Los ojos rotos, ``cine de cámara''
El Nuevo Herald

JOSE ANTONIO EVORA

Los ojos rotos no es exactamente lo que dice su sinopsis. Orencio no existe, o existe sólo en la oscura imaginación de Queti, esa narradora impertinente en quien se esconde una culpa tan grande como para inventar el cuento de los amores entre un fantasma y Miguela, otra paciente del hospital psiquiátrico donde ella misma lleva mucho tiempo recluida.

¿Acaso Queti mató a su hijo antes de matar a Miguela, y sólo entonces fue que tejió toda esa historia de pasión metafísica en tercera persona para seguirle dando un poco de sentido a la muerte, pues para ella la vida ya había dejado de tenerlo?

Esta pudiera ser una tercera lectura de la obra con la que Teatro Sombrero Verde, de Chile, se presentó en el XVII Festival Internacional de Teatro Hispano. Tercera porque ya la de María Izquierdo es una segunda diferente del cuento original de Almudena Grandes (Madrid, 1960), en el cual el fantasma de un soldado de la Segunda República Española (Orencio) y una enferma mental (Miguela) caen en trance de amor, según cuenta --y nadie jamás podrá dar otra versión-- la paciente Queti.

Izquierdo lo llama adaptación colectiva, y sea esto o el resultado de su empeño individual con la colaboración de los restantes actores del grupo, el caso es que su puesta en escena de Los ojos rotos sobresale en este festival como uno de esos trabajos minuciosos, muy bien diseñados escénicamente y con regulares asomos de grandeza, que resultan en un espectáculo absorbente y conmovedor.

No recuerdo haber visto otro montaje donde el teatro invoque tanto el cine, le rinda honores y salga bien parado. Aunque la vemos en el lado izquierdo de la escena, Queti podría haber sido perfectamente una voz en off mientras transcurre su relato, cuya naturaleza real o ficticia resulta imposible averiguar. El dinamismo con que se alternan los planos, las coreografías de movimientos repetidos y, sobre todo, los coros de ahhes que llenan de significación el tedio y la esterilidad del manicomio, bastan para ganarle a la puesta un lugar en la memoria del espectador.

El hecho de que Queti esté ahí, a la izquierda, y no dentro de los cuadros, refuerza la interpretación de que todo es ficticio, aunque no por eso deje de tratarse de un testimonio desgarrador. Almudenas dijo que la literatura le había dado muchas cosas buenas en su vida, pero pocas, muy pocas emociones como ésta, refiriéndose a la puesta de Izquierdo, para quien Orencio es víctima de la dictadura de Pinochet.

Pues deberá agradecerle también que el montaje de Teatro Sombrero Verde le haya dado una tercera dimensión a su texto, porque sí: yo creo que Queti mató a Miguela para volver a empezar, o para borrar el principio de su miseria. De ahí que el resultado sea tan buen ``cine de cámara''.

Posted on Wed, Jun. 12, 2002

 

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