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El
Gato con Botas en los difíciles predios de
la farsa
JOSE ANTONIO EVORA
El Nuevo Herald
Este gato con botas se llama Minino; su amo vive en
Gargolaria, razón por la cual tiene un gentilicio
tan escatológico que fuerza los límites
naturales de la farsa. Si al final Minino logra casar
a su amo con la hija del rey no es porque triunfe
la mentira del Marqués de Carabás, sino
porque el monarca le perdona el engaño cuando
el buen hombre, por amor, vence el miedo y va al encuentro
del ogro para rescatar a su amada y a su futuro suegro.
La
Farsa maravillosa del Gato con Botas, obra del poeta
cubano Félix Lizárraga llevada a escena
por el grupo Prometeo, del Miami-Dade Community College,
suma otro eslabón --junto con Bichos do Brasil
y La feria de los inventos-- a la cadena de espectáculos
gracias a los cuales el público infantil ha
sido uno de los más favorecidos en el XVII
Festival Internacional de Teatro Hispano, que hasta
próximo domingo 16 se celebra en escenarios
del sur de la Florida.
El
año próximo, específicamente
el 16 de mayo, se cumplirán tres siglos exactos
de la muerte del autor de El Gato con Botas, el francés
Charles Perrault (1628-1703). El volumen donde apareció
ese relato, Cuentos de mi madre la Oca (Contes de
ma mre l'Oye, ou Histoires ou contes du temps passé
avec des moralités, Barbin, 1697) introdujo
en la literatura lo que ahora llamamos cuentos de
hadas. Al cambiar unas cuantas soluciones del cuento,
Lizárraga no hizo otra cosa que seguir la tradición
en la que se inscribe el propio Perrault, quien seguramente
dio a su vez una versión de la historia llegada
a sus oídos.
| El
autor cubano consigue sacarle al cuento muchas
potencialidades escénicas. Lograr que sus
modificaciones aprovechen la esencia del relato
original aportando términos de acción
con los cuales pueda trabajar un director de teatro
para idear su montaje y, además, hacer
todo eso en verso sin restarle frescura a la narración
parecería un reto demasiado grande, pero
no lo es, al menos para él. |
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La
puesta en escena de Teresa María Rojas explota
prudentemente el tono farsesco propuesto por Lizárraga.
El reducido espacio del Teatrino en el Recinto Wolfson
del college crece gracias a su capacidad de maniobra
con los actores y al diseño escenográfico
de Ramón Alejandro, que increíblemente
se las arregla hasta para forjar la ilusión
de espacios abiertos en escasísimos metros
cuadrados. A él se debe igualmente el diseño
de vestuario, sin dudas entre lo mejor del montaje
porque no renuncia a la belleza aun bajo los rigores
de la economía de recursos.
El
montaje goza de buen ritmo, excepto cuando se sirve
de la cámara negra para separar cuadros sin
aprovechar los silencios ni la oscuridad. Los actores
que mejor contribuyen a animarlo son Juan Carlos Zapata
con su escurridizo y ágil Minino (el Gato con
Botas); Javier Siut en el rey Gorgolino; Eli Pico
como Espanto, la abuela del ogro, y Jair Bula en el
personaje de este último.
Es
justamente el ogro o, para ser más exacto,
su caracterización, lo que inspira mi único
reproche al montaje de Prometeo. Me pregunto si Teresa
María Rojas y Ramón Alejandro creen
de veras que el espectro del mal ha adquirido en nuestros
días la forma de un rapero que vive a la sombra
de graffiti y se agita con estruendos de heavy metal.
Por muy trajinado que esté, el ogro sigue representando
aquí al Mal en estado puro, y aunque estereotiparlo
en tal o cual tipo de adolescente dé margen
a un simpático sketch, no es de buen gusto
(imagínese que Arlequino representara en la
fábula el Bien en estado puro, y Rojas lo hubiese
caracterizado como un boy scout). Además de
lo que significa para los adultos, el maniqueísmo
equivale en los niños a su inocente manera
de ver el mundo dividido entre el bien y el mal, que
en un espectáculo como éste conviene
mostrarles asociados a ideas y a conductas en vez
de a tipos específicos de personas. Es una
farsa, dirán, pero el género no hace
la significación, mucho menos a los ojos del
público infantil.
Posted
on Wed, Jun. 12, 2002
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