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El
otro Lorca con la misma pasión
por Norma Niurka
Quienes
acudieron a ver un montaje convencional de La casa
de Bernarda Alba se dieron con un palmo de narices.
Para algunos tal vez fue una decepción que
no se tratara del texto íntegro de Federico
García Lorca; para otros, fue un hallazgo.
El
Teatro Mladinsko, de Eslovenia, no ha realizado ni
siquiera una versión de la conocida obra sino
que ha explorado su propia resolución del planteamiento
lorquiano y lo ha convertido en un extraordinario
espectáculo sensorial, teatral y cinematográfico
que no da tregua al espectador.
El
Lorca del director Matjaz Pograjc es el otro Lorca,
ese que encontramos en otros textos menos formales,
más surrealistas, del escritor granadino. Con
la misma raíz profunda en los conflictos de
la esencia humana, es el otro Lorca con la misma pasión.
La historia de la madre española que impone
un cerco brutal sobre sus hijas para conservar sus
virginidades y las convenciones de aldea se plantea
desde el mismo punto de vista relacionado con la represión
sexual, pero con un concepto que añade una
guerra de sexos y la homosexualidad. Es el trastoque
de la tradicional escena lorquiana, la manera eslovena
de sacarle el jugo a la historia a su manera. Porque
siento que esa violencia terrible que vemos en escena
es la misma que palpita en el interior de los personajes
de Lorca. La escenografía de Sandi Mikluz es
impresionantemente claustrofóbica. Una estructura
de madera de dos plantas crea un ámbito de
candado y cadena, con puertas herméticamente
cerradas.
Las
actrices están ubicadas en diversidad de planos
al frente de cuatro pantallas que proyectan filmaciones
(mujeres enlutadas en una iglesia, perros que saludan
al visitante, un hombre sin rostro, una mujer ensangrentada)
y selecciones de lo que va sucediendo en escena captadas
por cámaras dispuestas en el teatro.
En
esa cárcel de sueños y deseos se desarrolla
una agitada contienda, un caos perfectamente organizado.
Allí entran y salen, resbalan y reptan, suben
y bajan, cuelgan y se escurren, Bernarda y sus cinco
hijas, todas vestidas de negro, en refajo y tacones.
Sin embargo, los personajes adquieren un tono malévolo,
clandestino, cruel, como si fueran sacadas de las
Brujas de Salem.
Este
raro cruce ofrece un reto escénico importante:
las acciones están permeadas por características
femeninas y mágicas, plenas de vulnerabilidad
y fortaleza a la vez.
El
director desdobla a las actrices en personajes y personas
mientras los textos, escritos por los personajes víctimas
del encierro, eruptan en la sala con irreverencia,
sorpresa y cierto humor.
Las
estupendas actrices parecen arder en una pira de sensualidad,
celos, rencores y frustraciones. El único hombre
aparece solamente en un provocativo vídeo donde
hace sus exigencias sexuales con el rostro oculto.
Este
es un teatro total donde todos los elementos juegan
un papel vital. La iluminación es perfecta
y grandiosa; la música y los efectos de sonido
matizan cada gesto, cada movimiento y cada escena
de manera cinematográfica; el vestuario unifica
las personalidades, los vídeos complementan
la historia y la historia interna; y las actrices
hacen vibrar la escena hasta el último minuto.
El
final no podía defraudar la estética
del montaje: tras la sutil muerte de Adela (en refajo
rojo) las actrices desaparecen por el sótano
y quedan abiertas las puertas bajas. El público
alcanza a ver, voyerísticamente, los cuerpos
sensuales de seis muchachas modernas que bailan despreocupadamente
en una discoteca.
Esta
Bernarda eslovena nos ofrece una tragedia posmoderna,
un experimento europeo, o, lo que es mejor, una maravillosa
expresión artística que corresponde
a nuestro tiempo.
Posted on Fri, Jun.
14, 2002
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