discernir quién es quién. Los
actores son, supuestamente, los que se acercan a los
mesas, dan la bienvenida y lanzan frases de ocasión,
del tipo: "¡Qué suerte que vinieron!
¿Les gustó la ceremonia? ¿Vos
sos primo de Mirko? Ay, pero si es obvio: son como
dos gotas de agua". Después, los espectadores
se van metiendo también en el rol de familiares
de Anita y Mirko y las fronteras se van difuminando.
Uno de los ejemplos lo da el fotógrafo de Clarín,
al que todos toman por actor del grupo de Barracas.
O el cronista, que les pregunta a sus compañeros
de mesa:
—¿Ustedes son actores
o público?
—Nosotros somos público.
Pero vos sos actor de acá a la lengua...
—¿Yo, actor? ¿Por
qué dicen eso?
—¿Y qué hacés
escribiendo todo el tiempo en una libreta?
—Bueno, es que soy...
Una de las familiares de Anita, de
rápidos reflejos, interrumpe la explicación.
—Es un amigo de Mirko —dice—.
Escritor... Inventa aforismos románticos. Lo
inspiran mucho las fiestas de casamiento.
—El amor es la única
locura compartida— acota el hombre de prensa,
plagiando a José Narosky en un rapto improvisador.
Luego sigue anotando, pero no aforismos sino este
mismo diálogo.
Las charlas con impostación
de roles se van sucediendo en cada mesa, alrededor
del salón entero. Todos, hasta los mozos, terminan
interpretando algún personaje. Los espectadores
rezagados se acomodan, envueltos en asombro. El dueño
de la Taffié de tu barrió —un
señor de moño, zapatos blancos y cierto
parecido al Profesor Lambetain— se muestra lascivamente
cortés con una espectadora de escote tan amplio
que casi deja lugar para la fantasía. La mujer
rie. Pero no la esposa del hombre, una señora
que no supera el metro cincuenta (de altura), quien
se queja ante Clarín: "Cada vez que ve
a una pechugona, este hombre se pone como loco. Después
tengo que hacerme cargo yo. Eso sí: debo reconocer
que él es muy ardiente en el sexo. Lo sé
por las revistas que guarda abajo de la cama".
La marcha nupcial enmudece a todos
y hace girar las cabezas hacia la entrada.
Mirko y Anita entran: altiva y sonriente
ella, algo desvaído él, en medio de
niños que llevan la cola del vestido blanco.
Faltan varias horas para que el periodista sepa que
esta Anita es en realidad la Anita suplente. La titular,
una docente que suele interpretar el rol de la novia,
fue operada y ésta es una empleada administrativa
que entró con poco precalentimiento pero con
gran capacidad de improvisación. "¡Qué
vivan los novios!", grita la familia de ella.
La Mirko, de origen ruso, se mantiene en una frialdad
siberiana: muchos llevan gorros de cosaco y chaquetas
grises, cruzadas, por debajo de cintura, tipo Ejército
Rojo. Hay niños del público que intentan,
en vano, arrancarles una sonrisa. El clima general
es de película de Emir Kusturica.
El dueño del salón lee
a continuación una lista de saludos, que incluyen,
entre murmullos maliciosos, los de Cacho, ex novio
de Anita: "Nunca olvidaré los momentos
que pasamos juntos", reza el texto. Luego, llega
el turno de un clásico casamentero: las diapositivas
que muestran a ambos miembros de la pareja en proceso
evolutivo, con música melosa como fondo. Las
luces se apagan. Suena el hit Con su blanca palidez.
Sobre la pantalla aparece Anita niña, ya de
vestido blanco, ya anhelando esta noche de boda; después,
Anita y Mirko estrenando su Renault 4; después,
Anita y Mirko en la Bristol; después, Anita
y Mirko en un parque, con un borracho orinando al
fondo. Algunas lágrimas ruedan mejillas abajo.
Pero la pachanga, el súbito
jolgorio, corta esa melancolía en sepia. Primero
por los parlantes, después por la boca de todos,
retumba la estrofa: "Qué suerte, qué
suerte que esta noche voy a verte". Excepto los
familiares de Mirko, todos se lanzan a la pista de
baile. El periodista elude la primera invitación,
de una tía viuda de Anita, fingiendo una lesión
de fútbol cinco. Pero la mujer —zapatos,
vestido, guantes y sombrero negro— finalmente
lo toma de la mano y lo arrastra hacia el torbellino
humano. Haciendo un paso sensual, alzando su voz sobre
la música, ella pregunta:
—¿Vos sos el soltero?
—No..., no exactamente. ¿Usted
es viuda?
—Sí, pero en cualquier
momento dejo el luto— y abre apenas su escote,
que deja al descubierto el borde de una ropa interior
de encaje.
Todo termina en un trencito humano,
extenso y ondulante, en el que, ahora sí, resulta
imposible diferenciar a actores de público,
periodistas o curiosos. Hay corbatas puestas como
vinchas y otras agitadas como lazos; alegría
real generada por un hecho ficticio. Por mandato de
un libreto o por mandato del mero placer, cada cual
encarna un personaje: el borracho bebe, la aristócrata
critica con perfidia, la viuda persigue incansable,
el tío gay merodea en torno de un mozo fornido.
Todos se mezclan, sudorosamente, en la euforia casamentera.
En cualquier momento empezarán los conflictos,
la seguidilla de obstáculos: una mujer abandonada
por Mirko que le quiere poner fin a la boda, un funcionario
de migraciones con perramus que quiere meter presa
a toda la familia del novio, un abuelo de Mirko que
se propasa detrás del cortinado mostaza con
una familiar de Anita.
Habrá más baile y lanzamiento
de ramo de flores; fotos de los novios mesa por mesa
y números musicales: a cargo de Angélica
Valdemar, una sensual cantante de boleros, y de "Los
Cárdenas", una familia de mariachis conformada
por un matrimonio melancólico y sus diez hijitos,
tan desanimados y encorvados como sus padres. Y más:
para aquellas solteras que le toman ganas al casamiento
en las bodas ajenas, habrá un servicio matrimonial
de emergencia, con cura, agua bendita, escribano y
hasta acta matrimonial firmada in situ. Parejas de
actores, parejas de espectadores, parejas mixtas;
todos harán cola para casarse en medio de la
obra. Luego habrá foto conjunta y más
alegría, y teatro barrial; por una noche o
hasta que la muerte los separe.
Fuente:
Clarin.com
Agosto - 2003
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